Religión y democracia

Administración de justicia | Laicidad/ Religiones
11-08-2021
El Día, República Dominicana

Dicen que es de mala educación hablar de religión. Aunque no concuerdo con esa opinión, entiendo por qué muchos la sostienen: una parte importante de la población lleva las ideas religiosas en el corazón.

Como dice el apóstol Pablo, la fe es garantía o certeza de lo que se espera. Y lo que esperan los creyentes es ser recibidos con los brazos abiertos después de pasar por la vida terrenal.

No es necesario ser creyente para valorar la belleza de la fe y su capacidad transformadora cuando tiene frutos.

Pero cuando se encuentran dos personas con visiones distintas sobre esto, el tema esperanzador puede convertirse en espinoso.

No tanto por la fe en sí misma, sino por la tendencia muy humana a universalizar nuestras certezas. De ahí que se entienda que lo más conveniente es evitar el tema cuando no se quiere sostener discusiones agrias.

Sin embargo, hay aspectos de la vida en sociedad que, bajo ciertas circunstancias, hacen difícil evadir la cuestión. Una de ellas es el diseño e imposición de las leyes penales. Las normas morales de cada religión son celosamente cumplidas por sus adherentes, que tienen todo el derecho a ello.

Pero el Estado dominicano es de todos, y no puede exigir que quienes no profesan una fe deban atenerse a los mandatos de estas bajo amenaza de ser sometidos a la justicia.

Lamentablemente, algunas personas entienden que esa obligación de neutralidad del Estado en materia religiosa es inaceptable y por eso proponen que la legislación se adapte a sus creencias.

Sobre todo si eso implica castigar o dejar desprotegidos a quienes no las comparten. Ningún Estado democrático puede considerar ciudadanos de segunda categoría a quienes no profesen una fe particular. Y, en ese sentido, tiene que garantizar que no se confunda el pecado con el delito.

Además, aunque muchos no lo vean así, la fe sólo puede florecer realmente cuando avanza libre de la interferencia del brazo persecutor del Estado.

Los textos sagrados más influyentes en Occidente dan muchos ejemplos de cómo la alianza entre el César y la fe sólo sirve para corromper esta última.

El llamado que tenemos es el de convivir en armonía y respeto a pesar de nuestras diferencias. Cualquier otra pretensión nos condena al conflicto.