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Ramón Tejeda Read
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Lunes, 06 de Octubre de 2014
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Es peregrino eso de que las constituciones no deben modificarse. Además, puede ser perverso. Las constituciones son para cumplirlas y para cambiarlas en todo lo que beneficie al pueblo al que se deben y al que van dirigidas.

La actual Constitución dominicana, asumida por muchos como la más moderna que hemos tenido hasta ahora, debe ser modificada en muchos aspectos.

Me limito a mencionar uno solamente: esa Constitución que impide al pueblo prolongar cuatro años más el mandato de un presidente bueno, permite a los legisladores perpetuarse en uno de los poderes fundamentales del Estado: el Poder Legislativo. Y lo mismo ocurre con el poder municipal. Y con ellos se perpetúan allí los grupos económicos a los que representan.

Prueba al canto: el senador Amable Aristy Castro lleva más de tres décadas como senador de la provincia La Altagracia. Es un caso. Estoy seguro de que el lector conoce muchos otros.

Pero, ¿quién se detiene a pensar en el daño que esa perpetuación en el poder provoca a la democracia dominicana; a la construcción de espacios democráticos y de liderazgos regionales y locales?

¿Quién se detiene a pensar en toda la perversión que esa situación provoca y que se perpetúa en la Constitución? ¿Por qué un legislador, alcalde o regidor no deben tener los períodos de gobierno tan contados como los de un presidente?

Otro tema: ¿Por qué no impedir constitucionalmente que los legisladores—nacionales y municipales—legislen para auto-asignarse o aumentar sus privilegios?

Ésos y muchos otros temas de la actual Constitución tienen que ser revisados. Y su revisión tiene que ser objeto de extensa y real participación popular. Los referéndums y todo tipo de consultas a la ciudadanía son instrumentos fundamentales de la democracia real.

El de la reelección presidencial ha sido un tema traumático en la República Dominicana. ¿Por cuál razón? Porque Trujillo y su familia gobernaron más de treinta años en nuestro país “legitimándose” mediante comedias electorales cada cuatro años.

Heredero de la tiranía, Joaquín Balaguer, por su parte, gobernó veintidós años amparado en una maquinaria electoral corrupta instalada en 1966 con la colaboración de Estados Unidos que, igual que la anterior, se “legitimaba” en lo que Bosch llamaba ‘mataderos electorales’.

Esa situación hizo que la reelección se convirtiese en un tema fundamental en nuestro país. ¿De qué otra manera despojar del poder ya no a Trujillo, sino a Balaguer? Y eso hizo que el PRD convirtiera el tema de la anti-reelección en un dogma político.

En el 2004 no había impedimento para Hipólito Mejía aspirar de nuevo, pero el pueblo –que es el verdadero soberano—lo rechazó; pero el tema tomó nuevo brío cuando empezó a declinar la estrella de Leonel Fernández y el PLD no contó con otro medio para impedirle una tercera reelección que constitucionalizar de nuevo la no reelección consecutiva, lo que, en efecto, impidió la derrota en 2012 y, probablemente, la división del partido, pero rehabilitó tanto a Fernández como a Mejía para el 2016.

Pero la reelección existe y no es una catástrofe. Es el caso de Estados Unidos, donde Obama agota su segundo período; o Alemania, donde Ángela Merkel va por un tercero sin que se acabe el mundo.

En América Latina son paradigmáticos los casos de Evo Morales y Rafael Correa, por ejemplo, que mantienen niveles de aprobación del 70% luego de dos períodos de gobierno, rompiendo con el mito del supuesto desgaste político después de tal o cual tiempo. Lo que realmente desgasta son las malas políticas.

De hecho, la reelección es el único instrumento con que cuentan los pueblos para garantizar de manera democrática la continuidad de políticas públicas como las que ha puesto en marcha en nuestro país el presidente Danilo Medina, quien cuenta con una aprobación popular del 90%.

Que debe haber límites; que debemos evitar los mesianismos, ésos son otros quinientos, como dice el pueblo. Pero limitar a cuatro años el ejercicio gubernamental—aun en un club o una junta de vecinos o una universidad—es un disparate que el Comité Político del PLD, como jefe de la mayoría congresual, debe abocarse a corregir. Para eso sirven los referéndums y las consultas populares. Aprendamos a utilizarlas y creceremos en todos los sentidos.

Perspectiva Ciudadana