Cuando la tuerca se fuerza, se corre la rosca
A pesar de las desinformaciones y ocultamientos de verdades en el tablero del laberinto geopolítico, la guerra liderada por los Estados Unidos e Israel contra Irán retrata una situación muy compleja para el mundo occidental, ya que se muestran distintas fotografías que complican cada día el panorama internacional, y los Estados Unidos serán, sin dudas, el gran perdedor.
Pienso que el poder de persuasión de Israel sobre Trump ha sobrepasado todos los límites imaginarios sobre quién debería seducir a quién, ya que aquí, sin dudas, se cambiaron los papeles.
Es como si un niño tomara a un padre de las manos y lo condujera directo a un precipicio.
¿Qué podría inducir a ese padre a dejarse llevar?
La verdad es que nadie lo comprende, pero todos lo sospechan.
El no rotundo de los aliados del norte, en Europa, ha dejado sin jugada a Trump en el ajedrez político del Golfo y Oriente Medio. Las negativas sucesivas lo han puesto a pedir cacao a sus más feroces enemigos, quienes, de manera muy inteligente, han dejado que se le vean las enaguas ante todo el mundo.
La provocación a Irán ha demostrado que las fauces del monstruo no son tan feroces, pues han tenido que evacuar sus zonas de confort, donde se creían impolutos, dejando al desnudo sus debilidades.
Irán no ha tenido piedad y devuelve golpe a golpe los atropellos del 28 de febrero, atacando bases militares, instalaciones petroleras, radares ultras modernos, embajadas, aeropuertos y otras locaciones geoestratégicas que han hecho recular a Estados Unidos.
Los ataques a Catar, Baréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Arabia Saudita, Irak y Jordania demuestran la capacidad de respuesta del régimen de los ayatolás.
El estrecho de Ormuz sigue destruyendo las economías, a pesar de las narrativas de Trump en cuanto a que Irán ya no tiene defensas aéreas, marítimas ni terrestres.
Es verdad que le han matado sus principales líderes, pero aquello estaba tan bien estructurado que, al parecer, detrás de cada muerte, de cada destrucción al pueblo palestino, hay una respuesta que deja a sus agresores sorprendidos.
Las cúpulas de hierro se deshacen como algodón. Los que debieron caer, según lo pintaron, en tres o cuatro días, han despojado al ejército más temible del mundo de los distintos escenarios bélicos que exhibían con tanto orgullo y los hacían dueños y señores de territorios ocupados.
El cuco que metía miedo huye como conejo asustado.
El Tratado del Atlántico Norte se diluye con la contundencia de un no, con la convicción de no cooperar en algo que consideran absurdo, por lo que ahora se replantean nuevos escenarios globales.
Fueron por la Ruta de la Seda y por los BRICS.
Pensaron que, con la conformación del “gran Israel” y la OTAN, tendrían el dominio hegemónico del planeta, poniendo así a China, Rusia y la India bajo las plantas de sus pies.
Pero, al ir por lana, salieron trasquilados.
Ahora vemos a un Trump haciendo venias y llamando para negociar, con las excusas de que han matado a todos los altos mandos de Irán, y nadie le toma las llamadas.
La verdad es otra y el mundo lo sabe.
El lobby sionista del Congreso americano, que forzó esta guerra solo por las pretensiones de su suplidor, Benjamín Netanyahu, debe estar pensándolo en estos momentos.
Las economías se derriten en el estrecho de Ormuz, donde pasa el 20 % del petróleo consumido en el planeta, y pueden terminar de sucumbir si se concretizan las amenazas de los hutíes de Yemen de cerrar el Mar Rojo, por donde transitan alrededor de 5 millones de barriles desde el oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita.
Mientras tanto, Irán no entra en negociaciones. Cuenta con su gran producción de Fattah 1 y 2 (Mach 13), con el Khorramshahr-4, el Sejjil y, como relevo, un ejército de 610,000 efectivos y 350,000 de reserva, que suman 960,000 guerreros de una teocracia donde su teología es su principal arma y su resistencia, que los induce a luchar hasta la muerte.
Que Dios meta su mano