Auge de China es muestra clara errores de Occidente : Esteban Hernández

28-11-2020
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El Mundo

A propósito de su nuevo libro Así empieza todo (Ariel), el escritor, abogado, periodista y analista político español, Esteban Hernández, ofreció una interesante entrevista a El Mundo, que compartimos a continuación para nuestros lectores y lectoras.

Su libro se subtitula La guerra oculta del siglo XXI. ¿Estamos en guerra?

Estamos en un proceso de transformación en el que hay un cambio enorme. Y en esa transformación hay un aspecto que pasa más o menos desapercibido, en el que no se pone tanto el acento: cómo la parte financiera de la economía se está comiendo a la parte productiva, que es aquella de la que casi todo el mundo en esta sociedad vive. Y eso a su vez genera transformaciones geográficas, transformaciones globales, transformaciones en el interior de los estados -se ve claramente en Estados Unidos y también en España-, transformaciones políticas y por supuesto culturales. Pero todo esto tiene su punto de partida de ese cambio productivo que sacude radicalmente a las sociedades, y eso hace también que se incrementen las tensiones en muchos sentidos, por ejemplo, entre Estados Unidos y China, o a causa de la polarización política.

China se ha convertido en el gran productor mundial, en la segunda economía del planeta. Usted sostiene que el auge de China es en gran medida producto de los errores de Europa y de Occidente, ¿verdad?

Sí, con una doble consecuencia. La primera, el deterioro interno, algo que hemos visto claramente durante la pandemia. Cuando necesitábamos algo no estaba aquí, se producía en China y nos peleábamos por conseguir los pocos recursos que estaban disponibles. Pero también en términos geopolíticos. China se ha convertido en una gran potencia, la segunda del mundo. Y lo ha hecho con todo aquello que nosotros le hemos proporcionado: capital, tecnología, recursos, acceso a nuestros mercados. Es una muestra clara de los errores de Occidente.

-¿Occidente está aún a tiempo de dar marcha atrás y de enmendar sus errores?

Sí, está a tiempo. Estados Unidos sigue siendo la primera potencia del mundo, con diferencia sobre el resto. Las fortalezas de Occidente son muchas, con lo cual no habría excesivo riesgo en ese sentido, salvo que – y el ‘salvo que’ es importante- continuemos actuando de una manera que perjudica a los intereses de occidente y de los occidentales.

-¿Y en concreto que tendría que hacer Occidente? ¿Traer de vuelta las fábricas, apostar por las nuevas tecnologías?

Un conjunto de cosas. No es únicamente regresar a las manufacturas o apoyarse en la tecnología, la pelea se juega en todos los terrenos. Pero lo que creo que es esencial es que el sistema económico se sanee, porque no sólo es crecimiento, también es cohesión y estabilidad interior. Si tienes un sistema débil, polarizado o desigual, donde la vida cotidiana se hace mucho más difícil para la mayoría de la gente, termina siendo un régimen débil y por lo tanto, con una capacidad de competir mucho menor. El cambio en la economía es factible y tiene que ver con la capacidad de estabilizar las sociedades y de generar un nivel de vida decente para sus ciudadanos. Ese es el punto esencial. Todo lo que no pase por eso es tensión, debilidad y malas consecuencias para el futuro.

-¿Y en qué posición está en ese sentido España?

España tiene grandes debilidades, no solamente por la presión política, que es evidente, y no solamente por la presión geográfica, cuya capacidad de desestructurar el estado a través de las peleas internas, políticas y de periferias hemos visto en los últimos años que es grande. Pero además somos un país que debe mucho dinero, que tiene escasos recursos disponibles y cuyo un modelo de crecimiento se ha basado en el turismo y el mercado inmobiliario, que es justo lo que ahora se está viendo afectado, con lo cual nuestra posición es especialmente débil. Pero eso no significa que sea insalvable, significa que tenemos que tomar conciencia de la situación e intentar desarrollarnos en otros muchos sentidos en los cuales hay posibilidades.

-Vaticina que estos tiempos convulsos van a traer en los próximos años rebeliones y un crecimiento de los movimientos antisistema…

Sí. En el libro hago a referencia a la salida de la I Guerra Mundial y al periodo de entreguerras: una mala solución política a los problemas de fondo produjo un incremento de las tensiones con las consecuencias que ya todos conocemos. Y éste es un momento similar. Si no somos capaces de dar soluciones políticas y económicas a los males de fondo, la tensión política se va a incrementar indudablemente. Si examinamos ese periodo entreguerras, vemos que cada país dio solución a los problemas de una manera distinta. En Alemania fueron los nazis, en la URSS el peso del comunismo se estabilizó y se convirtió en un régimen que a la salida de la guerra puso las bases para ser una potencia, y en Estados Unidos llegó Roosevelt. Son tres formas distintas de solucionar el mismo problema. Y ese es el momento que ahora vive Occidente. Estamos viviendo ya cambios en la política, los vimos en la salida de la crisis de 2008. Y si esta crisis tiene una mala salida, y todo apunta a que así será, los cambios políticos van a ser más importantes.

-¿Y esos cambios políticos pueden concretarse en regímenes más autoritarios, más totalitarios?

Sí, ese es el camino de salida habitual. Cuando un régimen tiene problemas internos, suele recurrir a un plus de fuerza para estabilizarlo. Es una constante de la historia, no es solamente algo del periodo de entreguerras o del momento actual, es algo que suele ocurrir. Pero insisto: no es algo inevitable, y por eso ponía también el ejemplo de Roosevelt, también se puede ir en sentido contrario. Pero es el camino lógico y habitual. Mire por ejemplo el giro que ha ido haciendo la derecha en EEUU en estos años: Reagan, Bush padre, Bush hijo y Trump. En 40 años los cambios dentro del Partido Republicano son sustanciales, no es lo mismo Reagan que Trump. Ese es el cambio que la sociedad está viviendo, y cabe preguntarse por ejemplo cómo será el próximo Trump.

-Cito textualmente su libro: «El futuro próximo va a ser culturalmente conservador y es necesario que así sea». ¿A qué se refiere?

Me refiero a que el péndulo ha girado hacia otro lado. Si se examina cómo era la vida a mediados del siglo pasado, en los años 50, 60 o 70, encuentras una sociedad bastante conformista, que sigue las normas sociales, donde la libertad no es un valor que se aprecie especialmente…. Y hemos pasado a un momento muy diferente, en el que todos aquellos elementos que daban estabilidad y cohesión, que permitían que las vidas tuvieran una línea continua, una línea de avance, desaparecen. Ahora los trabajos son quebradizos, van y vienen; las posiciones económicas son eventuales para la mayoría de la gente, hoy puedes tener un buen trabajo, mañana uno malo y pasado ninguno… En este contexto, en el que además se nos incita a ser nosotros mismos y a alcanzar nuestras posibilidades desvinculados de los demás, perdemos algo. Y esa pérdida tiene que ver con la estabilidad y con la capacidad de construir nuestro destino, de ser capaces de tomar decisiones y hacer planes a medio y a largo plazo. En ese aspecto, hay elementos conservadores, elementos tradicionalmente entendidos como conservadores, que son indispensables, y que tienen que ver con la continuidad y con esa estabilidad que ha desaparecido. Y esta es una aspiración social, es algo que la gente demanda porque está un poco harta de vaivenes, de inseguridades y de no saber qué pasará mañana. En ese aspecto, lo conservador va a ser un elemento importante.

Te invitamos a leer la entrevista íntegra publicada por El Mundo.

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