Lucía Albaine, diseñadora-ceramista


“Antes la gente me decía: ¡pero tú te vas a morir de hambre! Aunque te digan que no en un sitio, en dos o en tres, siempre habrá uno de los cuatro a los que fuiste que te dirá que sí. Entonces uno se introduce por ahí.

Hay futuro, ya que la cerámica en el país se puede trabajar tanto de forma utilitaria como ornamental e introducirla poco a poco en lo que es el diseño.

El valor de la pieza es intrínseca del artista, pero cualquier otra persona puede aprender a apreciarla.

Me especialicé y trabajé en diseño 5 o 6 años, pero no me encontraba, sentía que me faltaba algo, porque yo soy muy manual, muy expresiva.

Era todo cuesta arriba, pero se hace.

Trabajando yo me siento otra persona, la que pasa de ahí para la puerta deja los problemas afuera.

Me da paz, me da tranquilidad, es transformador, terapéutico. Yo me olvido del mundo.

El artesano dominicano es una persona muy llana, abierta y servicial. En un futuro me veo participando en ferias internacionales, para que no solamente se conozca a República Dominicana como el país del ron, del tabaco y del azúcar, sino que se conozca también la rama del mundo cultural dominicano.

¡Yo no apunto recetas! Las manos te dicen cuando el material ya está preciso para trabajar.

Yo no estoy trabajando directamente el barro, yo estoy haciendo mi propia tierra de colores (mi propio gres), que es un conjunto de materiales; un poco de barro de Bonao, un poco de Río San Juan y los pigmentos que tengo en el taller.


Mi inspiración está básicamente en la naturaleza, toda la materia prima que utilizo es desechable, desde las hojas de los plátanos, la barba de maíz, un comején, el esqueleto de una hoja.

Polvo, fuego, agua. Más nada».