Y ahora, ¿quién llamará a las plantas por su nombre?

Medioambiente - 10-06-2021
Yolanda M. León
Ojalá, República Dominicana

Hoy hemos perdido en República Dominicana a un gran científico y maestro, Brígido Peguero, reconocido biólogo experto en plantas que trabajó varias décadas en el departamento de botánica del Jardín Botánico Nacional Rafael Moscoso Puello, el cual dirigía al momento de su partida.

Con más de 300,000 especímenes catalogados, el herbario que tenía a su cargo es la biblioteca de biodiversidad más importante y rica de esta isla. Aunque nuestra área de especialización profesional no fuera la botánica, desde que ingresamos a la carrera de biología, entrar a este herbario nos provocó siempre una enorme fascinación y reverencia. Estos sentimientos se extendían a los custodios de este tesoro, entre los que destacó siempre Brígido, quien se entregó en cuerpo y alma a cuidarlo y aumentarlo durante muchos años.

Incansable caminante, con sus más de seis pies de estatura, su afable mirada y rápida sonrisa, Brígido recorrió buena parte de los caminos hechos y sin hacer de República Dominicana y Haití estudiando y recolectando muestras, frutos y semillas de plantas que muy pocos conocen. Su deseo por dar a conocer a nuestras plantas nativas y endémicas, ese patrimonio natural tan especial y en gran medida desconocido, no tenía descanso y siempre nos inspiró en nuestra labor de conservación, abriéndonos los ojos ante el abismo que muchas especies enfrentan. Igualmente, su dedicación por formar nuevas generaciones en la botánica y su generosidad con su conocimiento no tenían límites.

Cada vez que necesitamos ayuda con la identificación de alguna planta, aunque no le preguntáramos directamente (para no molestarle tanto), en muchos casos nuestra consulta le llegaba por otras vías, e indefectiblemente recibíamos una respuesta no sólo rápida, sino certera. Cualquier discusión entre colegas sobre una identificación vegetal quedaba zanjada con saber que provenía de Brígido.

Este inmenso conocimiento le permitió descubrir y describir numerosas especies nuevas para la ciencia. Y todo esto lo hacía Brígido con la mayor entrega y humildad posible. Tuvimos el placer y honor de colaborar con él para definir las áreas importantes para la biodiversidad de RD, la primera lista roja nacional y la flora de la cuenca del Río Pedernales, y teníamos planes de trabajar en varias colaboraciones más al momento de su enfermedad final.

Su capacidad de trabajo también era admirable. Además de todo el trabajo de campo y herbario que llevaba, Brígido asumió desde hace años la revisión de artículos, corrección y puesta a punto de la revista científica Moscosoa del Jardín, sin duda la publicación científica indizada de más larga data y reconocimiento internacional con que cuenta la ciencia en RD. De hecho, al momento de enfermarse, trabajaba febrilmente en la organización de un simposio de flora a celebrarse esta semana con la participación de colegas nacionales e internacionales de la región.

No nos cabe duda de que los méritos de Brígido en la ciencia dominicana serán reseñados en muchos lugares en estos días y durante mucho tiempo después, seguramente por otros que los conocieron mejor que quien suscribe. Lo que nos mueve más a escribir estas líneas, a pesar de la rabia y tristeza que me nos arropa, es seguir su ejemplo y dar a conocer, a parte del científico, al gran ser humano que Brígido fue. Brígido siempre estuvo presto a denunciar injusticias y dar una voz al que no tenía, así como recordar y resaltar la humanidad de otras personas.

Esto lo hacía muchas veces mediante escritos de una enorme sensibilidad que siempre leímos con placer y admiración. Y no eran posteos breves de redes sociales, sino en escritos con las palabras requeridas para expresar bien el contenido.

El último que recibimos lamentaba la muerte de Domingo Sirí, otro biólogo llevado a destiempo por el covid. Sin saber que pronto correría la misma suerte, Brígido escribía:

[…] Sirí era un ser muy amistoso, solidario, honesto y sencillo. Recordamos su sonrisa de siempre. Su caminar pausado, pero firme, por los montes y por la vida. Recordamos su trabajo paciente y tesonero en el estudio de las aves. Recordamos su trato siempre afable y sincero. Vivirá siempre entre nosotros, porque no lo olvidaremos. Gloria eterna a la memoria de nuestro colega y amigo Domingo Siri Núñez.” B. P. 14 de mayo, 2021.

