Biden redobla la amenaza contra China

Política
07-10-2021
Rebelión, España

Biden ha intensificado la política de enfrentamiento con China y la amenaza de guerra.

La nueva alianza militar de EE UU, Reino Unido y Australia apunta contra China. Al dotar a Australia de submarinos de propulsión nuclear, de uranio altamente enriquecido para su propulsión y de la tecnología nuclear de alto secreto para hacerlos funcionar, Biden ha intensificado la política de enfrentamiento con China y redobla la amenaza de guerra.

Australia será el segundo país que obtenga acceso a esta tecnología, después del Reino Unido en 1958. A diferencia de los submarinos convencionales, los de propulsión nuclear pueden navegar más lejos y durante más tiempo sin tener que volver a su base. Pueden acercarse a China desde Australia sin dificultad. También son mucho más silenciosos, lo que ayuda a retrasar su detección. China está menos avanzada en la defensa antisubmarina que en otros aspectos de su armada.

Un artículo del New York Times escrito el día después del sorpresivo anuncio señala lo siguiente: “Con su iniciativa de adquirir armamento pesado y tecnología de alto secreto, Australia ha unido su suerte a EE UU durante generaciones: una ‘asociación para siempre’, en palabras de [el primer ministro Scott] Morrison. El acuerdo sentará las bases de una alianza militar más estrecha y mejora las expectativas de que Australia participe en un hipotético conflicto militar con Pekín.”

El artículo también dice que “analistas en materia de seguridad creen que es probable que Australia utilice submarinos de propulsión nuclear para patrullar” el mar de China Meridional a lo largo de la costa china. Los submarinos de propulsión nuclear tendrán capacidad para disparar misiles contra el territorio chino. Así se sumarán al potente despliegue estadounidense de buques y submarinos de guerra en el océano Pacífico, dotados con armas nucleares, y estarán bajo control de EE UU.

China ha reaccionado de modo inmediato y con rudeza. Zhao Lijian, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, ha afirmado que el acuerdo sobre los submarinos “atentará gravemente contra la paz y la estabilidad de la región, exacerbará la carrera de armamentos y lastrará los esfuerzos internacionales por detener la proliferación de armas nucleares”. Esta última acusación gana credibilidad por el hecho de que la tecnología nuclear y el uranio altamente enriquecido que le suministrará EE UU pueden servir a Australia para dotarse de armamento nuclear, si Washington así lo desea en algún momento.

Biden da un paso cualitativo en la escalada iniciada por Trump de la confrontación con China, pero este no es el único aspecto en que la política exterior de Biden se materializa como continuación y consolidación de la de Trump. Este último se caracterizó por su desdén por los aliados de Europa Occidental y por su unilateralismo. Ahora la alianza militar con Australia y el Reino Unido y el suministro de submarinos de propulsión nuclear a Canberra ha enfurecido a Francia.

El anuncio de la nueva alianza sorprendió al resto del mundo. Se ha afirmado ahora que Biden comenzó a pergeñar en secreto el nuevo acuerdo desde el comienzo de su presidencia. El anuncio del acuerdo vino acompañado de la información de que Australia se retiraba del acuerdo que mantenía con Francia para la construcción por esta de submarinos convencionales por un total de 66,000 millones de dólares.

Ha sido una “decisión unilateral, brutal e impredecible”, dijo un enojado Jean-Yves Le Drian, el ministro de Exteriores francés, quien la comparó con los rápidos y súbitos virajes políticos tan propios de Trump. En su declaración, Le Drian también dijo que el acuerdo afectaría “a la concepción misma que tenemos de nuestras alianzas, nuestras asociaciones y la importancia de la región indopacífica” para Europa.

Una consecuencia de este viraje es que la industria militar francesa se ha visto privada de cuantiosos ingresos, mientras que las empresas estadounidenses que construirán los submarinos de propulsión nuclear se embolsarán buenas ganancias, si bien el motivo principal de la iniciativa es el de redoblar la amenaza militar sobre China. El presidente francés, Emanuel Macron, respondió llamando a consultas a sus embajadores en Washington y Canberra. Puesto que considera que el Reino Unido es un actor secundario, no hizo lo mismo con el embajador en Londres.

Un editorial de Le Monde, el principal diario francés, en que amplía las acusaciones contra EE UU, señaló lo siguiente: “Para quien todavía lo dudara, el gobierno de Biden no es diferente del de Trump en esta cuestión: Estados Unidos por encima de todo, ya sea en el terreno estratégico o en el económico, el financiero o el sanitario. America First es el lema que guía la política exterior de la Casa Blanca.” Cuanto le preguntaron poco después a Le Drian si el comportamiento de Biden se parece al de Trump, el ministro francés contestó: “Sin los tuits”.

