Después de la ceremonia
La ceremonia inaugural de los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe fue excelente. La pausa era necesaria, el espectáculo produjo emoción.
Fue un recuento de algo que poco a poco perdemos, esa dominicanidad lejos del oprobio y la violencia, del estrépito y la amenaza, de la chabacanería que pretende ser marca y lo está consiguiendo.
La cotidianidad del insulto quedó atrás, fue sustituida por el disfrute de atletas cuya persistencia los acercó a la gloria, por el trabajo de tantos artistas que trascienden y permanecen provocando aplausos y admiración.
Y luego de la fascinación con el despliegue de drones, la realidad desplazó la fantasía. Volvió el recuento de inexplicables pendientes, arden esos fuegos que el primer bombero de la nación no se empeña en sofocar.
Conscientes de que una chispa puede encender la pradera, los estrategas deciden cuando enfriar, eliminar o inhibir la propagación de las llamas. Casos recientes lo demuestran.
Con la indiferencia habitual y esa propensión al irresponsable desdén oficial fueron recibidas las declaraciones de Jean Todt, enviado especial del secretario general de la Organización de Naciones Unidas para la Seguridad Vial.
El hombre conoce de velocidad y riesgos, fue piloto y presidente de la Federación Internacional del Automóvil. Confirmó lo que todos sabemos y padecemos sin avizorar solución.
El tránsito en el país es un desastre: “No es aceptable que las carreteras y las calles estén matando más gente que el crimen o las guerras”-HOY 23.07.2026-.”
“Lamentablemente la gente se ha acostumbrado a una de las peores situaciones del planeta y es evitable. Es una pandemia para la cual existe la vacuna”.
Esa vacuna tiene forma de ley, empaque de miedo, altanería y complicidad. La vacuna está almacenada, no se aplica ni se percibe intención de hacerlo.
Y entre fuegos que se apagan quedan llamitas sin importancia. Más vale la narrativa adánica que peccata minuta con tizne de derechos fundamentales que no pueden alterar la tranquilidad en el reino.
Superado el sainete del código penal, asumido como inevitable el camino hacia el Tribunal Constitucional, menos placentero que el Camino de Santiago, nada más interesa. Todo está controlado.
Y así como las revelaciones sobre la corrupción en SeNaSa cuando llegaban a Palacio fueron desoídas, calificadas como chismes, son ignoradas las tropelías de los favoritos de Palacio, esos muchachos vociferantes en la Plaza que gracias a la difamación consiguieron impunidad sempiterna.
Quizás por eso las revelaciones del incansable director de la Oficina Nacional de Defensa Pública, Rodolfo Valentín Sosa, no conmueven. El director devela el desastre carcelario que la vocería auto complaciente pretende ocultar.
Además de los estremecedores informes elaborados por la Comisión de Cárceles de la Defensa Pública ahora el director ratifica el hacinamiento, la conculcación de derechos, el abuso contra cientos de ciudadanos encerrados, olvidados, privados de libertad en condiciones infrahumanas y se atreve a identificar responsables.
Dos años después de afirmar que “el sistema lejos de mejorar ha ido en decadencia” y con Ministerio de Justicia y la ficción de Las Parras como centro ideal, el director denuncia, solitario, la calamidad. ¿Quién reacciona? Hay chispas que no preocupan.
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