Entre El Derrumbe y Fahrenheit 451


El 30 de noviembre de 1916, el almirante H. S. Knapp proclama el Gobierno Militar de Estados Unidos en la República Dominicana. Es la primera invasión militar norteamericana contra nuestro país.

Una de las primeras medidas implantadas por los invasores es la censura a todo tipo de publicación. De inmediato se manifiesta la pasión piromaníaca que suelen practicar los opresores. 

Ahí comienza la aventura de El Derrumbe, libro escrito ese mismo año por Federico García Godoy para denunciar el acto alevoso de la intervención.

Al momento de la proclama del gobernador Knapp el libro ya está impreso. Listo para el recorrido que espera a toda publicación y ésta no es una publicación cualquiera. Va destinada precisamente a hurgar en la naturaleza imperialista que asume ya Estados Unidos al iniciar el siglo XX y a tratar de explicar por qué la República Dominicana ha llegado a aquel punto de su Historia.

Una breve lectura del encargado de censura y la edición es incautada por las autoridades de inmediato. No valieron las reclamaciones y protestas del gran escritor e intelectual vegano.

En carta dirigida al gobernador Knapp “aclaraba que el libro se había escrito antes del establecimiento del Gobierno Militar, por lo que solicitaba que se le devolviese  la edición incautada, la cual se comprometía a no distribuir mientras durase la censura”, explica Roberto Cassá en Pensadores Decimonónicos (2019, AGN), libro en que aborda la vida y obra de una docena de connotados intelectuales dominicanos del siglo XIX.

Del libro de García Godoy hablaremos en otro momento. Lo que viene a cuento en este comentario es esa extraña pasión de los opresores por las hogueras destinadas a quemar libros. 

Una famosa novela del estadounidense Ray Bradbury describe precisamente una avanzadísima sociedad en la cual los bomberos no apagan incendios sino que persiguen a todas aquellas casas en las que hay bibliotecas para incinerarlas. 

Fahrenheit 451, la temperatura a que arde el papel, fue también llevada al cine en una adaptación discutida, pero formidable, del director francés Francois Truffaut.

Son históricas las fogatas levantadas por el Tribunal del Santo Oficio o de la Santa Inquisición creado por la monarquía española “para la custodia de la fe cristiana”, el cual incineró no sólo libros, sino también personas vivas.

Famosas fueron también las quemas de libros llevadas a cabo por las tropas de Hitler durante la segunda guerra mundial. Y las de Pinochet en el Chile de Allende y Neruda en 1973. 

Los intolerantes saben que no  pueden quemar ni hacer desaparecer las ideas, pero disfrutan intentándolo.

Por eso tanto la inquisición católica como Hitler, Franco o Pinochet no sólo intentaron quemar las ideas en su asiento de papel, sino también en el cuerpo vivo de quienes las portaban.

En la República Dominicana de 1916, los invasores estadounidenses también practican su pequeña inquisición y la pasión por esa temperatura de 451 grados Fahrenheit, el gusto por el papel quemado, que es el placer malvado de intentar incinerar, pulverizar, desaparecer las ideas revolucionarias y la cultura.

“…Dos años después del secuestro de su libro (García Godoy) remitió una correspondencia (…) solicitando la devolución, pero obtuvo una nueva negativa”, y dos años más tarde volvió a escribir al segundo gobernador Thomas Snowden y recibió una tercera negativa. A cuatro años de la impresión, en 1920, “recibió la explicación del teniente F. U. Lake, a nombre del gobernador militar, de que todos los ejemplares (de El Derrumbe) confiscados en 1916 fueron quemados en cumplimiento de las leyes en vigor”, explica Cassá.

Pero los libros, como las ideas, están destinados a perdurar como los hombres y las mujeres que los producen.

Por eso, ciento cuatro años después, sin necesidad de que hubiera que aprenderlo de memoria para preservarlo, como hacen en la famosa novela de Bradbury, podemos leer y comentar este texto doloroso del inolvidable Federico García Godoy del cual hablaremos en otro momento.