Del patrocinio al mando


Cívicos, perredeístas, catorcistas, socialcristianos, entraban a su oficina, ubicada cerca del puerto. También recibía a las autoridades locales. Todos salían satisfechos. La modestia del espacio demostraba la sagacidad del industrial, renuente a la ostentación de su enorme fortuna.

Cuando en el club del pueblo le preguntaban por el entra y sale de semejantes personajes, soltaba su carcajada característica y decía: le doy a todos. Todos piden y aceptan y según la suma, la confianza.
Era el tiempo de post guerra y entronización de Balaguer. La militancia política se nutría de los aportes de la minoría opulenta. La propina permitía silencios, garantizaba impunidad. Aseguraba el equilibrio perfecto, entre cuello blanco y políticos. El cuello seguía impoluto y los políticos encubrían la dádiva y anunciaban un mundo mejor.

Sucia la política, limpias las élites. La política como menester para la gleba y para ilusos incapaces de producir bienes. Necesaria para la estabilidad y para permitir negocios sin molestias.

Los vasos comunicantes entre dos actividades vitales para el desarrollo eran inexpugnables. El capital financiaba candidatos y sostenía gobiernos, pero tras bastidores.

Los tres grandes líderes políticos del siglo pasado tenían sus patrocinadores. Discretos, cuasi anónimos, porque en tiempo de ideologías aceptar la asistencia del gran capital era claudicación.

El presidente Joaquín Balaguer, compensaba la ofrenda con la dejadez en el cobro de impuestos. Aunque cada año, con la caridad como excusa, transformaba en fuente recaudatoria una exclusiva cena navideña para evasores.

La mortificación por la corrupción no tenía tipificación. Cuando el tema asomaba la imputación era para los funcionarios y para el generalato. Balaguer ideó aquello de la puerta de su despacho como contén para el latrocinio. Alimentó boas imprescindibles para la gobernabilidad y la transformación de la composición social dominicana.

En la pausa 78-86, además del repudio al régimen de los doce años, un sector de la opulencia decidió auspiciar el cambio. Cuando la coyuntura exigió vino la temporada de denuncias siempre contra el funcionariado. Seguía vigente la antinomia: ustedes y nosotros. Corruptos sin corruptores.

Vuelve Balaguer a Palacio y después de las querellas, el olvido. Ocurrió igual en el cuatrienio 2000-2004 aunque el caso BANINTER expuso al viento los pudores. Ratificó que la indignación de algunos con la corrupción solo aflora cuando se trata de adversarios políticos. Voceros éticos, esperaban turno para consolar a los banqueros recluidos en Najayo y compartir exquisiteces con los desventurados estafadores.

Los periodos regidos por el PLD tuvieron sus culpables favoritos. Algunos cumplieron condena, otros pasaron de la repulsa protagonizada por los inmaculados representantes de la sociedad civil a la exculpación, previa al cambio y a los acuerdos.

De pagar o matar a la fecha hay un trecho de doblez aleccionador. La permanencia del enojo ha dependido de los pactos. El tejemaneje triunfador optó por no revisar archivos de colaboradores.

El estilo de las élites subvencionando políticos va quedando atrás. Persiste en la cotidianidad municipal con caciques y capos. Los mecenas, los dueños de las fortunas criollas decidieron dejar el quehacer tras bastidores y usar sus teneres para buscar y ejercer el mando que delegaban en otros.

Con sus espléndidos patrimonios instauran la plutocracia y avalan la narrativa de la lucha contra la corrupción atribuida a los políticos depredadores del pasado reciente. El entusiasmo omite investigar las fortunas de los portaestandartes de la ética. Es indiferente el origen de los bienes declarados, santificados, gracias a decretos y votos.

La nueva nomenclatura política incluye mandatarios, sin catapulta ideológica, que sacrifican sus corporaciones para servir a la patria. Ejemplos sobran en Centro y Suramérica. Herederos, empresarios, suman a sus finanzas el solio, con la consigna de la ética. Intrascendente la vocación represiva, autoritaria y excluyente que exhiben unos. Es el retorno de los Medicis.

