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Erasmo Magoulas
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Lunes, 21 de Septiembre de 2015
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Vietnam fue el bumerán informativo que cayó en la cabeza de los Estados Unidos gracias a un grupo de valientes periodistas, entre los que se encontraban John Pilger y Ryszard Kapuscinski, entre muchos otros, que dieron vuelta la opinión pública de ese país, contra la manufacturada por el Departamento de Estado y el Pentágono.

El imperio se vio en la necesidad de cambiar de estrategia en cuanto a los periodistas en medio de un conflicto bélico. Comenzaron a funcionar lo que se llama “corresponsales empotrados”. Los mismos se suben al carro del conquistador para contar la historia de cómo “se liberan y pacifican países”.

Triste, decepcionante y vergonzosa misión que muchos de estos periodistas la realizan con “orgullosa profesionalidad”, narrando segundo a segundo las minucias obscenas de un combate, como si la interpretación de los hechos y las causas terminaran con el relato gráfico de un juego de guerra en la “Play Station”, donde cuatro “marines” se parapetan detrás de un muro semiderruido antes de lanzarse a invadir una casa supuestamente repleta de seguidores de Saddam Hussein o Muammar Gadafi.

Qué implica estar empotrado en el carro de los conquistadores sino también estar empotrado en la ideología de la conquista, en su visión del mundo, en su definición de terrorismo, de legalidad y de justicia.

Están empotrados en el poder; desde ahí y con su protección relatan una “realidad” a la que deben perpetuar, afianzando estereotipos en pos de la producción de subjetividades acríticas.

La Edad de la Imagen del Mundo o la Sociedad del Espectáculo donde todo se muestra, se exhibe, se devela, se ilumina con reflectores o con la ayuda gratuita del sol encegecedor del desierto para que la verdad sea ocultada, porque la verdad vive acorralada y perseguida y se tiene que escabullir entre las sombras.

El deber del verdadero periodista es encontrarla en el ámbito de lo incierto, de lo desconocido, en el extrarradio del poder, en las periferias de lo confortable, en los márgenes de un supuesto y establecido saber.

Pero la categoría de periodista empotrado no vale sólo y exclusivamente para los periodistas subidos a vehículos Humvees, dirigiéndose a una zona de combate convencional o semi, sino también a todos aquellos que asumen como propia la defensa del orden establecido por las lógicas del poder.

Este es el caso de la periodista húngara Petra Laszlo, que hace algunos días fue a filmar a los refugiados del Medio Oriente, en la frontera serbia-húngara.

Esos refugiados, resultado de las sucesivas cruzadas militares, económicas y financieras de las potencias occidentales en la vida del mundo musulmán y árabe por más de mil años, y de los pueblos africanos por más de quinientos, la perturbaron, la incomodaron, no le permitieron una buena toma para su canal de televisión filofascista.

El terror de los refugiados con sus hijos en brazos, escapando de las garras de la policía húngara, atemorizó a Petra. Tal vez la civilizada periodista húngara habría esperado, al menos, una disculpa de la niña siria que la atropelló, pero la disculpa no llegó y vino la patada.

Luego vino el respaldo al poder, al orden establecido, al respeto de la ley, la zancadilla a un hombre de mediana edad con un niño en brazos.

Artilugios de un orden civilizatorio para frenar la barbarie de lo extraño, tal vez se haya justificado Petra para tranquilizar su conciencia. El acto de Petra fue un acto de “la política” europea, un acto basado en las lógicas de un poder excluyente, homogéneo, que no tolera lo diferente, ni persigue lo común, aunque esté sustantivada como comunidad.

Perspectiva Ciudadana