El Milagro de Vivir

28-04-2026
Salud
Ojalá, República Dominicana
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Una media mañana veraniega, en su acostumbrado trajinar cotidiano de tránsito rumbo al sitio de trabajo, nuestra compañera de vida se movía ascendiendo la corta ruta serpentina de una cuesta mal llamada hermosa y más bien peligrosa.

Al llegar a la parte llana, fue sorprendida por el impacto de un acelerado motoconchista; en la cola de cuya moto le acompañaba una humilde señora que en ese instante saboreaba un helado criollo.

En menos de lo que canta un gallo, el vehículo de mi consorte se vio rodeado por decenas de motoristas que venían en defensa del imprudente conductor.

Tras la sacudida momentánea generada por la rápida aplicación del freno del carro, mi esposa trató de estacionar el vehículo para salir de él y percatarse del alcance de la colisión.

Afortunadamente, surgió un samaritano que le recomendó no salir del vehículo y, más bien, solicitar los documentos del motorista para reportar el accidente.

Como por arte de magia, desaparecieron el agresor y su cliente, sin que hasta el sol de hoy se haya conseguido rastro alguno de ambos.

Se cuentan por centenares los accidentes vehiculares que se registran a diario en todo el territorio dominicano. Conducir en las ciudades del país se ha vuelto un riesgo peligroso para conductores, pasajeros y transeúntes.

Moverse mañana y tarde en la zona urbana y por las grandes vías que conectan el país es una verdadera odisea estresante, no apta para cardíacos.

Desde atrás, por delante y hacia los lados, nos rodean choferes con instinto homicida, suicida o demencial. Nuestra salud emocional es sometida cotidianamente a una prueba inaudita por un desesperante y tenso tránsito urbano.

Las redes sociales y los diarios nacionales nos muestran imágenes y titulares que espantan a estoicas y calmadas personalidades.

Sorpresa, miedo y pánico son ingredientes cotidianos para el consumo de creyentes, agnósticos y ateos. Nadie escapa de la tensa atmósfera que se respira en el ambiente cotidiano.

Las acostumbradas y vanas promesas de las autoridades responsables de regular el tránsito dominicano quedan convertidas en sanas intenciones que no logran concretarse.

Cada día crece más el parque vehicular sin que se logren expandir las vías por las que a diario circulamos. Ha cambiado el patrón del imaginario criollo: hoy vivimos esperanzados a que pronto llegue el Viernes Santo y nos aterra pensar en el tránsito navideño.

Los viajes cortos se tornan largos, en tanto que el disfrute de conducir se ha vuelto una prueba de valentía. Verse perseguido por una turba motorizada de carácter homicida es el argumento ideal para una serie de terror de Netflix.

Gobierno y oposición entienden que cuatro millones de votantes motorizados suavizan las políticas inmediatas y futuras.

Nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato. Toca más bien encomendarse al santo de nuestra devoción, o en su defecto, hacerse de un potente talismán que nos proteja de la plaga citadina motorizada.

Para los eternos soñadores que, junto a Juan Pablo Duarte, todavía creemos en una patria digna, en la que todos vivamos seguros y felices, sigue habiendo motivos para no rendirnos ante las vicisitudes. ¡Vendrán mejores tiempos!