Esa dominicanidad


Ocurrió en la Plaza Juan Barón, frente al parque Eugenio María de Hostos. Amplio descampado que permite disfrutar el Malecón de Santo Domingo. Uno de los espacios favoritos de la muchachada, con sus chiringuitos, pistas, cachumbambés y verdes explanadas.

El mar coqueteaba con la tarde esplendente y la brisa permitía a un mozalbete elevar la chichigua más arriba, mucho más. 

Su liderazgo era evidente, la destreza para mover la gangorra y la vistosidad de su papalote avalaban la percepción. 

Estaba rodeado por un grupo de entusiastas competidores, el público animaba el ascenso. Una urgencia provocó detener el remonte. 

El desagüe de la vejiga era perentorio.

Alguien vio la exposición de la juvenil intimidad en el centro de la plaza y decidió señalarle la caseta con el retrete portátil, justo al lado de la pared que mojaba. El mozalbete, órgano en ristre, expresó orondo: yo soy dominicano, no joda.

La proclama avaló la pertinencia de su acto y la conciencia nacionalista. Su dominicanidad descansa en el derecho al exhibicionismo cuando el deseo de alivianar su vejiga obliga.


Existe un pendiente sin respuesta ni resultado en el país.

De tiempo en tiempo conturba la ausencia de orgullo nacional o la distorsión del mismo. Hay y hubo intentos contundentes pero fugaces, esporádicos y trémulos que aspiran al empoderamiento patrio sin vergüenza.

El efecto de campañas y sermones no es perceptible. El trabajo se pierde entre la cháchara y la manipulación, el divismo, los equívocos y la impertinencia de la ignorancia.

La dominicanidad tiene decenas de manifestaciones, algunas incomprensibles otras aceptables y ninguna permanente. La identidad se diluye y escuece. Es arena entre los dedos para muchos.

EL sábado pasado concluyó el Mes de la Patria. Con o sin asistencia del Presidente de la República al Congreso, en su condición de jefe de Gobierno, para presentar las memorias de los ministerios y rendir cuenta de su administración, el 27 de febrero es el día del nacimiento de la República Dominicana. 

La genealogía de la patria es imprescindible para amarla y defenderla. Conocer la historia no es afrenta, es deber.

En otro tiempo el izamiento de la bandera emocionaba y escuchar las primeras notas del Himno Nacional conmovía. 

Sin importar el contexto político, la represión o la muerte, el sentimiento existía. 

Después, aquello fue considerado perverso. Amar la patria y sus símbolos era asunto de derechosos. De la jornada quedó un tremolar de desaciertos y confusión. Algo se perdió en las disquisiciones y el oportunismo, está extraviado entre el desarraigo y un gentilicio hecho a la medida.

De hijos de los barcos pasamos a nietos de los aviones, pero la dominicanidad es algo más que la insolencia y la grotesca lírica del género urbano. Es el béisbol, la gastronomía y también es el empoderamiento de tanta agrafía titulada. 

Es compromiso, denuncia del tutelaje que permite la frivolización y avala proclamas insulsas que unen voluntades para que el “mangú” aparezca en la RAE cuando algunos promotores no han abierto jamás el diccionario y otros nunca han probado un plátano.

La expatriación puede ser en la patria misma. Ocurre por opción, por ausencia de identificación y gracias a una pretendida universalidad que no trasciende. Así tenemos apátridas emocionales cuya marca es la negación. Ni mandinga ni carabalí, ni de aquí ni de allá.

Importante sería en esta época de restricciones y educación a distancia, obligadas por la pandemia, evaluar la dimensión de la dominicanidad. 

Averiguar cuánto ha servido, en la formación de los jóvenes, el cambio en la enseñanza de la historia subsumida en “ciencias sociales”. 

Asimismo, ponderar cuán eficaz ha sido el trabajo de la “Comisión Permanente de Efemérides Patrias”, en procura de “exaltar a los más destacados valores humanos que han luchado por la conservación y desarrollo de la nacionalidad dominicana”.

Quizás la investigación sirva para descubrir el origen de la concepción de pertenencia y orgullo nacionalista exhibida por el joven en la Plaza. Para conocer la razón de su dominicanidad manifiesta en el destape y el desenfado.