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Mark Lamster
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Miércoles, 11 de Abril de 2012
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Pocos artistas han dejado en su época una impronta tan profunda como Pedro Pablo Rubens, el pintor que con su grandiosidad y dramatismo definió visualmente el poder del Barroco. Conjugando las lecciones del Renacimiento italiano con las tradiciones artísticas de su Flandes natal, Rubens creó un estilo totalmente original y de aceptación universal: un lenguaje internacional dotado de autoridad y refinamiento. Era una concepción heroica que le permitió retratar a los hombres y las mujeres más poderosos de su época, y con ellos a las instituciones que controlaban, no necesariamente tal como eran, sino como esos personajes deseaban que se vieran. Su inigualable habilidad y su agudeza para los negocios le granjearon un flujo aparentemente inacabable de clientes regios, pero el pueblo llano también le veneraba, especialmente por las conmovedoras obras piadosas que creó para lugares de culto público. Ningún artista se entregó con más éxito a la delicada labor de trasladar al lienzo la pasión etérea y el esplendor de la fe religiosa. La veneración que hacia él mostraban otros artistas rozaba el fanatismo. El joven Rembrandt, al igual que muchos pintores que también siguieron su estrella, lo tuvo como modelo, llegando incluso a vestirse algunas veces como lo hacía el gran maestro de Amberes.

El aprecio casi universal que merecía Rubens, conjugado con su acceso a la más altas instancias del poder internacional, fue lo que propició su reclutamiento para el servicio diplomático. La pintura le proporcionaba una tapadera perfecta para el trabajo clandestino: podía presentarse en cualquier corte extranjera y utilizar siempre su arte para disipar toda sospecha que apuntara a motivaciones ocultas. Resulta difícil imaginar que algo así ocurriera en nuestra época, en la que nos parece poco probable que los artistas sean espías o diplomáticos. Una cosa es que los políticos tengan escarceos artísticos –Churchill y Eisenhower eran pintores aficionados, y Hitler un profesional fracasado– y otra distinta lo contrario. Desde el Romanticismo hemos heredado una concepción del pintor en la que éste aparece como un radical emocionalmente volátil y sin blanca, es decir, un crítico o un enemigo del Estado, no alguien a quien se confíen sus asuntos más delicados y urgentes.

Rubens no encaja en ese arquetipo. Nació en 1577 y llegó a la madurez en una época en la que la pintura era todavía una respetable profesión agremiada. Casi sin excepción, quienes le conocían hablaban de su natural afable y su seductora personalidad. Alto y de buen porte, encandilaba con su enorme erudición. Su prodigiosa habilidad artística y su enciclopédico conocimiento de toda clase de temas, desde la arquitectura hasta la zoología, pasando por la teoría política, no hacían sino acentuar su innato carisma. Las imágenes por las que ahora más se le conoce –las de esas mujeres desvanecidas pero de carnes agitadas y fruncidas por el éxtasis– nos sugieren la presencia de un desenfrenado libertino. Sin embargo, fue un marido abnegado que, con la salvedad de su obsesión por el trabajo, mostró apetitos personales en general parcos. Una existencia tan disciplinada y triunfal bien podría haberle convertido en un insufrible pedante, pero más bien llevaba su autoridad con ligereza, lo cual no hacía sino engrandecerla. Aparte de ocasionales arrebatos de orgullo, pocos vicios se le conocen.

Lo que desató la entrada de Rubens en política fue la situación de su Flandes natal, una tierra asolada por la violencia sectaria y ocupa-da por España, un negligente imperio extranjero al que el pintor debía obediencia. Su amada pero diezmada Amberes, en su día paraíso del comercio y la cultura internacionales, se encontraba en plena línea de frente de la guerra de independencia que contra el imperio español libraba la incipiente república holandesa del norte. Rubens se arrogó la responsabilidad personal de resolver ese conflicto aparentemente insoluble, conocido históricamente como guerra de los Ochenta Años. Fue un objetivo al que se entregó con el mismo ahínco que ponía en su arte y por el que arriesgó todo lo que había conseguido: su carrera, su reputación y su vida.

