
El rol de las memecoins en el circo actual
Vivimos tiempos vertiginosos, marcados por cambios abruptos que han transformado el panorama político, social y tecnológico en apenas unas semanas desde la reelección de Donald Trump.
El péndulo ha oscilado con fuerza: la autocensura en redes sociales ha dado paso a una libertad de expresión desenfrenada, el wokeísmo ha sido relegado a un rincón olvidado, el cambio climático ha salido del discurso oficial y, entre otros giros inesperados, incluso algunos nombres han sido modificados.
En medio de este torbellino, asistimos a una geopolítica impredecible, decisiones impulsivas y un sector tecnológico que, lejos de contenerse, se siente más poderoso que nunca. Elon Musk, ahora con un papel clave en la administración estadounidense, encarna esta nueva era de cambios acelerados y cuestionables. La pregunta inevitable es: ¿hacia dónde nos dirigimos realmente?
Este es un escenario de alta volatilidad, donde la toma de decisiones es rápida y las consecuencias parecen ser una preocupación secundaria. Es en este contexto que las memecoins, criptomonedas de relajos y memes, han encontrado un terreno fértil para proliferar a un ritmo alarmante.
Si bien estas criptomonedas de tono jocoso no son una novedad, su presencia actual es más notoria que nunca. Dogecoin, popularizada en su momento por Musk, abrió el camino a una ola de activos digitales cuya única propuesta de valor parece ser la especulación.
Ejemplos recientes incluyen Fartcoin, que en diciembre pasado alcanzó una valuación de mil millones de dólares, o las memecoins Trump y Melania, que surgieron como una especie de homenaje digital al presidente estadounidense y su esposa. Tras un arranque explosivo el 20 de enero, ambas se desplomaron con la misma rapidez con la que subieron, reflejando la naturaleza volátil y efímera de este tipo de activos.
El fenómeno no se limita a Estados Unidos. En Argentina, el presidente Javier Milei desató la polémica al promocionar en su cuenta de X la memecoin Libra, lo que llevó a un incremento fugaz de su valor antes de la inevitable caída. Su defensa, basada en que usó su cuenta personal, no evitó el escándalo ni la controversia sobre la idoneidad de un jefe de Estado involucrándose en tales asuntos.
A estas alturas, cabría pensar que la experiencia de El Salvador con bitcoin habría servido de advertencia, pero parece que la lección aún no ha sido aprendida. Tal vez, como sociedad, seguimos disfrutando del riesgo y el caos, incluso cuando la historia nos ha mostrado sus consecuencias una y otra vez.
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