El rabo de Melissa por desarrollar
Al momento de escribir este artículo, el Instituto Nacional de Aguas Potables y Alcantarillados (INAPA) había informado que 52 acueductos han sido afectados por la tormenta Melissa. 51 totalmente fuera de servicio y uno de forma parcial.
Quedan así sin agua potable cientos de miles de personas, y así con cada meteoro lluvioso que afecta al país.
Y cuando no, es lo opuesto: la sequía calcinante que reseca nuestros embalses, reservorios, cauces de ríos y lagunas.
Si a esto sumamos la mala gestión de nuestra agua, que al parecer solo consiste en construir embalses y canalizar nuestros ríos, entonces pasa lo de siempre: eventos extremos entre las sequías del Niño y las inundaciones bíblicas de la Niña.
Melissa, ha sido muy parecida a Federico, que acompañó al devastador David en 1979: casi estacionaria, con una masa nubosa descomunal, con potencial de convertirse en huracán categoría tres o cuatro en las aguas recalentadas del Caribe.
Estas tormentas traen la bendición del agua, aunque sean dos pesos, como en el cuento de Juan Bosch, y así rellenan los acuíferos y cursos de agua, embalses y Lagunas, como la de Cabral, resecada no por las sequías cíclicas del Niño, sino por la ambición del CAC y la mala gestión de los ministerios competentes.
La mejor solución para mejorar la gestión del agua es la reforestación y restauración de nuestras cuencas hidrográficas. Allí donde se produce el agua es donde hay que invertir y trabajar porque es donde hay más oportunidad de conservarla y almacenarla de manera eficiente.
No es construir nuevas presas, ni canalizar ríos: es proteger nuestras cuencas hidrográficas, el lecho y curso de nuestros ríos de los negociantes del agua, las mafias granceras y de las mineras que los envenenan.
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