Este proyecto, más ambicioso que ninguna pintura, le consumió durante alrededor de una década, en unos años en los que viajó de capital en capital, con frecuencia ocultando sus intenciones, para negociar con hombres de Estado y monarcas que también eran sus clientes. Aislados en sus lujosos palacios, apartados de sus súbditos y del mundo exterior por protocolos y estratificaciones sociales cuidadosamente orquestados, esos gobernantes podían llegar a ser totalmente ajenos a la realidad política, que en ocasiones despreciaban. Era frecuente que decisiones de enorme calado se tomaran por razones ideológicas, por mor del orgullo nacional o personal, o simplemente por capricho. Por el contrario, Rubens defendió siempre la moderación, era un pragmático o politique, como se decía entonces.

Los conflictos sectarios y el dogmatismo político, que siguen asolando a la comunidad de naciones, conforman una realidad que otorga una especial relevancia a la historia de un hombre pragmático y moderado que tanto tiempo de su vida dedicó a enfrentarse a fuerzas férreamente asentadas en los salones del poder internacional. Con todo, a pesar de su relevancia, las labores diplomáticas de Rubens y su filosofía a ese respecto son prácticamente desconocidas salvo para los expertos, algo lamentable pero no sorprendente. Poco cabe esperar que el público actual recuerde su carrera política cuando hasta sus logros pictóricos son ahora mayormente desconocidos. Entre los grandes maestros de la historia del arte, Rubens es una especie de figura olvidada que, respetada pero malinterpretada, está a la vista de todos pero parece oculta. Múltiples son las razones de tal situación. No hay una obra que defina por sí sola su carrera, ninguna imagen tan simbólica como Mona Lisa o Las señoritas de Aviñón. Rubens no encaja con la imagen de artista de alma torturada que tanto nos gusta. Los personajes alegóricos, mitológicos y bíblicos que habitan sus lienzos son ajenos al público actual; además, el tamaño y la complejidad de sus obras las alejan de una explicación fácil. La insulsa capacidad política de sus clientes ha empañado al artista. Para muchos, no es más que el hombre que pintaba lascivos desnudos de mujeres gordas.

Por lo menos en parte, nuestra incapacidad para captar totalmente los logros de Rubens nace de una carencia narrativa. En los siglos posteriores a su muerte, su historia y la de sus obras han sido privadas del ímpetu que tenían. Lo que durante el siglo XVII se consideraba conocimiento y experiencia, puede resultarle totalmente ajeno al público actual. Al historiador le corresponde salvar esa sima, y la recompensa a ese desafío bien merece un esfuerzo. Rubens, dotado de un don alquímico, de una asombrosa capacidad para insuflar una vida llena de color a la materia inanimada, nos ha legado algunas de las indagaciones sobre la condición humana más deslumbrantemente hermosas y emocionalmente turbadoras. Las lecciones fundamentales de esas obras resultan hoy tan novedosas como hace cuatrocientos años, y podremos volver a captar su grandiosa complejidad si concedemos a la historia de Rubens la cuidadosa y atenta atención que tanto merece.

Con autorización de Tusquets Editores, ofrecemos a nuestros lectores un adelanto de Rubens: el maestro de las sombras, novedad bibliográfica que presenta rasgos poco difundidos de la personalidad del gran artífice de los volúmenes, sensuales desnudos, eruditas alegorías históricas y la perfección de sus retratos. Su inteligencia y discreción, cuenta el autor de esta biografía, Mark Lamster, junto al hecho de que hablara seis idiomas, propiciaron que desde joven llevara una doble y clandestina existencia como diplomático y, a menudo, espía, obligado a intrigar en las cortes de España, Inglaterra y Francia. Así, movió los hilos entre las sombras para que las potencias europeas forjaran alianzas duraderas y construyeran una auténtica confederación de naciones.

Palabras Clave: 
Perspectiva Ciudadana