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Rafael Sánchez Cárdenas
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Jueves, 30 de Agosto de 2012
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La dictadura hizo de la figura presidencial un personaje omnipresente, omnipotente, omnisciente y abrumadoramente temida. Puesta en un Olimpo, servida y cuidada con  detalles de perros agradecidos. La herencia es mucha y mantenida en democracia por tanto tiempo, a veces, con tintes de ridiculez.

El carro grande y envuelto en el misterio de lo negro, caravana de vehículos desesperados rayando en la imprudencia. Obras públicas no institucionales, sino más bien hechuras del Presidente, del Jefe. En un simple bacheo, un estandarte con la nota del estilo: “El Presidente cumpliendo”.

A donde se movía el Presidente, con la aurora, viajaba a todo celo el sillón presidencial, con encargado asignado; un empleado público especial, probablemente único en el mundo.

Un sillón digno de un fondillo presidencial, según esta costumbre. En todos lados, cual trono imperial, siempre estaba presente la silla presidencial: Elevada, con escudo, sobresaliendo sobre las demás para dejar constancia de quién reina y manda. Más que sus políticas, su autoridad resaltada mediante el fetichismo del mueble.

Y las fotos, ¡ay!, las fotos. Para que no se olvide al Mandante. Un recordatorio para desmemoriados y osados. Como en aquellos tiempos en que hogares de todas las clases exhibían el despojo de la dignidad propia con la frase infame: “En esta casa, Trujillo es el jefe”.

Silla y fotos, frases y caravanas, carro negro, banda presidencial y un guardia almidonado detrás, entre otras cosas, estructuraban una parafernalia del poder con alta tendencia a distanciar los mandatarios de las sociedades que le han elegido.

Y en los proclives, a los que Narciso les revolotea en su personalidad, los asomos de  jugar a ser Dios. Acicateados por lambiscones y oportunistas. Siempre con buenas caras y un sí señor.

Al amparo de estos fetiches y rituales es fácil que los proyectos nacionales de desarrollo, focalizados en la persona de los presidentes, sean desnaturalizados, instrumentalizados para fines ajenos al interés general.

Sin fotos y la silla en el Palacio, donde debe siempre estar, el Presidente acaba de tocar símbolos sensibles de una modalidad de poder. Una cultura autoritaria heredada que personaliza el poder público haciéndolo una entidad lejana y ajena al legitimador de origen que es el pueblo y que reduce las instituciones a un segundo plano.

La autoridad presidencial vive, crece y se engrandece cuando su ejercicio de gobierno acopla con el alma y las necesidades nacionales.

Es allí donde la foto del Presidente tiene su Rubicón y una legitimidad basada en las acreencias de su ejercicio.

Así pues, ¡A deshollinar, que nunca se ha hecho! Apostemos por rituales y símbolos de la nueva vida democrática para los presidentes, no manteniendo o rescatando costumbres de la dictadura en dominicana.

Perspectiva Ciudadana