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santiago eraso
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Jueves, 28 de Mayo de 2009
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Esta semana se ha celebrado el Día Internacional de los Museos bajo el lema: Museos y Turismo. En su génesis moderna la noción de cultura sugiere civilización, como grado superior de la sociedad humana; y excelencia, como desarrollo individual. Esa modernidad constitutiva del progreso moderno -con todas sus contradicciones- se remonta a la Ilustración y se construye en paralelo al crecimiento de sus instituciones sociales. En 1787, el filósofo francés Condorcet, cuya mayor contribución legislativa fue el programa para diseñar el sistema educativo de su país, escribió optimista que: «Cuanto más vaya extendiéndose la civilización por el planeta, tanto más frecuente será asistir a la desaparición de las guerras y las conquistas, de la esclavitud y la pobreza».

El museo y la escuela constituyen dos de los pilares sobre los que se asientan el sistema educativo y el cultural. De hecho, durante mucho tiempo, el destino de ambas instituciones estuvo ligado a su poder pedagógico. El museo, más allá de su función patrimonial y difusora, fue una de las primeras instituciones de la esfera pública que se propuso contribuir a la producción de conocimiento y al fomento del aprendizaje para proporcionarnos criterios de juicio, discernimiento y distinción crítica.
La deriva económica de las últimas décadas, las transformaciones sociales operadas por la globalización, la expansión inusitada de las innovaciones tecnológicas y su repercusión en las telecomunicaciones y las industrias del ocio y el entretenimiento, han alterado sustancialmente el papel de los museos. La inercia de la nueva economía global ha impuesto dinámicas de mercantilización cultural y banalización estética y obligado a modificar los objetivos de los museos para adaptarlos a las necesidades de los nuevos mercados y públicos.
En cierto modo, esta transformación ha conseguido de manera gradual convertir el espacio museístico en una parte más del entramado de las industrias culturales en las que prima sobre todo una concepción turística de la mirada, consumidora, favoreciendo el itinerario o la visita guiada como formas de experiencia estética, frente a la discusión o la cultura dialógica, esgrimida por el filósofo alemán Jürgen Habermas, como herramienta de construcción política y poética. En este sentido, el dato de permanencia media de un visitante ante la célebre Gioconda de Leonardo da Vinci en el Museo Louvre de París es esclarecedor: no llega a un minuto. En otras salas cercanas hay otros cinco leonardos que apenas nadie mira. Lamentablemente, ésta es la realidad con la que se encuentran muchos de nuestros museos que, atrapados en la obligación estadística de la asistencia, descuidan sus objetivos fundacionales.
El museo, de acuerdo a su génesis y al valor social que le corresponde, hipotéticamente, debería ser un lugar de resistencia a esa especie de intensificación de las lógicas del mercado especulativo. Frente a esa dinámica de aceleración turística, es urgente volver a explorar nuevas posibilidades pedagógicas que reactiven y actualicen los paradigmas de la educación popular y del proyecto emancipatorio.

 

Palabras Clave: 
Perspectiva Ciudadana