¡Y viva el Jefe!
El día primero de junio del año 1961 todo estaba consumado. Magnicidio, autores descubiertos y Ramfis Trujillo Martínez dispuesto a vengar la muerte de su padre. Prometió y cumplió. La venganza se extendió hasta el 19 de noviembre cuando salió del país ahíto de alcohol y sangre.
Fue fácil descubrir a los autores del atentado. Los indicios, la cercanía de la mayoría de los conjurados con el régimen y con “el jefe” permitieron a los investigadores la detección temprana.
Los participantes estaban conscientes del riesgo y asumieron el desafío. Bastaba la identificación de uno y a partir de ahí el hilo de Ariadna se encargaría.
Además de la condición de los participantes y la cobardía alterando el proceso, “causas y azares” contribuyeron al develamiento.
La presencia del general Arturo Espaillat en las inmediaciones del lugar donde se perpetró el atentado, la sorpresa de un Zacarías de la Cruz herido, una prótesis dental en el pavimento, la pistola utilizada por Antonio de la Maza registrada a nombre de Juan Tomás Díaz, la visita a la Clínica Internacional buscando asistencia para Pedro Livio Cedeño, trazaron la ruta. También, la indecisión y el temor impidieron la realización de la segunda parte de la trama: el plan político anejo a la acción.
Antes de la medianoche del día 30 de mayo-1961-, los agentes del Servicio de Inteligencia Militar tenían las evidencias servidas por el destino, la prisa, la impericia.
Mientras en San Cristóbal, traidores, pusilánimes, dolientes, lloraban al “jefe” alrededor del féretro expuesto en el templo Nuestra Señora de la Consolación y Balaguer leía el panegírico, los matones trabajaban. Las miradas se cruzaban, las sospechas atenazaban y afuera se multiplicaban los cadáveres.
Décadas después de la indiscutible hazaña, a pesar de los afanes para demeritarla, más que la reivindicación del hecho, quedan las pendencias inútiles, el deleznable acotejo de protagonismos.
Con testigos ausentes, protagonistas muertos se impone el regateo de gloria arriesgando lo importante. Entre el desconocimiento y el oportunismo se repiten errores y honores auspiciados por la coyuntura y por el afán adánico.
Inconcebible el equívoco presidencial consignado en el Decreto 335-21. Alguien indujo al mandatario a ratificar lo existente como acierto propio.
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