Muertes prematuras
Nacer y morir es ley de vida. La inmortalidad del ser es un concepto abstracto y, como tal, algo fuera de lo material.
El mundo que nos ha tocado vivir es testigo de un progresivo aumento en la longevidad, con una mejor calidad de vida, gracias a los rápidos avances de la ciencia y la tecnología.
Es factible seguir ampliando estos parámetros a nivel global, siempre y cuando consigamos una adecuada distribución de las riquezas creadas.
Desgraciadamente, el crecimiento demográfico desigual, los desastres naturales, así como el acaparamiento de las riquezas en manos de unos pocos, actúan en contra del bienestar del colectivo humano.
Es mucho lo que se puede hacer para mejorar en lo que concierne a la salud planetaria. Trasladándonos al plano local, exploremos lo mucho que se puede lograr enfocándonos en la prevención de muertes en niños y adolescentes.
Tenemos una estratificación social en lo concerniente a estos fallecimientos. Los sectores pobres son golpeados por las infecciones, las drogas, los accidentes y la malnutrición. Todos estos males son evidentemente evitables.
Los programas de vacunación, control de epidemias, alimentación adecuada y oportuna, educación, vivienda, ambiente sano, integración social y seguridad vial deben ser garantizados por el Estado.
La atención primaria es un muro de contención para impedir que males evitables sigan afeando nuestras estadísticas sobre morbilidad y mortalidad de infantes, niños y adolescentes. Los embarazos en la temprana adolescencia acarrean altas cifras de abortos, partos prematuros, muertes neonatales e infantiles.
La deserción escolar y la pobre calidad de la enseñanza pública son el caldo de cultivo para la proliferación de la adicción a los fármacos prohibidos. La violencia barrial y familiar es el resultado del descontrol social producto de una acelerada urbanización sin planificación.
El análisis estadístico de las causas de muertes determinadas mediante la práctica de autopsias en niños y adolescentes revela no solamente la magnitud de la casuística, sino también la naturaleza de muchos de estos decesos, que con frecuencia arrojan procesos mórbidos letales evitables.
De tantos casos, podríamos llegar a una relativa desensibilización estatal, al punto que se considere normal algo que debería ser motivo de bochorno, por cuanto ello denota descuido y menosprecio por la vida.
Un adolescente que cae muerto durante un receso escolar y que luego la necropsia evidencia una enfermedad reumática cardiaca habla por sí solo del mal funcionamiento de la atención primaria.
En la niñez pudieron atenderse los recurrentes episodios de infección estreptocócica de la garganta del ahora fallecido.
Otros seguirán muriendo del mismo mal hasta que la insensibilidad estatal nos venda esos decesos como algo natural. Más que paliarse, estas cifras de mortalidad prosiguen su ascenso como un río que aumenta su caudal en la medida en que se acrecientan las lluvias.
Con el aumento del costo de la vida y la carga impositiva, se produce un retroceso en la comodidad que caracterizó a las capas medias de la población dominicana.
Cada vez se torna más difícil mantener los estilos de vida acostumbrados. Crecen los temores a los atracos y robos en calles y hogares.
El ambiente internacional de guerra, el alza en el precio de los combustibles, así como las consecuencias del cambio climático, generan una tormentosa incertidumbre local e internacional. Apostemos por una mayor y mejor vida de niños, jóvenes y adultos.