¡Ese es mi hermano!


El Covid ha fortalecido las buenas relaciones entre hermanos y empeorado aquellas que no lo eran antes. Al estar encerrados, los hermanos han tenido una cercanía más prolongada de lo habitual.

Como padres, a veces podemos sentirnos frustrados, sin saber porqué nuestros hijos se tratan mal.

Adele Faber y Elaine Mazlish, en su libro “Siblings without rivalry” (219 páginas), sostienen que los buenos sentimientos no pueden entrar hasta que los malos salgan.

Invitan, por tanto, a los padres, a dejar que los niños expresen sus emociones sobre sus hermanos, conversando, escribiendo o dibujando.

De esta forma, escucharemos la versión de cada uno, ayudaremos a que canalicen su malestar y evitaremos una posible agresión.

Si queremos que los hijos encuentren alternativas a la agresión, nosotros mismos, sus padres, debemos ayudarlos a encontrarlas.

Los hijos tienden a copiar nuestros comportamientos, así que debemos tener cuidado cómo reaccionamos verbal y fisicamente.

Ellos, también, son un reflejo de lo que decimos.

¿Cómo reaccionaría un hijo si le estamos diciendo constantemente que su hermano saca buenas notas y él no?

Hay que evitar las comparaciones. Es preferible describir lo que vemos, lo que nos gustaría que sucediera, manteniendo el enfoque solamente en el comportamiento de uno y no del otro hermano.

Porque los hijos no son iguales; cada uno tiene fortalezas, encantos y debilidades y así debemos amarlos: no igual, sino de forma única.

Dije: única, no igual. Porque son diferentes.

Cada uno debe saber que es único: el varón, la mayor, muy bueno pintando o cantando, muy buena en matemáticas, etc. De esta forma, haremos que cada uno, cada una, sienta que es especial.

Esto es más retador aún para una familia con un hijo con alguna discapacidad o habilidad especial.

Faber y Mazlish plantean que a ningún niño se le debe etiquetar “problema” y que lo correcto es enfocarse en sus habilidades.

Sucede, sin embargo, que haces todo eso, actúas por el librito, y aún así tus hijos se pelean. ¿Qué hacer?

A menos que haya un abuso físico o verbal, los padres no deberíamos tomar partido por uno o por otro. Es lo recomendable.

Y que si se interviene, sea para ayudar a construir o reconstruir el puente de comunicación roto o dañado entre los hermanos, permitiendo que cada uno exteriorice sus sentimientos.

Los padres, debemos demostrarles que tenemos confianza en sus habilidades para resolver ellos mismos sus diferencias y encontrar una solución.

Aprendí con mis hijos que una buena forma de reducir la tensión y mejorar la armonía, es con actividades o juegos que procuren la cooperación entre ellos.

Me encantaría recibir tus comentarios y conocer tus experiencias.

Lilliana Rodríguez Álvarez (Santo Domingo, 1982), economista con máster en políticas públicas y sociales y madre de dos (6 y 2 años).