La abuela Primitiva

21-09-2021
Adultos Mayores | Literatura
Ojalá, República Dominicana

[El nieto recuerda. En sus recuerdos yace la gratitud por el inmenso cariño recibido, por el camino andado juntos, la sabiduría amorosa que le entregó certezas y esa comprensión tierna, compasiva y solidaria del mundo de los otros que eclosionó años después en vocación sacerdotal. El autor de esta linda historia,Tomás García Martín-Moreno es un sacerdote español (Ciudad Real, Castilla-La Mancha ,1979) de la Orden de la Merced que realiza su labor pastoral y social en nuestro país desde hace algunos años.

Tomás creó la Fundación La Merced dedicada a «prevenir y erradicar el trabajo infantil, la explotación doméstica o sexual comercial de niños, niñas y adolescentes (NNA), acompañándolos y capacitándolos para que adquieran una educación integral a través de los valores de la Congregación Mercedaria que les permita contribuir al desarrollo de una sociedad libre, justa y solidaria».

La Fundación La Merced encabeza las iniciativas contra el trabajo infantil en el Batey Bievenido en Manoguayabo, Santo Domingo. (RRM)]

La abuela Primitiva

Hoy no pude dejar de emocionarme y sonreír a la vez, al ver su rostro envejecido por el paso de los años. Ha sido siempre tan presumida y coqueta con su cabello y su rostro. Cada día se levantaba después de pasar toda la noche durmiendo con su redecilla en la cabeza para no despeinarse, y varias veces al día utilizaba alguna que otra crema o poción mágica para las arrugas. Mi abuela Primitiva tiene ahora 94 años.

Su memoria es ya frágil como todo su cuerpo pequeño y menudo. Su amor sigue vivo en mí, lleno de recuerdos, momentos y vivencias. 

Recuerdo que cuando era pequeño y pasaba con mis abuelos las vacaciones de verano, mi abuela estaba tiempo conmigo para que terminara la comida mientras mi abuelo discutía. Siempre esperaba a que yo terminara para comenzar ella a comer tranquila. Era muy mal comilón. ¡Bendita paciencia la de mi abuela!

O las largas caminatas que junto a ellos hacía cada miércoles para llegar a primera hora al mercado a comprar las mejores frutas y guindillas para sus hijas. O a casa de mi tía Juliana. Llegaba y siempre mi abuela preguntaba a mi tía en qué la podía ayudar. Todavía recuerdo el sabroso bocadillo de pan redondo con tomate, cebolla y aceite de oliva que me preparaba en las tardes.

Y las tardes de juegos con mis primos: cómo olvidar esas tardes compartidas con mis primas Ana y Vicky, y de piscina con mordida incluida de perro. Recuerdo su cara de preocupación y angustia al verme con la herida. 

O aquella tarde de vacaciones en verano, que enfadado con mi abuelo decidí regresar con mis padres, y al subir el autobús, bajé rápidamente y regresé junto a ella a la casa llorando diciéndole que me perdonara, que la quería. Su incondicional perdón y acogida a pesar de mi rebeldía siempre han estado ahí acompañándome. 

O las misas, procesiones, visita a los santos, a la Virgen de la Sierra que juntos compartíamos, celebrábamos y vivíamos. O las noches en la calle sentados en una mecedora en la puerta de la casa viendo pasar a los vecinos y conversando con ellos de la vida.

También las noches eternas de las ferias y fiestas del pueblo, sentados en un banco viendo la gente pasar y saludando a unos y otros. Y el rico helado que compartíamos antes de volver a la casa para dormir.

O cuando me llevaba a la sala de tareas con la esperanza de que aprobaría en septiembre las asignaturas pendientes, que cada año se iban sumando unas cuantas más. Siempre me perseguían.

O cuando juntos los viernes veíamos el concurso «un, dos, tres», luego «el precio justo». Inolvidable.

O las horas de siesta en las que mi abuela se hacía la dormida para que yo cerrara los ojos. Casi nunca me las perdonaba. Un día para asustarme se hizo la muerta y su último deseo fue que me fuera a dormir la siesta. 

O las buenas noches que me daba llenas de besos, oración y cariño antes de dormirme.

Y cuando daban el pésame a todo el mundo, porque todo el mundo era familia en el pueblo. Eso sí, luego le tocaba dormir a mi abuelo en otra cama, y yo dormir junto a mi abuela porque cuando cerraba los ojos sólo veía a los muertos.

Su amor a las plantas, a la vida aunque cada año cuando llegaba diciembre se despedía: «Y el año que viene, ¿dónde estaremos?», me preguntaba. «Pues aquí abuela, dónde sino, junto a nosotros, tu familia», le respondía.

Siempre quería tenerme a su lado: «Quédate a mi lado, Tomasito». «Me aburro, abuela, todo el tiempo aquí sentado», le respondía yo. «Vaya que te aburras de estar junto a tu abuela y tu abuelo con lo que te queremos», volvía a decir y me dejaba marchar.

Siento gratitud al verla y esperanza de poderlo hacer de nuevo ahora en septiembre durante mi tiempo de vacaciones en el pueblo.  Mucho de lo que soy se lo debo a mi abuela. «¡Guapetona!», le digo, la beso y me sonríe. Su rostro se llena de luz y me ilumina. Te quiero.

|Escrito dos meses antes de su partida al Padre|