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Santiago Alba Rico
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Lunes, 28 de Marzo de 2016
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¿Ocurren siempre las mismas cosas y las vivimos de la misma manera? Escojamos un caso al azar. Pensemos, por ejemplo, en la matanza de Verden, ordenada por Carlomagno en el año 782, en la que fueron decapitados 4.500 sajones por practicar el paganismo.

Podemos imaginar a uno de los supervivientes -o quizás a algún sacerdote o trovador sensible- dejándose llevar por la melancolía, sobre una colina, a la vista de las aguas enrojecidas del río Aller: “¡cómo pueden ocurrir estas cosas en pleno siglo IX!”. ¿Podemos? Me temo que no.

Todos estamos acostumbrados a pensar con razón que este tipo de excesos eran frecuentes en la Edad Media; y que tanto los verdugos como las víctimas, así como los poco imparciales espectadores, las aceptaban como las propias y naturales de su tiempo y, por lo tanto, de todos los tiempos. O mejor dicho: no relacionaban el “siglo IX” con ningún contenido particular que debiera ajustarse a un nivel concreto de “civilización”.

Los hombres atrapados en el siglo IX podían lamentar o condenar como injusta e inmoral una masacre, pero ninguna injusticia les parecía incoherente u ofensiva en relación con el “siglo”. El “siglo” era una medida de tiempo, no de progreso de la humanidad general.

A partir de la revolución francesa de 1789 se impuso en Occidente, en las distintas variantes de la modernidad, la idea de que el tiempo medía el paso incesante, irreversible, de la sombra a la luz.

En “pleno siglo XIX”, por ejemplo, no podía ocurrir que se esclavizaran seres humanos y se los arrojara al mar o que burgueses que habían leído a Voltaire y a Milton se “asalvajasen” en las colonias y violaran mujeres, decapitaran niños y hasta devoraran carne humana.

En “pleno siglo XX” no podía ocurrir -aún menos- que murieran millones de europeos en las trincheras o que se gaseara a millones de judíos, también europeos, en campos de concentración. Tampoco ahora, “en pleno siglo XXI”, puede ocurrir -imposible- que se arrojen bombas, como confetis, sobre panaderías y hospitales ni que se abandone a miles de refugiados en el fango o se les condene a morir en el mar.

Ahora bien, estas cosas han ocurrido y de hecho siguen ocurriendo y parece que invocar el “siglo” como medida de progreso es sobre toda una ilusión y una hipocresía. El tiempo no mide ningún progreso de la sombra a la luz. Eso es cierto.

Las sombras dominan nuestro siglo -prolongación del anterior, el más sombrío de la historia- con una fuerza irresistible. Es verdad, pero también tiene razón el filósofo Carlos Fernández Liria cuando insiste en que existe el progreso y se llama Derecho.

El tiempo pasa y en el tiempo pasan cosas terribles. Pero en el tiempo ha pasado también el Derecho, un reloj que sí mide la diferencia entre la sombra y la luz, aunque no pueda hacer otra cosa que eso: medirla y no establecerla de hecho.

Quiero decir que escandalizarse porque hay matanzas, bombardeos y naufragios criminales “en pleno siglo XXI” no es ni ingenuidad ni hipocresía: es sencillamente la conciencia de que, una vez concebido y formulado, las matanzas, los bombardeos y los naufragios no pueden ocurrir conforme a Derecho.

Y cuanto más tiempo pasa y más se aleja el tiempo del eje del Derecho -nacido también como acontecimiento en el tiempo- más debe escandalizarnos la contradicción entre nuestros crímenes y nuestro “siglo”. Los crímenes ocurren en el tiempo, como siempre. El “siglo”, en cambio, se mide en derechos.

Es por eso precisamente -como bien dice Fernández Liria- que podemos hablar de “retroceso”. La matanza de Verden en 782 no indicaba ninguna dirección; el abandono hoy de los refugiados por parte de los europeos -en pleno siglo XXI, 200 años después de la Revolución Francesa, 70 años después de la Declaración de DDHH- indica un retroceso, un retroceso terrible, en la dirección abierta en la historia por el Derecho y obstaculizada y cerrada, también en la historia, por el capitalismo.

Nuestros políticos y gobernantes de la UE saben que están actuando contra el reloj -saben que están rompiendo el reloj con un martillo. Cuando se actúa contra el Derecho después del Derecho, las matanzas de Verden siguen siendo posibles, como hemos comprobado trágicamente muchas veces desde 1914, pero procuran esconderse bajo la alfombra: lejos de casa o en cárceles secretas o con la mano enguantada.

A veces la historia -es decir, los intereses de las clases dominantes- no permiten, sin embargo, la hipocresía como rutina de gobierno y, en contextos de crisis, imponen grandes crímenes a la luz del día y en formato legal.

Este “a la luz del día” es un buen truco en caso de necesidad suprema, allí donde el “sentido común” sigue midiendo el “siglo” desde el derecho y no desde el tiempo. Quiero decir que, después del Derecho, la forma más aceptable de cometer un gran crimen desde el poder es no ocultarlo y hasta legalizarlo, de manera que el propio aparato de la transgresión se imponga como una legitimidad de facto.

