El precio del silencio

15-03-2021
Anjá
Hoy, República Dominicana

Las biografías apasionan. Encanta conocer la vida ajena, el sentir de los otros. Es una especie de voyerismo quieto sin mayor riesgo que llegar al final del libro.

Los géneros se respetan, empero, hay enlaces entre las confesiones, el testimonio de la persona que escribe sobre otra, la ficción y la historia. Las autobiografías, en ocasiones, son recuentos acomodaticios por el miedo a decir y desacralizar. Los más osados, acuden a la fanfarronería, a una mitomanía evidente en cada sílaba y aunque sospechemos de la desmesura, el interés permanece.

Conocemos a esos personajes más por lo que omiten o desdibujan. Dalí advirtió en “Diario de un Genio”: “ No voy a decirlo todo ahora… Los regímenes democráticos no se encuentran aún preparados para la publicación de las fulminantes revelaciones que son para mí pan de cada día”- TUSQUETS- 1983 -. El inmortal catalán dejó una página en blanco como Joaquín Balaguer en sus Memorias.

Desde “Vidas Paralelas” de Plutarco hasta la fecha, el género se reinventa cada vez y de igual manera fascina. Autobiografía o la historia de los otros siempre existe una razón, un guiño, para husmear, aborrecer o querer. También para ratificar el hechizo que producen personajes despreciables, desafiando convencionalismos y códigos morales. 

Es difícil la indiferencia después de conocer el “Fouché” de Stefan Zweig, negar la grandeza del Adriano de Yourcenar, no espantarse con la insensibilidad y los hábitos de Mao Tse Tung, descritos por su médico Li Zhisui en “La Vida Privada del Presidente Mao”. Meses antes de la pandemia, el exitoso escritor mexicano Enrique Serna sumó a su bibliografía una novela biográfica que es espejo para políticos, apóstoles de la ética, hacedores de opinión. 

“El Vendedor de Silencio” -Alfaguara- recrea la vida de Carlos Denegri, el más importante periodista mexicano del siglo XX. Hombre perturbado por su origen familiar, excelente redactor, sin escrúpulos, convencido de su poder gracias a la extorsión. 

Trabajador incansable, dipsómano irremediable, difamador, creyente, atesoró contactos con personajes nacionales e internacionales que cualquiera envidiaría. Sabía “que la impunidad de un triunfador con mala fama siempre despierta más admiración que repudio”. Durante 30 años ejerció su dominio. Rechazándolo, todos querían ser como él.

La mejor descripción del personaje fue hecha por Julio Scherer, Director del “Excélsior”: “es el mejor y el más vil de los reporteros”. Pretendió domarlo, no pudo y auspició su caída. “En este negocio no solo vendemos información y espacios publicitarios: por encima de todo vendemos silencio”, fue la advertencia de un superior jerárquico, la clarinada que atizó la codicia del joven y ambicioso reportero.

La carrera diplomática de su padre adoptivo lo convirtió en cosmopolita y políglota. Cotizó su silencio y el precio le permitía una vida con lujos inimaginables para un periodista.
Compraba el amor como vendía sus reportajes. Agresor impenitente, la tercera esposa lo mató con un certero balazo, el 1 de enero del 1970.

Los manejos periodísticos dolosos aztecas no son ajenos a los nuestros. Antes, aquí, se realizaban con discreción y talento, con sibilinas componendas que ahora el descaro impide. Hoy está ausente la brillantez de esos portentos perversos. La versatilidad de los mandarines de la comunicación para guardar silencio espera el premio sin rubor. La dote es pública por el favor prestado. 

El decreto no encubre, confirma, la inclusión en la nómina de grupos empresariales no provoca sonrojo, sino que avala.

“EL Vendedor de Silencio” es un retrato de época, la dictadura perfecta del priismo expuesta a través de sus miserias y desmesura. La complicidad sempiterna para mantener la corrupción y encubrir la violencia.

México con sus charros, sus caciques. Las madrugadas sórdidas, el rocío de tequila, el deslumbre con las divas, amuletos del poder. La vileza y la connivencia esa coyunda que sostiene gobiernos. Estampa del periodismo rapaz que acusa, ultraja, para permanecer indemne.

La novela debería estar en la mesita de noche del fariseísmo criollo, impúdico e insolente. Su lectura es un tizón para aquellos que cotizan sin recato su opinión.