Sin embargo, uno de los últimos escritos que nos compartió y que más nos conmovió versaba sobre la injusta muerte de Estiwar, un empleado del Jardín asesinado brutalmente. En él, Brígido expresaba no sólo los méritos de este humilde empleado oriundo de El Cercado y su vida llena de dificultades sino sobre todo su impotencia y rabia. Transcribimos un fragmento:

[…] Ayer, 26 de abril, llegó a las 8:00 de la noche a buscar a su compañera en el lugar de su trabajo, como acostumbraba a hacerlo. Al llegar al lugar, y sin que todavía se hubiese bajado del motor, dos delincuentes, a bordo de otro motor, frenaron rápidamente junto a él. Uno de los fascinerosos le ordenó al otro que le disparara. El detritus social cumplió la orden, y sin que Estiwar resistiera el ataque, le hizo cuatro disparos: uno en un pie, uno se incrustó en un pulmón, uno en el pecho y otro le rozó la cabeza. Una acción tan brutal y criminal que refleja la catadura de elementos impuestos a matar, a beber sangre. Individuos así constituyen un altísimo peligro para la sociedad. Un peligro público. Antisociales sumamente peligrosos.

Estiwar decía que no le gustaba salir de noche, lo que confirman sus familiares. Hoy, 27 de abril, cumpliría 25 años. Le harían una pequeña celebración. El bizcocho estaba comprado.

Quedó sobre la mesa. Una lacra social, con unas cuantas onzas de plomo, impidió que le celebraran un año más de vida. En fracciones de segundo pasó de ser un joven lleno de vida y con ganas de vivir y ayudar a vivir, a ser sencillamente UN MUERTO.

Lo mató la delincuencia. Lo mató la Policía, que no puede controlar a los «incontrolables». Lo mató la Justicia, que penaliza a los inocentes y absuelve a los criminales. Lo mató el sistema de opresión y explotación, que necesita y fomenta las lacras, los parásitos sociales, las sabandijas, que no quieren trabajar, pero quieren tenerlo todo. Lo mató el sistema y sus instituciones, que generan tantas lacras, tanta descomposición social, tanta desigualdad, y tantas faltas de oportunidad con equidad y justicia. En conclusión, y en consecuencia con esto, debe quedarnos claro que hay que atacar el problema en su raíz. El blanco principal debe ser el sistema. Cuántas lágrimas. Cuánta sangre. Cuánta inseguridad. Cuánto dolor. Cuánta impotencia. Cuántas lacras.

Y ahora, ¿quién llamará a las plantas por su nombre? Y, en consecuencia, tenemos que obrar. No debemos quedarnos callados. No debemos quedarnos de brazos cruzados ante tanta barbarie. Tenemos que derrotar la indiferencia y la desesperanza. Tenemos que apostar a la vida, al respeto de los derechos humanos. A la instauración de una sociedad donde impere la justicia, la libertad, la educación, el trabajo y la solidaridad. No basta orar y esperar bendiciones. Hay que juntar algo más. «No basta rezar; hace falta muchas cosas». B. P. 27 de abril, 2021.

Como atisba el final de este fragmento, Brígido no era sólo un idealista, sino alguien que actuaba sobre sus convicciones para lograr una mejor sociedad. Militó diligentemente en el partido Movimiento Popular Dominicano, posiblemente el último partido que puede llamarse propiamente de izquierda en República Dominicana. Al momento de su partida, aprendimos (pues él nunca hablaba de política entre biólogos) que era el más alto dirigente del mismo, responsabilidad nada insignificante para los que conocimos todas sus obligaciones científicas y de gestión en el Jardín. Sus compañeros de partido están hoy, como es de entenderse, devastados.

Hoy, además del lamento de sus compañeros de partido, gremio, familiares y amigos, sentimos el llanto de todas las plantas nativas de esta isla, que pierden hoy a uno de sus voceros y defensores más elocuentes, y de los pocos humanos con el don de poderlas llamar por su nombre, saber dónde se encontraban y qué peligro enfrentaban.

En medio de la grave crisis de biodiversidad que atraviesa nuestra isla, perder a expertos de la estatura de Brígido supone un duro golpe, pero también debe llenarnos de fuerzas para seguir luchando por este patrimonio quisqueyano y esa sociedad más justa que tanto anheló.

Desde nuestra área de trabajo, salvar algunos de los sitios clave de biodiversidad y especies en peligro que él ayudó a identificar, sería el homenaje póstumo más valioso que podemos hacerle. Pero sigue siendo tarea de todos trabajar para lograr una mejor sociedad.

Para cerrar, debemos tomar prestadas las palabras del propio Brígido por ser las que más encajan con nuestro sentir: Vivirás siempre entre nosotros, porque no te olvidaremos. Gloria eterna a tu memoria, Brígido Peguero.