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Paul Krugman
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Lunes, 11 de Junio de 2018
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Así que ha empezado la guerra comercial. Y menuda guerra comercial más estúpida.

La justificación oficial –y legal– para los aranceles al acero y el aluminio es la seguridad nacional. Salta a la vista que estamos ante una lógica fraudulenta, ya que las principales víctimas directas son países aliados y democráticos.

Pero no creo que Trump y compañía tengan problema en mentir en relación con la política económica, puesto que es lo que hacen con todo.

Si el resultado de sus medidas es un aumento del empleo del que Trump pueda ufanarse, pensarán que ha sido juego limpio. ¿Pero lo será?

Vale, este es el punto en el que el hecho de estar afiliado al gremio de economistas me pone en un aprieto.

La respuesta correcta a cuáles son los efectos de creación o destrucción de empleo de la política comercial —sea cual sea, e independientemente de lo bien o lo mal concebida que esté— es, lisa y llanamente, ninguno.

¿Por qué? La Reserva Federal está aumentando gradualmente los tipos de interés porque cree que se ha alcanzado más o menos el pleno empleo.

Incluso si los aranceles fuesen expansionistas, eso no haría más que llevar a la Reserva a aumentar los tipos más deprisa, lo que a su vez eliminaría puestos de trabajo en otros sectores: la subida de los tipos perjudicaría a la construcción, el dólar se fortalecería y esto haría las manufacturas estadounidenses menos competitivas, etcétera.

De modo que toda mi formación profesional me lleva a descartar la cuestión de los puestos de trabajo por considerarla poco realista.

Pero me parece que en este caso la macroeconomía, aunque yo creo que tiene razón, dificulta un debate útil.

Queremos saber si la guerra comercial de Trump va a ser directamente expansionista o contraccionista, es decir, si, manteniendo la política monetaria constante (aunque sabemos que la política monetaria no será constante), se aumentarán o se reducirán los puestos de trabajo. Y la respuesta, casi con seguridad, es que esta guerra comercial no creará empleo, sino que lo destruirá, por dos razones.

En primer lugar, Trump está aplicando aranceles a mercancías intermedias, es decir, mercancías utilizadas como materiales para producir otras cosas, algunas de las cuales tienen a su vez que competir en los mercados mundiales.

Claramente, la fabricación de coches y otros productos de consumo duraderos se encarecerá, lo que significa que venderemos menos; y cualquier aumento de empleo que se logre en los metales primarios se verá contrarrestada por la pérdida en otros sectores a lo largo de la cadena.

Jugando con las cifras, parece muy probable que hasta este efecto directo sea netamente negativo para el empleo.

En segundo lugar, otros países tomarán represalias contra las exportaciones estadounidenses, lo que costará puestos de trabajos en todos los sectores, desde las motocicletas hasta las salchichas.

En algunos aspectos, esta situación me recuerda a los aranceles sobre el acero establecidos por George W. Bush, que estuvieron motivados en parte por el orgullo desmedido: Bush y su Gobierno creían que Estados Unidos era la superpotencia imbatible del mundo, lo cual era cierto desde el punto de vista militar, pero no reconocieron que no era ni mucho menos igual de dominante en la economía y el comercio, y que tenía mucho que perder en un conflicto comercial. La Unión Europea les puso rápidamente las cosas claras, y recularon.

En el caso de Trump, pienso que se trata de un delirio diferente: él imagina que porque mantenemos déficits comerciales e importamos más de otros países de lo que ellos nos compran a nosotros, tenemos poco que perder, y que el resto del mundo se someterá pronto a su voluntad. Pero se equivoca al menos por cuatro razones.

Primero, porque, aunque exportamos menos de lo que importamos, seguimos exportando mucho; una represalia comercial ojo por ojo perjudicará enormemente a los trabajadores estadounidenses (y en especial a los agricultores), bastantes de los cuales votaron a Trump y ahora se sentirán traicionados.

Segundo, el comercio moderno es complicado; no es solo que los países se vendan unos a otros mercancías elaboradas, sino que es una cuestión de complejas cadenas de valor, que la guerra comercial de Trump interrumpirá.

Esto convertirá en perdedores a muchos estadounidenses, incluso aunque no estén directamente empleados en producir mercancías para la exportación.

Tercero, si la espiral aumenta, una guerra comercial hará subir los precios al consumo. En un momento en el que Trump intenta desesperadamente convencer a las familias de a pie de que han salido ganando con esta rebaja de impuestos, no haría falta mucho para que se fueran a pique las diminutas mejoras que hubieran recibido.

Por último –y me parece que esto es verdaderamente importante– estamos hablando de países reales, principalmente democracias.

Los países reales hacen política real; tienen orgullo, y a sus electorados no les gusta nada Trump. Esto significa que aunque sus dirigentes pudiesen querer hacer concesiones, los votantes probablemente no se lo permitirían.

Pensemos en el caso de Canadá, un vecino pequeño, de buenos modales, que podría salir muy perjudicado de una guerra comercial con su vecino gigante. Se podría pensar que esto intimidaría mucho más a los canadienses que a la UE, que es una superpotencia económica en igual medida que nosotros.

Pero aunque el Gobierno de Justin Trudeau se sintiera inclinado a ceder (hasta el momento, altos cargos como Chrystia Freeland parecen más enfadados que nunca), se enfrentaría a una fuerte reacción de los votantes canadienses contra todo aquello que pareciese una rendición ante el maligno matón de al lado.

De modo que meternos en este conflicto económico sería una verdadera idiotez. Y es probable que la situación en esta guerra comercial no evolucione necesariamente a favor de Trump.

Perspectiva Ciudadana