Mundo virtual versus mundo concreto
Cuando apenas sabía leer y escribir, le escuchaba a mi abuela paterna repetir con frecuencia la siguiente frase: “El papel aguanta todo”. En ese entonces, en la República Dominicana se vivía una férrea dictadura, y coincidía que la inolvidable abuelita solía expresar aquel dicho mientras hojeaba las páginas del periódico El Caribe, único matutino oficial que circulaba por todo el país.
Nunca osé preguntarle la razón por la que tanto usaba el adagio. Ya vuelto adolescente y decapitado el régimen político, entendí aquello de que el papel lo soportaba todo. De haber vivido en el tercer decenio del siglo XXI, la cautelosa abuelita quizás diría: “La pantalla aguanta todo”.
En este tercer milenio, lo virtual y lo concreto suelen corresponderse, logrando con su magia sacudir y derrumbar el edificio de valores que, por más de siete décadas, habíamos catalogado como soportes morales absolutos.
El tiempo y los hechos nos obligan a aceptar la amarga realidad de que hoy no es ayer, de que aquellos “valores absolutos” no eran tales y de que la mentira de ayer se nos transforma en dolorosa verdad. La ciencia y la razón son sustituidas por la fuerza del poder.
Los conceptos de Estados soberanos, naciones, países y repúblicas ahora requieren de una urgente redefinición, a fin de que podamos entendernos sin caer en el ridículo. Hubiera preferido seguir viviendo mi tranquilo otoño, falsamente convencido de haber conocido todo el trayecto andado.
En el campo de la medicina, ahora resulta que las vacunas contra la poliomielitis, el sarampión y la rubéola han sido descalificadas mediante decretos ejecutivos. Millones de niños crecerán sin la protección de medicamentos de probada efectividad. Volveremos a encontrarnos en la práctica pediátrica con afecciones que suponíamos erradicadas de la faz de la tierra.
Las pantallas y la inteligencia artificial nos mostrarán y convencerán de que las epidemias y los dañinos fenómenos atmosféricos son solo vivencias virtuales, en tanto que eso que ahora llamamos enfermedades mortales son solamente visiones mentales distorsionadas y sensaciones corporales equivocadas. Pretenderán convencernos de que morir es vivir y de que el dolor es placer.
Nos sentimos convencidos de la certeza del calentamiento global y sus nefastas consecuencias, a menos que se tomen efectivas medidas universales para reducir el ritmo y la intensidad de la combustión de los recursos fósiles.
Poderosas decisiones contemporáneas ordenan que se siga la fiesta de los hidrocarburos. Las presentes y futuras generaciones experimentarán cada vez con más frecuencia inundaciones y sequías, con efectos catastróficos en todo el sur global.
Someter pueblos a la asfixia económica, la violencia, la amenaza y la burla lucirá como una edición contemporánea del circo romano. Malthus y Darwin confirmarán en el siglo XXI la certeza de sus conclusiones selváticas, desprovistas de compasión ecológica alguna.
Aquello de “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” es ahora una herejía. El “No matarás” pertenece a otra era pasada. El “No codiciarás los bienes ajenos” es ahora un absurdo.
Como testarudo creyente en los valores universales que soy, moriré feliz de haber compartido mis humildes sapiencias con todos los hombres y mujeres de la tierra.