¿Por qué todas las fresas que comemos se originaron en Chile?

Buen Comer - 21-11-2020

En 916 el rey Carlos III de Francia, apodado «el simple»-que significaba «honesto»-, recibió un regalo que lo complació sobremanera.

Julius de Berry, de Amberes, le había obsequiado una fuente repleta de fresas maduras del bosque; como recompensa, el rey le otorgó el nombre «Fraise» (fresa, en francés) a la familia.

800 años después, otro rey de Francia, Luis XIV, estaba preocupado porque a su país no le estaba yendo bien en la Guerra de sucesión española y temía que un tratado de paz dejara la corte de Versalles sin acceso a las riquezas de América.

En 1711 decidió enviar a un espía al sur del Nuevo Mundo a recoger información. El elegido resultó ser nada menos Amedée François Frézier.

El apellido había cambiado un poco, pues la familia se había establecido en Escocia en la Edad Media, como parte del séquito del embajador de Francia, y allá se tornó en Frazer; de regreso a Francia, quedó en Frézier, pero Amedée era descendiente de Julius, aquel que le había regalado fresas a Carlos «el simple».

Y, en una de esas curiosas coincidencias de la historia, su viaje a Sudamérica cambiaría para siempre ese manjar que tanto agradó al monarca.

Mercader espía

Frézier cuenta en su relato «Un viaje al Mar del Sur y a lo largo de las costas de Chile y Perú, en los años 1712, 1713 y 1714» que se hizo pasar por marino mercader para poder realizar su misión de espionaje sin levantar sospechas.

Y logró su cometido sin mayores problemas.

Pero el resultado más trascendental de su periplo no sería evidente sino hasta unos años después y se derivó de su encuentro con algo que lo cautivó a su paso por tierras mapuches: una planta que los nativos llamaban quellghen o kellén.

«Cultivan campos enteros de una especie de fresa diferente a la nuestra por las hojas más redondeadas, más carnosas y muy peludas.

«Sus frutos suelen ser tan grandes como una nuez, y a veces como el huevo de una gallina. Son de un color rojo blanquecino y un poco menos delicado que nuestras fresas del bosque».

Hagamos un paréntesis para hablar de estas peculiares frutas y entender por qué al espía francés le llamaron tanto la atención aquellas que los indígenas habían estado cultivando durante unos mil años en esa franja de tierra entre los Andes y el Pacífico.

(Fresas)

¿Por qué peculiares?

Porque aunque parecen bayas, las fresas son realmente los receptáculos engrosados de la flor de la planta, que es de la familia de las rosas.

Las «semillas» que salpican la superficie de la fresa en realidad son aquenios, un tipo de fruto seco que producen algunas plantas en la naturaleza donde el ovario maduro contiene una sola semilla.

Su nombre genérico, Fragaria, se deriva de fragum, fragante, por el aroma de la fruta.

Es difícil establecer el origen de las fresas pues se han encontrado especies endémicas en casi todos los lugares del mundo aparte de Australia, las tierras al este de Los Andes, Medio Oriente y África, (aunque hay evidencia tan antigua de su cultivación en el norte de África y Medio Oriente que quizás también son nativas de esas regiones).

Trotamundos

Los estudios de su genoma han revelado una historia interesante: resulta que las fresas europeas son diploides, o sea que tienen dos juegos de cromosomas en sus células -como la mayoría de las especies, entre ellas los humanos: uno del padre y otro de la madre-.

Pero las fresas americanas son un octoploides, es decir que tienen ocho copias completas del genoma que fueron aportadas por varias especies parentales distintas.


Los investigadores piensan que es posible que hayan viajado por Asia (donde se encuentran especies con 4 y 6 juegos de cromosomas) y llegado a la costa oeste de Norteamérica pasando por el Estrecho de Bering hace 1,1 millones de años, donde se creó un híbrido con la especie existente.

Se cree que de ahí las aves llevaron esas fresas octoploides a lo que en un futuro muy lejano sería Chile y a Hawái.

El caso es que para cuando los humanos aparecieron en el planeta, ya había fresas silvestres de muchos tipos por todo el hemisferio norte y en esa tierra en el sur en la que los picuches y mapuches las domesticarían y cultivarían durante siglos antes de que llegara Frézier.

Su souvenir del viaje

Los nativos europeos se habían demorado más en trasladar las fresas silvestres a los jardines, algunos por su valor ornamental.

Sabemos que en 1368 el rey Carlos V instruyó a su jardinero a plantar 1.200 fresas en los jardines reales del Louvre en París y que en 1375, en el Chateau de Couvres de los duques de Burgundy había cuatro manzanas dedicadas al cultivo de fresas, tan apreciadas por la duquesa que cuando se iba de viaje, se las mandaban.

Y es que, cultivadas o silvestres, a los europeos les fascinaban sus fresas.

Pero, aunque su color y su sabor eran intensos, solían ser pequeñas.

Por eso Frézier se entusiasmó tanto al ver las que se llamarían Frugaria chiloensis y no pudo resistir la tentación de llevarse como souvenir cinco de esas plantas.

Fuente:
BBC