De siete a cuatro: peregrinos de la vacunación


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Eran las siete de la mañana. Santo Domingo, dos de marzo. Un millar de gente se aglomera, buscando vacuna contra el virus…

Parece una canción de Juan Luis Guerra, pero es el inicio de un pasadía en un centro de vacunación donde hubo de todo, menos orden.

Fue en el edificio cuarto de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (Unphu). Allí, el distanciamiento físico se quedó en casa para no contagiarse de covid.

Acompañé a mi abuela de 77 años a vacunarse, una jornada que -calculamos- sería, a lo sumo, de una hora. Ella estaba anotada en lista desde hacía cinco días, como lo ha organizado el Ministerio de Salud Pública.

¡Vaya sorpresa! Cuando llegamos, pasadas las siete de la mañana, nos encontramos con un mar de personas envejecientes. Todos juntos, algunos sentados, la mayoría de pie bajo el sol ardiente. Con bastones, en sillas de rueda y con mascarillas que poco les protegían. Todos juntos: desamparados.

Decir que se estaba en lista de nada sirvió, pues la vacunación, se nos informó, ya no se haría por lista sino mediante turnos que se entregaban en la puerta del recinto. No hubo manera de enterarse dónde terminaba la fila, si es que la hubo en algún momento.

Pasaron las horas y con su paso aumentó el descontento de los miles de envejecientes que no resistían el calor, el estar parados porque su condición física lo impedía, el estar expuestos al virus en esa masa humana que llamaban fila.

“Uno viene a vacunarse contra el virus y fácilmente se contagia antes de la inyección”, dijo una señora con evidente enfado, además, porque el personal de Salud Pública era nulo en aquella multitud. No se sabía a quién preguntarle, el desconcierto era general. El proceso de vacunación era un desorden organizado.

El sudor corría por las arrugas. La “fila” no avanzaba. ¡Esto es un abuso! Era la consigna aquí y allá. Y al asomarse el mediodía, una nube lanzó un poco de agua lluvia, provocando una estampida de gente que físicamente no estaba en condiciones de correr a los lugares con techo, ya atiborrados de personas.

Pasó el agua. Volvió el sol. Y siguió el inhumano desdén de las autoridades por las personas que se supone son las primeras a proteger del virus, las más vulnerables.

No fue sino hasta las cuatro de la tarde cuando mi abuela pudo recibir la primera dosis. Le indicaron que llame a Salud Pública dentro de veintisiete días para saber si hay vacunas para la segunda dosis. Es decir, ni el mismo personal sabe si las habrá.

Fuimos al cuarto de al lado. Nos indicaron que allí debíamos esperar cinco minutos (debe ser media hora, por lo menos), por si la vacuna provocaba algún efecto.

Nadie preguntó cómo se sentían los del cuarto, estrecho por demás. Lo único que se escuchaba desde la puerta era una señora morena y bajita con cara de cansancio decir: “Si ya tienen cinco minutos, salgan, que hay que entrar más gente”.

Y así, después de nueve horas de haber llegado, nos fuimos con un papelito que decía que en veintisiete días, probablemente, se le pueda aplicar la segunda dosis a mi abuela. Probablemente…