Eso lo hicieron muy bien los nazis con la persecución y exterminio de los judíos: medidas tan radicalmente contrarias al Derecho, en un mundo formalmente de Derecho, iluminaban con toda naturalidad una necesidad mayor, vital, irrenunciable. Como he escrito otras veces, son los medios, y no al revés, los que justifican los fines; los medios de comunicación, por supuesto, pero sobre todo los grandes medios de destrucción, cuya propia aparatosidad visible impide cuestionar la necesidad del plan.

Si el ISIS deja a un lado toda hipocresía y comete pequeños degüellos publicitarios, todos temblamos. Si son nuestros gobiernos democráticos los que violan su propio Derecho y condenan a muerte a miles de personas – a las que vemos morir a través de un cristal, con su cara pegada a la nuestra- entonces no notamos nada: hasta tal punto debe estar justificada una monstruosidad tan notoria y consciente, cometida por gente tan buena, tan parecida a nosotros, “en pleno siglo XXI”, que es de suponer que esa medida es necesaria y que, al contrario que las víctimas europeas de Daesh, el sufrimiento de un refugiado (o de un palestino o de un sirio) es tan insignificante como el de una gallina o el de un pez. Los crímenes de ISIS son del siglo IX; los nuestros no son crímenes porque nosotros vivimos en el siglo XXI.

En el tiempo pueden pasar estas cosas, de acuerdo, pero no en 2016, donde “no puede pasar nada”, ni siquiera el tiempo.

Es fácil romper el reloj del Derecho “en pleno siglo XXI” sin que nadie se percate del golpe, y ello, paradójicamente, porque en el siglo XXI ha ocurrido ya el Derecho. Hace unos días un amigo con principios, indignado e impotente ante los acuerdos de la UE para devolver al mar o a las llamas a los supervivientes de nuestras guerras, me decía con amargura: “estamos de nuevo en los años 30”.

Es posible, pero lo que no debemos olvidar es que en los años 30 los europeos no vivían en los años 30. Vivían con un pie en la normalidad cotidiana y un pie en el mejor siglo de la historia.

No creían estar viviendo nada excepcional ni contrario al Derecho; nada que los asimilase a los asesinos de Verden o los devolviese al siglo IX, cuando el tiempo se medía sólo en cuchilladas y con clepsidras de sangre.

Si las cosas siguen su rumbo fatal y, al mismo tiempo, la humanidad sobrevive a la crisis actual y con más o menos democracia, no es de descartar que en el año 2207 (¡en pleno siglo XXIII!), ante nuevas violaciones descarnadas de los DDHH, nuevos desplazamientos masivos de poblaciones bombardeadas y una nueva aceptación rutinaria de la inferioridad de los desdichados y los vencidos, unos pocos hombres lúcidos y con memoria digan con preocupación: “estamos volviendo al año 2016”.

¿Qué ocurría en el año 2016? Lo mismo que en 1930. ¿Qué ocurría en 1930? Nada. Pasaba que nadie, o casi nadie, se daba cuenta de que Europa preparaba, con su hundimiento político y moral, el mayor matadero de la historia de la humanidad.

Eso lo comprendemos ahora, en 2016, cuando ya sabemos lo que pasó después, pero entonces Mussolini era un político ex-socialista que devolvió la esperanza a los italianos y Hitler un señor con bigote que decía verdades como puños y obtuvo un buen resultado en las elecciones de 1933.

En todo caso, de la inconsciencia de los europeos en los años 30 podemos extraer tres lecciones desiguales y contradictorias. Debemos escoger una. La primera: la general e irremediable inconsciencia de la humanidad, tanto antes como después del Derecho, en 782, en 1930 y en 2016, en todos los siglos por igual.

La segunda: la monotonía de la historia y la ilusión de creer que podemos distinguir unas épocas de otras o jerarquizarlas en términos de humanidad y de crueldad.

La tercera: que nuestra inconsciencia de 2016 y los crímenes que ella oculta revelan no la inconsciencia estructural o la monotonía criminal de la humanidad sino un nuevo hundimiento político y moral de Europa que está preparando quizás -con pequeñas matanzas sumergidas por debajo de la conciencia- una gran catástrofe global.

Hay Estados fallidos y proyectos fallidos. Europa es uno de ellos y no es una cuestión baladí: su protagonismo histórico de los últimos cinco siglos -ganado mediante una combinación fatal de grandes crímenes y grandes construcciones jurídicas- hace que su hundimiento tenga consecuencias globales en todos los terrenos. Hay una cosa que se llama ”principio de precaución”.

De las tres lecciones más arriba citadas, conviene escoger la tercera y temer lo peor: el Estado fallido de Europa y la explosión máxima de la contradicción entre nuestro tiempo y nuestro siglo. El siglo XXI porta en su seno un intolerable siglo IX que, si no lo frenamos enseguida, puede llegar a romper definitivamente todos los relojes.

La mal llamada “crisis de los refugiados” es un crimen de Europa contra la Humanidad y contra el Derecho y, por lo tanto, un clamoroso retroceso histórico; pero es además el crac estrepitoso en la línea de flotación de una civilización global al borde del naufragio. Escuchemos al menos el crujido.

Perspectiva Ciudadana