Juan Bosch, la muerte de Bobby Kennedy y el asalto al Congreso de EE. UU.


El día 05 de junio de 1968, Robert Kennedy fue víctima de un atentado al final de las primarias del Partido Demócrata de California. Bobby, como también le llamaban, moriría al día siguiente. 

El 09 de junio del 1968, Juan Bosch estaba en Benidorm, Alicante, España, y en esa fecha escribió una carta a su esposa, doña Carmen Quidiello, en la cual, mezclada con chorros de amor y ternura para su mujer y su familia, va una reflexión formidable sobre el asesinato del entonces senador demócrata y el rumbo tomado desde entonces por los Estados Unidos.

Profesor Juan Bosch sonríe junto a su esposa, doña Carmen Quidiello.

Conviene reproducir aquí algunos párrafos de esa carta a propósito de lo ocurrido el pasado miércoles 06 de enero en el Congreso de Estados Unidos y de todo lo que viene aconteciendo desde hace años en ese atormentado país, a medida que los intereses más atrasados se hacen cada vez más con el poder político.

Dejamos de lado buena parte de la carta enviada a “La muy querida” y nos quedamos con los párrafos más pertinentes a nuestros fines, los cuales reproducimos a continuación. Dice Bosch a doña Carmen:

“La muerte de Robert Kennedy produjo varias llamadas de Madrid y de Valencia, de amigos asustados (…) porque me habían oído decir que Kennedy sería asesinado de manera irremediable e inevitable. Pero ésa no fue una profecía ni cosa parecida; simplemente, dada la situación norteamericana, Bobbie estaba condenado a muerte y nadie podía salvarlo de ese destino».

Robert Kennedy (Bobby)

«Yo supe la noticia temprano porque me había llamado Enrique Herrera. Estaba muy impresionado. Porque el día que se fue a Madrid—un domingo, hace hoy precisamente quince días—estuvo hablando conmigo y me dijo que por qué yo no hacía algún contacto con Kennedy, dado que podría ser el próximo presidente de los EE.UU.: “No será presidente; lo matarán antes de que termine el mes de agosto, y le darán un tiro en el cuello, igual que a su hermano”, le dije, repitiendo lo que me oíste tantas veces».

«Pero es el caso que cuando la noticia se confirmó ese mismo día en la tarde, en quien pensé fue en ti; en la impresión que te causaría y hasta en la posibilidad de que de alguna manera en tu subconsciente hubiera una acusación contra mí».

«Pues se da el caso de que a menudo parece que la palabra crea el hecho; y especialmente en tu caso, la manera de reaccionar que tenías cuando yo te aseguraba que a ese muchacho lo matarían anunciaba un estado de confusión en lo hondo de tu alma cuando se produjera el asesinato, una confusión en la cual jugarían papeles muchas imágenes revueltas, pues al mismo tiempo verías en Kennedy a tu hijo y a mí, al otro Kennedy y a ti misma, a ti misma porque todavía, de manera oscura, te aferras a tu esperanza de que los Estados Unidos se conviertan en la realidad en lo que tú creíste siempre que eran. Pero no se convertirán».

«Nada vuelve a ser lo que fue, todo envejece y cambia, tanto en la naturaleza física como en la social, y el cambio norteamericano sigue la trayectoria de lo peor que había en las estructuras fundamentales de ese país, no lo mejor».

“Lo siento; créeme que siento haber visto con tanta claridad ese crimen meses antes de que ocurriera, y que siento haber dicho que lo veía. Lo siento por ti. Pero también lo sentí por Bobby. Cuando Enrique (Herrera) me dio la noticia no pude decirle nada. Yo sabía que iban a darle muerte, y sin embargo me conmovió su muerte».

“Todavía debemos esperar cosas peores. (…) Es un fenómeno inevitable. Un país tan poderoso no puede vivir sin un principio que una a toda su población, y sobre todo, no puede ejercer el poder de manera tan brutal, a los ojos de todo el mundo, sin estimular en sus propios ciudadanos el deseo de ejercerlo ellos también, cada uno dentro de sus posibilidades. El poder sin una base moral es una fuerza desintegradora, más desintegradora cuanto mayor es y cuanto más se usa solo para defender intereses (…)”.

Desde la muerte de Robert Kennedy han transcurrido cincuenta y dos años y en ese lapso de tiempo vimos acaecer la infame guerra de Vietnam, las intervenciones militares y las guerras atroces en tantos y tantos países en los que ha intervenido Estados Unidos.

Hemos visto crecer y crecer los ingentes capitales y, con ellos, el deterioro de los derechos y de la vida de millones de estadounidenses.

Y hemos visto las matanzas de gente inocente en escuelas y universidades y lugares de diversión y todo eso es parte de lo que decía Bosch en aquella carta inolvidable que ya tiene más de medio siglo: “Todavía debemos esperar cosas peores…”.

Lo ocurrido el pasado miércoles 06 de enero en el Congreso de los Estados Unidos es parte de esas “cosas peores”. 

Es, probablemente, la primera vez, en más de siglo y medio, que se ve a los políticos estadounidenses atentar de manera tan persistente, masiva y descarada contra las instituciones de su país.

Vale la pena preguntarse si aún debemos esperar “cosas peores” porque lo que ocurre a un país tan poderoso tiene también serias repercusiones en lo internacional. 

La carta de Bosch a doña Carmen es una hermosa carta de amor y, además, una extraordinaria lección de análisis político expuesta en ese párrafo demoledor que hemos visto más arriba que contiene verdades como éstas: 1. “Un país tan poderoso no puede vivir sin un principio que una a toda su población”.2. “… no puede ejercer el poder de manera tan brutal, a los ojos de todo el mundo, sin estimular en sus propios ciudadanos el deseo de ejercerlo ellos también, cada uno dentro de sus posibilidades”.

 Y, 3. “El poder sin una base moral es una fuerza desintegradora, más desintegradora cuanto mayor es y cuanto más se usa solo para defender intereses (…)”.

El poder usado sin esa base moral de que habla Bosch es lo que ha puesto en peligro la democracia americana y la ha llevado a donde vimos el pasado miércoles 06 de enero.