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Pavel Isa Contreras
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Jueves, 26 de Julio de 2012
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Si no hay una efectiva política de promoción de la modernización agropecuaria, con especial atención a la pequeña producción, la del pollo es una experiencia que se repetirá en éste y otros productos en años por venir. Y sus efectos sobre la población más pobre seguirán siendo severos.

El problema de fondo no es la comercialización y la especulación, aunque eso no significa que allí, como en muchos otros rubros, no haya problemas, sino la vulnerabilidad de la oferta alimentaria local ante los aumentos de los precios internacionales de los alimentos y otros productos que sirven de insumo a la producción agropecuaria.

Esa vulnerabilidad se expresa en que cuando los precios de los alimentos que importamos y de los insumos de la producción de alimentos suben, éstos se trasmiten a los precios de manera directa o a través de los costos de producción sin que tengamos márgenes de maniobra suficientes para responder a la situación. Por ejemplo, cuando los precios de la soya o del maíz suben, la producción nacional sustitutiva (como el sorgo y del propio maíz) no tiene la capacidad de aprovechar la oportunidad y responder a ese incentivo, aumentando la producción local. Si fuese así, la producción nacional contribuiría a reducir los aumentos de precios de los insumos y de los alimentos mismos.

Pero décadas de una débil política de promoción de la producción, de abandono de los servicios de extensión y de apoyo al aprendizaje tecnológico de la pequeña producción agropecuaria en el país, junto a sempiternas limitaciones en el acceso al crédito, a un frágil régimen de acceso y uso de la tierra, y severas restricciones en la infraestructura productiva y de agua, bloquean esa posibilidad. 

La experiencia de 2008 no deja espacio para la duda. En ese año, la llamada crisis alimentaria, que se tradujo en un fuerte aumento de los precios internacionales de los alimentos, implicó un incremento de la inflación para el 40% de la población más pobre que fue 3.5 veces más fuerte que la que afectó al 20% de la población más rica. Paradójicamente, los productores pobres del campo, que deberían beneficiarse de aumentos de precios de los alimentos, porque los producen, podrían estar entre los que más los sufren.

Por lo anterior, fortalecer la capacidad de respuesta y adaptación de la producción nacional en tiempos de volatilidad y altos precios internacionales es de altísima prioridad para proteger a la población pobre. En ese sentido, la flexibilidad es crucial, de tal forma que ante altos precios la pequeña producción pueda aprovechar la situación para incrementar la producción, y ante bajos precios, pueda moverse a rubros más atractivos.

Exultante, la administración Fernández ha sido reiterativa respecto a la idea de que cerca del 80% de la producción de alimentos en el país es de origen nacional. Sin embargo, si considerásemos los alimentos importados que sirven para producir alimentos locales, esa proporción se reduce dramáticamente. El pollo es sólo un ejemplo, pero pasa algo similar con la producción ganadera y porcina, aunque con menor intensidad. También, la agricultura es muy dependiente de insumos importados, incluyendo agroquímicos, semillas y combustibles.

Frente a esto, la respuesta óptima no es necesariamente restringir las importaciones, aunque una política comercial más inteligente y sensible que la actual, que apoye la transformación productiva, sería imprescindible. Más bien debe tratarse de una política integral cuyo objetivo sea lograr saltos tecnológicos en la producción, pero no limitados a la producción mediana y grande donde es más fácil lograrlo, sino especialmente en la pequeña producción que es la que explica el grueso de la oferta alimentaria nacional. Esto requiere de intervenciones integrales que consideren todos los aspectos clave para la producción: acceso a la tierra y al crédito, agua, servicios de apoyo tecnológico, infraestructura y comercialización. 

La crisis del pollo es una expresión de nuestro estado de indefensión frente a shocks externos, y de la falta de liderazgo y compromiso social y productivo.

Se espera que los embates alimentarios externos se intensifiquen en los próximos años. Está en nuestras manos construir las capacidades para defendernos, y para tornar las amenazas en oportunidades.

Twitter: @IsaPavel

Perspectiva Ciudadana