Chile es una fiesta democrática

19-12-2021
Mundo
Página 12, Argentina
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Santiago de Chile es una fiesta. Bocinas, caravanas de autos, columnas de personas por la Alameda, delante del Palacio de la Moneda, mucha juventud, con banderas nacionales, mapuches y la del nuevo presidente: Gabriel Boric. La noticia de su victoria apareció como una bocanada de aire histórica en un día electoral cargado de tensiones debido a la trascendencia de la contienda, en la cual el ahora electo mandatario se enfrentó a José Antonio Kast, de extrema derecha. 

El día de la votación estuvo atravesado por las numerosas denuncias, incluido del Sistema Electoral de Chile, de irregularidades en el suministro de transporte de autobuses, en particular en zonas populares con mayor apoyo a Boric. La ministra de Transporte, Gloria Hutt, debió reconocer las fallas al finalizar la tarde. Esa demora produjo críticas y especulaciones acerca de si la misma podría afectar el número de votantes, en una democracia marcada por la baja participación. Sin embargo, el resultado mostró un aumento de la participación: 8.338.086 votantes, contra 7.114.800 de la primera vuelta. El mismo se volcó mayoritariamente a Boric, quien logró pasar de 1.814.777 votos a 4.608.362, a diferencia de Kast, quien subió de 1.961.387 votos a 3.683.873. La posibilidad de un aumento de la participación y que la misma fuera mayoritariamente hacia Boric, era uno de las hipótesis en días previos, en el marco de una campaña marcada tanto por el apoyo al candidato de Apruebo Dignidad, como por la campaña contra Kast, con consignas de anti-fascismo, anti-pinochetismo, que tomó fuerza en las calles y algunos barrios populares.

La clave anti-Kast, el temor a un posible regreso de un candidato proveniente del pinochetismo, fue uno de los motores principales de movilización y de tensión en días previos y durante el domingo. La posibilidad de una derrota y legitimación vía las urnas de la extrema derecha chilena aparecía como un panorama sombrío, un cierre reaccionario del ciclo de protestas multitudinarias iniciadas el 18 de octubre del 2019. Por eso cuando el 30% de votos escrutados marcó Boric 54.12% y Kast 45.88% se escucharon los primeros gritos de alegría desde el comando de campaña de Boric, situado a pocas cuadras de la Alameda.

La diferencia de 10 puntos entre ambos candidatos, que se hizo reversible con el 50% de votos escrutados, se tradujo en el llamado de Kast a Boric, reconociendo públicamente su derrota. Ese mensaje trajo tranquilidad en el marco de las hipótesis de tensión divulgadas en días anteriores, acerca de que Kast podría no reconocer automáticamente una derrota en caso de un margen de diferencia estrecho. Poco tiempo después de ese mensaje, Boric habló con el presidente saliente Sebastián Piñera, dando por cerrado el resultado y la victoria.

La victoria del presidente más joven de Chile, exdirigente estudiantil, miembro del partido Convergencia Social parte del Frente Amplio y de la coalición Apruebo Dignidad, significa además de la derrota de la reacción conservadora y autoritaria, un desenlace presidencial en continuidad con la crisis detonada a partir del 2019, una crisis que, desde ese momento se ha traducido en un continuo de acontecimientos callejeros y electorales, en particular el plebiscito por una nueva Constitución, y la instalación de la Comisión Constitucional, en julio pasado, encargada de la redacción del nuevo texto constitucional, que dará por terminado al de la dictadura de Augusto Pinochet. 

La relación entre la elección presidencial y el proceso de redacción de la nueva Constitución apareció como central desde la hora cero. Kast se había pronunciado en contra durante el plebiscito, y, su victoria habría significado un probable ataque por parte del poder Ejecutivo, afectando el plebiscito de aprobación que deberá tener lugar pasada la mitad del 2022. La victoria de Boric abre, en cambio, la posibilidad de un diálogo entre ambos poderes, con una legitimación desde la presidencia y, seguramente, un apoyo de cara a la aprobación del texto final. 

Ese plebiscito, con un nuevo texto constitucional que podría desmontar algunos de los pilares del orden neoliberal-pinochetista, aparece como el nuevo paso por venir en el marco de un gobierno que seguramente deberá enfrentar numerosas adversidades. La derecha, si bien perdió, demostró una capacidad de unidad alrededor de un candidato de extrema derecha, logró movilizaciones callejeras, y seguramente planteará una resistencia por diferentes vías ante lo que representa una amenaza sobre su statu quo. Las derechas demostraron en el continente que, antes de buscar conciliaciones y diálogos, optan en su mayoría con confrontaciones y radicalidades de métodos y discursos.

La fuerza del nuevo gobierno estará dada por Boric, la legitimidad de los votos alcanzados y por la potencialidad de una sociedad con altos niveles de movilización. ¿Trabajará el nuevo presidente en un diálogo con esa sociedad movilizada para construir correlaciones de fuerza favorables? Será uno de los aspectos por verse en el gobierno que comenzará en el 2022, marcado por expectativas, desconfianzas de algunos sectores de izquierda, en un país que se encuentra en un momento de cambio de época, y que empuja, en una mayoría que se mostró en las urnas, por construir un nuevo modelo económico, social y político. Santiago, esta noche, es una fiesta.