|
Ramón Tejeda Read
| |
Lunes, 12 de Agosto de 2019
|

 

 

El discurso del veneno se pasea hoy de un lado a otro del Planeta. Truena en Estados Unidos con voz estentórea y prepotente. Resuena también en Europa y tiene fuertes ecos en América Latina, como era de esperarse. En Estados Unidos el resultado no puede ser más desgarrador: en el primer fin de semana de agosto, varias decenas de muertos y heridos. Gente inocente de Ohio y Texas. ¿Podía esperarse otro resultado de un discurso dirigido a promover el odio, la intolerancia y la violencia?

El discurso del veneno tiene un relato muy simple. Según ese discurso, el deterioro de las condiciones de vida de la gente no tiene nada que ver con la concentración obscena en unas poquísimas manos de la riqueza que produce la sociedad. De acuerdo con el discurso del veneno, la pobreza, las penurias de los trabajadores no tienen nada que ver con los bajos salarios y la pérdida de su poder de compra. El discurso del veneno no relaciona las privaciones, las carencias de la ciudadanía con el recorte de la inversión estatal en educación, salud, cultura, promoción social que se lleva a cabo tan pronto sus promotores toman control del Estado. El discurso del veneno entiende que el Estado sólo puede endeudarse para “apoyar” a los grandes capitalistas. (En Argentina, Macri acaba de recibir un préstamo de nada menos que 57 mil millones de dólares del FMI y ya está buscando otro más). Democratizar el crédito para que sea accesible a los chiquitos es un disparate según el discurso del veneno.

El discurso del veneno va dirigido contra los inmigrantes a los cuales culpa del deterioro de las condiciones de trabajo; contra los pobres a los que considera “vagos y parásitos del Estado” y no ha vacilado en llamarlos “hoyos de mierda” en algún momento. El discurso del veneno tiene resabios homofóbicos y racistas (que a veces mal disimula) y su objetivo central, una vez se convierte en discurso e ideología gobernante, es desmontar todo vestigio de políticas públicas dirigidas a apoderar a los pobres, los explotados, los excluidos y contra las desigualdades en general.

El discurso del veneno es extremadamente peligroso porque es emotivo e incendiario. Puede asumir ribetes de fanatismo religioso, como vimos en Brasil. No va dirigido a la razón, sino a los sentimientos. Sus objetivos son presentados mediante sofismas, argumentos que a la gente de poca educación –que es una proporción abrumadora de la sociedad—pueden parecer explicables como los alegatos contra los inmigrantes y pobres, de ahí el peligro de tal discurso. En Texas y Ohio acabamos de ver sus efectos devastadores.

El discurso del veneno es sumamente flexible. Sus promotores lo adaptan a la realidad de cada país. En la República Dominicana, por ejemplo, el discurso del veneno no habla en contra de las políticas públicas del Estado. No se lanza contra la jornada escolar de tanta extendida ni contra el acceso de los pequeños emprendedores al micro crédito, ni contra la mejora de los servicios de salud… Eso se lo dejan a sus pocos teóricos parapetados en las páginas editoriales de los medios de comunicación.

En nuestro país, los promotores del discurso del veneno se atrincheran en la corrupción y la impunidad de los políticos y, sobretodo, los políticos de gobierno, desde luego, los demás quedan exonerados. Son impolutos, prácticamente santos. No se lanzan contra las políticas públicas ejecutadas por Danilo Medina porque saben que sería su muerte y la de la oposición política, pero su objetivo final es desmontarlas. Recordemos lo que ocurrió en el año 2000 tan pronto tomaron el gobierno. El discurso aquí y por ahora, por tanto, es monotemático: corrupción e impunidad, muy adecuado para sembrar sentimientos negativos (desconfianza, odio, escepticismo, incertidumbre y violencia) en una parte de la población. De eso hablaremos en nuestra próxima entrega.

Perspectiva Ciudadana