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Ramón Tejada Holguín
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Lunes, 01 de Agosto de 2011
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Kafka fue un hombrecillo que padeció y describió el poder y la burocracia como nadie. En gran parte de sus libros recrea esa perplejidad y sentido de los inútil que el poder quiere inculcarnos. En El Castillo, uno de los personajes de su novela sostiene: “La autoridad tiene por principio de trabajo que no se cuente con la posibilidad de una falla”.

Hay quienes no se han enterado de que mucha agua ha pasado desde aquellos años en que poder, autoridad y liderazgo parecían fundirse en un sólo y terrible cóctel. Ya no se puede seguir pensando que para ser líder debe asumirse un principio semejante al señalado por Kafka. Y por eso muchas veces vemos cómo los errores del líder hay quienes los quieren esconder debajo de la alfombra, haciendo así difícil la rectificación y la adaptación a las condiciones cambiantes.

La forma en que nos vendieron que Balaguer era infalible, y la debilidad de la intelectualidad que creyó y difundió tal disparate, posibilitó el dominio del balaguerismo. Unas palabras pronunciadas al azar eran vistas como una gran estrategia. Una mirada aviesa y zorruna se interpretaba como un gesto simbólico, profundo y recóndito, que iba más allá del entendimiento de los mortales. Fue así como se creó la balaguerología.

Balaguer supo aprovechar la debilidad y estulticia del contrario, supo manejar el silencio y crear la falsa idea de que era como la autoridad kafkiana: infalible. Pero, no lo era y él lo sabía. Como no lo son ninguno de los liderazgos políticos actuales.

La generación que emerge luego de la muerte de Balaguer se ha rodeado de un grupo de jóvenes que parece no conocer la verdadera historia de los espaguetis. Balaguer y sus acólitos vendieron a una parte de la sociedad dominicana, y en especial a un grupo de  detractores incapaces que Balaguer era infalible. Pero él conocía su falibilidad, sabía cuándo debía dar un giro real a la estrategia, incluso supo cuándo debía alejarse de los reflectores y mantener una discreta distancia del mundo de lo público.

Hay un grupo dirigentes partidarios que tienen el deseo avieso de ser reconocidos como los grandes truchimanes de la política, cuya soberbia y exhibicionismo obstaculizan los resultados de buenas estrategias política y de comunicación. Quieren construir un Balaguer, en el contexto de una sociedad en cambio vertiginoso, y de una República Dominicana en la que no hay espacio para un nuevo Balaguer. El PPH supo y no aprendió en carne propia que el poder es pasajero, y que sus seguidores en realidad son las legiones del poder. Digo que todos los gobiernos lo demuestran: el modelo balaguerista está agotado y otro es el tipo de liderazgo que necesitamos.

Debemos construir un liderazgo capaz de influir en la gente para lograr objetivos socialmente útiles. Ya no hay espacio para dirigentes que pelean batallas estériles buscando poder y capacidad de influir en la ciudadanía con el propósito de beneficiarse a sí mismos. La gente conoce el bacalao aunque venga disfrazao.

Santo Domingo, 2 de agosto de 2011

•El autor es sociólogo, investigador y académico dominicano. Por feliz definición, también ciudadano.

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Perspectiva Ciudadana