Un artículo del New York Times informó de que, dado que la empresa estadounidense Lockheed Martin participaba en el proyecto de los submarinos franceses cerrado en 2016, “el contrato era para París un ejemplo de cómo Francia y EE UU podían colaborar en Asia. Esta idea ha quedado hecha añicos y ha sido sustituida por amargura, desconfianza y cierto grado de incredulidad de que el gobierno de Biden pudiera tratar a Francia de este modo”.

El artículo concluyó diciendo que “el presidente francés está decidido a mirar a sus socios europeos, especialmente a Alemania, en su replanteamiento de la alianza occidental y la política asiática. Como afirma Le Monde, ‘más allá de las sensibilidades francesas, lo que está en tela de juicio es el lugar de Europa y su papel en el mundo’. Dónde quiere situarse Europa en el realineamiento global a la sombra de la confrontación entre EE UU y China”.

Durante décadas después de la segunda guerra mundial, EE UU pudo dictar la política exterior a sus potencias imperialistas subordinadas de Europa Occidental, pero a medida que estas potencias han crecido económicamente, sobre todo Alemania, y un poco menos Francia, en las últimas décadas han aumentado las tensiones con EE UU. Un ejemplo fue la oposición de Francia a la invasión de Irak por parte de EE UU.

El Congreso de EE UU (los estadounidenses son famosos por su vulgaridad) cambiaron el nombre de french fries [literalmente fritas francesas, o sea, patatas fritas] (que no es como las llaman en Francia) por el de freedom fries [fritas de la libertad], y el de french toast [torrija] por el de freedom toast. Un columnista comentó irónicamente que lo que en EE UU llaman el french kissing (besarse juntando las lenguas, lo que violaba la moral protestante anglosajona) debería denominarse entonces freedom kissing.

Más recientemente ha habido discrepancias con respecto a Rusia y China. Alemania y Francia se han opuesto a la manera de Washington de hacerles frente. Cuando al comienzo del mandato de Biden el secretario de Estado Anthony Blinken criticó a Alemania por mantener un acuerdo con Rusia para construir un nuevo gasoducto para el suministro directo de gas ruso al territorio germano, reclamando que Berlín rescindiera el contrato, Alemania se negó y EE UU se echó para atrás.

Rusia no compite mucho con EE UU en el terreno económico. Lo que más exporta es petróleo y gas natural, y este es el único ámbito en que hay competencia entre los dos países. En cambio, la competencia con China abarca muchas más cosas, desde la tecnología hasta el comercio, etc. EE UU se concentra ahora en su nueva guerra fría con China como su principal preocupación.

El nuevo pacto militar con Australia y el Reino Unido constituye una escalada. Alemania y Francia desean equilibrar las relaciones entre Pekín y Washington y no quieren verse arrastradas a un bloque contra China. Han resistido las presiones de EE UU para que denuncien los tratados comerciales con China que son importantes para ambas. El comercio de Francia con China ya supera el de EE UU.

La continuación y profundización por parte de Biden del enfrentamiento con China que emprendieron los gobiernos anteriores y sus relaciones con Europa no son el único aspecto que hace que la política exterior de Biden sea una continuación de la de Trump (sin los tuits y las bravatas). Fareed Zakaria, comentarista sobre política exterior de la [cadena de televisión] CNN ha escrito un artículo en el Washington Post, del que reproducimos algunos extractos:

Después de casi ocho meses analizando la política, la retórica y las crisis, muchos observadores extranjeros se han visto sorprendidos ‒o incluso contrariados‒ al descubrir que en un ámbito tras otro, la política exterior de Biden es una continuación fiel de la de Donald Trump y un rechazo de la de Barak Obama.

Parte de esta consternación se debe a la manera abrupta y unilateral en que Biden se retiró de Afganistán. Un diplomático alemán me ha dicho que en su opinión el gobierno de Trump consultaba más a Berlín que no el gobierno actual. También hay iniciativas concretas como el tratado sobre los submarinos, que ha enfurecido a Francia.

Sin embargo, las crecientes preocupaciones van más allá de los hechos episódicos. Un alto diplomático europeo ha señalado que en todas las cuestiones, desde las vacunas [anticovid] hasta las restricciones de los viajes, los tratos con Washington muestran que la política de Biden sigue la lógica de America First, cualquiera que sea la retórica. Un político canadiense ha dicho que, si se aplican, los planes de Biden de Buy American[compra productos estadounidenses] son de hecho más proteccionistas que los de Trump.

A pesar de haber criticado repetidamente los aranceles aduaneros de Trump, Biden los ha mantenido casi todos. (De hecho, muchos se han ampliado, pues se han dejado expirar la mayoría de las exenciones que se aplicaban.) Importantes aliados asiáticos siguen presionando a Biden para que vuelva a la Asociación Transpacífica, que el presidente actual había alabado mucho cuando lo negociaba el gobierno de Obama. Pero en vez de ello, el acuerdo está guardado en un cajón.

