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Rafael Sánchez Cárdenas
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Viernes, 04 de Marzo de 2011
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Rafael Sanchez CardenasSe suele hablar de los valores de tal manera, que a veces parece que hablamos de una filosofía de ángeles y querubines. Tan nívea, que nos impide entender el significado de esos cuerpos éticos con los que construimos el régimen normativo de nuestras conductas.

En la emisión de conductas revelamos los valores que seguimos. No nacen aquellos de elaboraciones subjetivas de los magos puestos al cuidado de la moral social.

Pregonamos los valores que deberíamos seguir, muy al margen de la condición material, social y espiritual del ciudadano.

Es más, nos damos el lujo de difundir escenas, historias y mecanismos de cómo vivir con holgura y gran placer de espalda a esas ideas generales y “santas” de los valores.

Mientras, la modernidad nos ha cambiado el aula en donde recreábamos nuestros valores. Aquella familia campesina, de vida lenta y oportunidades limitadas, ya no es la escuela esencial de los valores. Ahora tiene competencia y el mercado es libre y desprotegido. Sin arancel posible. Difuso.

El poder y los medios comunican más, y más hondo, por la persistencia, por la imagen real o simulada, que dan al mensaje esa convicción rocosa  contra la cual competir en la familia se hizo difícil en este urbanismo descontrolado.

La guerra por mejores valores ya no está en la calle. Es total. Está en la intimidad del hogar, la oficina, el cine, los bares y los colmados.

Los valores se lucen, se hablan, se comen, se compran, se venden y se twitean. Como sueño galáctico.

El mensajero Carlos David García,  acostumbrado a ver y tramitar dineros de su empleador, decidió tomarse para sí cinco millones y medio de pesos. Y compró jeepeta, carro, pasola, pistola y regalos para su Dulcinea y los “panitas”.  

Años de trabajo y confianza del patrón. Un espejo de valores y sueños.

Santo Domingo, 4 de marzo de 2011

rsanchez.cardenas@gmail.com

Perspectiva Ciudadana