Mascarillas, vacunas, y ahora… un pasaporte para la covidianidad

06-04-2021
Anjá | Ciencia, Tecnología e Innovación
Ojalá, República Dominicana

La humanidad lleva ya más de un año sin poder socializar libremente, auxiliada de mascarillas, geles antibacteriales(paradoja) y medidas de distanciamiento social -que muchas veces se olvidan- para poder hacer sus diligencias y paliar un poco una situación que en realidad es desesperante. 

La situación la conocemos todos y no necesita ser nombrada, pero, de todos modos, aquí va: hablamos de la pandemia por COVID-19, una situación mundial que ha provocado millones de muertes, parálisis económica, trastornos mentales y otras consecuencias que varían según la región y el estatus socioeconómico de cada cual. 

Siempre se dijo que la pandemia empezaría a ceder de manera notable cuando se desarrollaran vacunas y se iniciaran los programas correspondientes para administrarlas. Justamente en esta etapa nos encontramos: tras meses de investigación frenética y un desarrollo inusitadamente rápido -esto en atención a las apremiantes circunstancias-, hay varias vacunas en existencia, y cada país, dentro de sus posibilidades, está haciendo su mejor esfuerzo por vacunar a su gente. 

Por supuesto, tomará tiempo alcanzar la inmunidad colectiva de la que tanto se habla, pues cada país lleva un ritmo distinto de vacunación según el tamaño de la población, disponibilidad de recursos, organización, logística y otros elementos que intervienen en la ecuación. 

Para mucha gente, lo importante es que ya nos estamos vacunando, pero, las cosas no se quedan ahí. Se ha advertido que recibir la vacuna no significa que automáticamente quedamos protegidos del virus. Más bien, esta lo que hace es aminorar los efectos en caso de desarrollarse la enfermedad, con efectividad limitada en cuanto a su duración, lo que significa que, probablemente, haya que vacunarse de manera recurrente contra la COVID-19.

Esto podría caer como una mala noticia, pero, aún hay más. Ahora que la vacunación lleva un buen ritmo en países como Israel, Estados Unidos y Reino Unido, ha surgido la idea de implementar “pasaportes” donde se certificaría que el portador ha recibido su vacuna contra la COVID-19, o, en el mejor de los casos, que ha presentado una prueba con resultados negativos en lo que respecta a la presencia del virus. 

¿Es esta una buena idea? De entrada, el potencial de negocio, y de posibles fraudes, que encierra el concepto de pasaporte de covidianidad es amplio. Peor que eso es la discriminación que resultará de la expedición de estos documentos, pues una parte importante de la población mundial aún no se ha vacunado, y no precisamente por falta de interés, sino por cuestiones de logística y hasta disponibilidad. 

A finales de marzo, el estado de Nueva York implementó su pasaporte, llamado Excelsior Pass, con vigencia de 180 días en el caso de vacunación, mientras que en caso de prueba PCR caduca a la medianoche del tercer día, y, si se trata de prueba de antígenos, pues a las seis horas ya no tiene validez. 

El objetivo con estos pasaportes es impulsar a una mayor reapertura económica, sin temor a que los comercios se conviertan en focos de infección. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y numerosos organismos advierten que no es la mejor idea, pero ello no impide a Reino Unido arrancar con sus propias pruebas en este mes de abril. 

¿Se imaginan que para viajar se requiera presentar este “pasaporte”, o para asistir a eventos de cierta índole? Ello sería el surgimiento de una nueva élite, una más en un mundo de desigualdades.