La apuesta ética es redundante cuando las instituciones funcionan. La democracia no precisa vengadores ocasionales que persiguen adversarios corruptos, pero protegen a los cómplices sempiternos. Esos intocables que viven sin restricción ni apego a la ley, fortalecidos ahora porque además del patrimonio detentan el poder.

Sucia la política, limpias las élites. La política como menester para la gleba y para ilusos incapaces de producir bienes. Necesaria para la estabilidad y para permitir negocios sin molestias.

Los vasos comunicantes entre dos actividades vitales para el desarrollo eran inexpugnables. El capital financiaba candidatos y sostenía gobiernos, pero tras bastidores.

Los tres grandes líderes políticos del siglo pasado tenían sus patrocinadores. Discretos, cuasi anónimos, porque en tiempo de ideologías aceptar la asistencia del gran capital era claudicación.

El presidente Joaquín Balaguer, compensaba la ofrenda con la dejadez en el cobro de impuestos. Aunque cada año, con la caridad como excusa, transformaba en fuente recaudatoria una exclusiva cena navideña para evasores.

La mortificación por la corrupción no tenía tipificación. Cuando el tema asomaba la imputación era para los funcionarios y para el generalato. Balaguer ideó aquello de la puerta de su despacho como contén para el latrocinio. Alimentó boas imprescindibles para la gobernabilidad y la transformación de la composición social dominicana.

En la pausa 78-86, además del repudio al régimen de los doce años, un sector de la opulencia decidió auspiciar el cambio. Cuando la coyuntura exigió vino la temporada de denuncias siempre contra el funcionariado. Seguía vigente la antinomia: ustedes y nosotros. Corruptos sin corruptores.

Vuelve Balaguer a Palacio y después de las querellas, el olvido. Ocurrió igual en el cuatrienio 2000-2004 aunque el caso BANINTER expuso al viento los pudores. Ratificó que la indignación de algunos con la corrupción solo aflora cuando se trata de adversarios políticos. Voceros éticos, esperaban turno para consolar a los banqueros recluidos en Najayo y compartir exquisiteces con los desventurados estafadores.

Los periodos regidos por el PLD tuvieron sus culpables favoritos. Algunos cumplieron condena, otros pasaron de la repulsa protagonizada por los inmaculados representantes de la sociedad civil a la exculpación, previa al cambio y a los acuerdos.

De pagar o matar a la fecha hay un trecho de doblez aleccionador. La permanencia del enojo ha dependido de los pactos. El tejemaneje triunfador optó por no revisar archivos de colaboradores.

El estilo de las élites subvencionando políticos va quedando atrás. Persiste en la cotidianidad municipal con caciques y capos. Los mecenas, los dueños de las fortunas criollas decidieron dejar el quehacer tras bastidores y usar sus teneres para buscar y ejercer el mando que delegaban en otros.

Con sus espléndidos patrimonios instauran la plutocracia y avalan la narrativa de la lucha contra la corrupción atribuida a los políticos depredadores del pasado reciente. El entusiasmo omite investigar las fortunas de los portaestandartes de la ética. Es indiferente el origen de los bienes declarados, santificados, gracias a decretos y votos.

La nueva nomenclatura política incluye mandatarios, sin catapulta ideológica, que sacrifican sus corporaciones para servir a la patria. Ejemplos sobran en Centro y Suramérica. Herederos, empresarios, suman a sus finanzas el solio, con la consigna de la ética. Intrascendente la vocación represiva, autoritaria y excluyente que exhiben unos. Es el retorno de los Medicis.

La apuesta ética es redundante cuando las instituciones funcionan. La democracia no precisa vengadores ocasionales que persiguen adversarios corruptos, pero protegen a los cómplices sempiternos. Esos intocables que viven sin restricción ni apego a la ley, fortalecidos ahora porque además del patrimonio detentan el poder.