La orden de matar


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Detengan y maten a unos delincuentes que viajan de Bonao a la Capital, fue la orden de la noche.

Indiscutible, incuestionable, inequívoca y perfecta, la orden había que cumplirla, porque la primera orden es cumplir la orden. Así los forman.

Hay que asumir la orden, la misma que con el tiempo los va convirtiendo en escuadrones del espanto.

La orden se cumplió esa noche: llovieron las balas sobre el carro del color y la marca señalados. No fue necesario preguntar, ésa no era la orden.

Al cerciorarse de que el plomo que salió de las armas fue suficiente para haber cumplido la orden, detuvieron las ráfagas. ¡Misión cumplida!

Si hubiese sido discutible, cuestionable, equívoca e imperfecta, la orden no hubiese caído en el margen de error. Eran la marca y el color del carro, mas no los delincuentes.

Lo cuestionable de la orden es el verbo matar, de cualquier manera que se conjugue.

No podemos llamarnos ESTADO DE DERECHO si una institución del Estado tiene licencia para ordenar la muerte, en un país en el que no existe la pena de muerte.

No puede suceder que mientras la Constitución dice que el derecho a la vida es inviolable (atención colectivo próvida), la orden diga otra cosa, así sea un delincuente.

No habrá reforma válida. No habrá justicia, la que reclama la sangre que se ha bebido la tierra por culpa de la orden, en tanto siga existiendo la orden de matar.