Otro ejemplo sorprendente de la política exterior trumpiana que mantiene Biden es el pacto con Irán, uno de los grandes logros del gobierno de Obama. Durante toda la campaña electoral, Biden afirmó que la retirada de este acuerdo por parte de Trump había sido un error garrafal y que como presidente lo restablecería siempre que Irán también se comprometiera a cumplirlo.

Su asesor de seguridad nacional, Jake Sullivan, calificó la imposición por Trump de sanciones secundarias contra Teherán a pesar de la oposición de los aliados de EE UU de “unilateralismo depredador”. No obstante, desde que ocupó la presidencia, Biden no ha recuperado el pacto e incluso ha prorrogado algunas sanciones. Después de rechazar durante mucho tiempo el intento de renegociar el pacto, el gobierno de Biden pretende ahora continuar en esta línea…

O veamos la política con respecto a Cuba. El gobierno de Obama tuvo la valentía de abordar uno de los más flagrantes fracasos de la política exterior estadounidense. Habiendo aislado y sancionado a Cuba desde 1960 para provocar un cambio de régimen en este país, EE UU no ha hecho más que reforzar el gobierno comunista cubano…

Al igual que en el caso de Irán, el coste de estas políticas ha recaído en la gente común. Uno de los aspectos más crueles de la política de sanciones de EE UU es que se aplica con tanta facilidad porque satisface determinados intereses particulares en Washington y no perjudica a la población estadounidense, pero supone un horrible menoscabo para la gente más pobre y más impotente: millones de personas cubanas e iraníes…

Obama comenzó a mitigar estas políticas hacia Cuba. Trump invirtió el rumbo. Biden ha mantenido la política de Trump y de hecho ha reforzado las sanciones. En una reciente votación en la Asamblea General de Naciones Unidas, por la que se condena el embargo declarado por EE UU hace 60 años, el resultado fue de 184 contra 2 (Israel fue el único país que votó con Washington).

Zakaria suele ser un comentarista sobre política exterior que se mueve dentro de las coordenadas del sistema, es miembro del Consejo de Relaciones Exteriores, el laboratorio de ideas que alimenta los debates de la clase dominante en la materia y es un firme defensor del imperialismo estadounidense. El hecho de que haya escrito semejante artículo es un indicio de que representa alguna resistencia a la continuación de la política exterior trumpiana por parte de Biden entre los pensadores de la clase dominante. Sin embargo, hasta ahora, Biden cuenta con el apoyo de los dos grandes partido en el Congreso.

Otro ámbito en el que Biden se mantiene fiel a la política exterior de Trump se refiere a la inmigración y al control de la frontera con México. Biden ha dado continuidad al bloqueo racista que practicó Trump (y los presidentes anteriores) contra la inmigración latinoamericana en EE UU. En los últimos años, esto ha supuesto el rechazo de solicitantes de asilo de Guatemala, El Salvador y Honduras. Biden ha continuado la política trumpiana de mantener en México a miles de estos y estas solicitantes de asilo a salvo de las horrendas condiciones en que se hallaban en sus países de origen, de modo que ahora no pueden solicitar el asilo.

Asimismo, ha comenzado a deportar a más personas que intentan y consiguen entrar en EE UU que lo que hizo Trump. Actualmente deporta a muchos miles de nuevos y nuevas solicitantes de asilo de Haití que han conseguido cruzar la frontera. Estas personas huyen de la desintegración de su país a resultas de un fortísimo terremoto.

EE UU se ha basado en la supremacía blanca desde que inició su andadura, de modo que no favorecía los intereses de una clase dominante casi totalmente blanca que gentes de piel morena, procedentes de América Latina, inmigrara en lo que Trump llamó una invasión, y ahora los que invaden son personas de piel negra.

Las imágenes de ataques brutales de agentes de la guardia fronteriza montados a caballo, con sombreros de cowboy, tumbando y golpeando a personas haitianas negras, han consternado a mucha gente en EE UU. Las deportaciones masivas de gente haitiana ordenadas por Biden superan ya la de Obama, que le merecieron el epíteto de gran deportador.

La inmigración es un asunto interno de EE UU, que incluye a los 11 millones de inmigrantes indocumentados, a quienes han permitido entrar en EE UU a lo largo de los años para realizar trabajos pesados en la agricultura, la industria cárnica, etc. Biden mantiene el rechazo de los dos grandes partidos a que adquieran la nacionalidad y puedan ejercer sus derechos civiles.

Pero también es un asunto de política exterior. La situación de la que huyen los y las solicitantes de asilo de Centroamérica y ahora Haití es fruto de la explotación imperialista llevada a cabo por EE UU durante bastante más de un siglo, con sus guerras y ocupaciones militares, la imposición de regímenes dictatoriales corruptos, etc.

Quienes albergaban la esperanza de que Biden revirtiera al menos algunas de las políticas exteriores de Trump conocen ahora un amargo despertar.