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John Feffer
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Jueves, 08 de Agosto de 2019
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En alguna ocasión, y en el mejor de los casos, se ha comparado a la Tierra con una nave espacial que surca los cielos con una tripulación que trabaja al unísono por el bien común. Gracias al cambio climático, esta metáfora ya no funciona.
  
Nuestro planeta se parece más ahora a un bote salvavidas que presenta una fuga importante. Las personas que van a bordo están comenzando a asustarse y el tiempo corre.

Sin embargo, es el entorno perfecto para poner a prueba el modo mejor de lidiar con situaciones de vida o muerte.

Para tal prueba, imaginen no uno sino dos botes salvavidas de supervivientes flotando en un mar infinito y vacío. Ambos contienen el mismo número de personas y una cantidad limitada de alimentos.

Según ciertas conjeturas de un miembro experto de la tripulación, los botes están al menos a cinco días de tierra, siempre que todos remen juntos y no se desvíen del rumbo.

En el primer bote, los supervivientes debaten el problema: ¿Deberían permanecer en el lugar y conservar su energía o partir en busca de tierra?

Se dividen en tres comités para abordar los diferentes aspectos del problema y presentar sus conclusiones, asegurándose de que todos hagan sus aportaciones.

Debaten durante horas, cada vez más debilitados hasta que ya no tienen energía para hacer nada y el problema se resuelve por sí solo.

En el segundo bote, una persona toma el control, creyendo que solo ella tiene la habilidad y el conocimiento para dirigir el bote salvavidas hacia tierra.

No todos están de acuerdo, pero se silencia a los disidentes. Los demás están conformes en que no hay tiempo para más discusiones.

El nuevo líder impone las reglas sobre quién rema y quién come. Cuando alguien cae gravemente enfermo, ordena que la persona incapacitada sea arrojada por la borda.

El segundo bote salvavidas se mueve a buen ritmo, pero ¿está yendo en la dirección adecuada?

En el bote salvavidas de la Tierra, el tiempo y los recursos son igualmente limitados.

Según la mayoría de los científicos climáticos, la oportunidad para evitar un cambio climático irrevocable es de aproximadamente una docena de años.

Sin embargo, la opinión está dividida sobre cómo abordar este problema con la urgencia que requiere.

La comunidad internacional ha intentado, de forma más o menos democrática, evitar el apocalipsis.

En 2015, los países del mundo se reunieron en París y negociaron un acuerdo climático no vinculante que fue una victoria para un compromiso, pero un fracaso a la hora de reducir la huella real del carbono en el planeta.

En varios países del mundo, las elecciones democráticas llevaron posteriormente al poder a negadores del cambio climático, como Donald Trump, comprometiendo aún más ese acuerdo.

De esta manera, el planeta corre el riesgo de seguir el primer escenario del bote salvavidas: ponernos a hablar hasta que desaparezcamos.

La segunda opción del bote salvavidas -piensen en ella como ecoautoritarismo- parece ajustarse mejor al carácter de los tiempos.

La emergencia climática actual coincide con una profunda desilusión con el orden mundial liberal.

El autoritarismo se ha vuelto significativamente más popular en estos días, incluso en sociedades democráticas como India, Brasil y Estados Unidos.

Multitud de votantes han abandonado por todo el planeta a los partidos dominantes, desilusionados por la forma en que han apoyado una versión de la globalización económica que ha enriquecido enormemente a quienes ya eran ricos, echado un pulso a la clase media y dejado tirados a los pobres.

Esos votantes están recurriendo cada vez más a los populistas de derechas que menosprecian a los “globalistas” y prometen una actuación rápida en una variedad de temas, desde la inmigración hasta el crimen.

Esos autoritarios no podrían, por supuesto, ser menos “ecológicos”. La mayoría de ellos niegan que el cambio climático sea incluso un problema y algunos, como Donald Trump, están colaborando con las compañías gigantes de la energía para calentar aún más rápidamente el planeta.

Se han apoderado de los botes salvavidas con el único objetivo de alejarlos aún más del posible rescate.

Demócratas inútiles o autoritarios insensatos: el salvavidas de la Tierra no tiene muchas posibilidades con tales opciones.

No es de extrañar que China haya aparecido como una última esperanza para quienes están frustrados por el letargo de la comunidad internacional y los delirios del eje de la negación.

¿Acaso ese país, después de todo, no ha redirigido enormes fuentes de financiación hacia la energía sostenible?¿No era la política coercitiva de un solo hijo de ese Estado una forma crítica de abordar la superpoblación y, por extensión, el consumo de recursos?

¿No está China avanzando con más firmeza en el vacío de liderazgo internacional creado por la retirada nacionalista de Trump?

Sin embargo, al igual que en el segundo escenario del bote salvavidas, es posible que China no esté yendo en la dirección correcta.

Así pues, aquí estamos: doce años, botes salvavidas con fugas y ningún refugio seguro a la vista.

La tragedia en curso del patrimonio común

A principios de la década de 1970, después del primer Día de la Tierra, el problema del bote salvavidas parecía estar en la mente de todos. Cuando llegó la crisis del petróleo en 1973, la energía, de repente, ya no parecía un recurso inagotable.

La superpoblación amenazaba con superar la producción de alimentos. La contaminación oscurecía los cielos sobre las principales ciudades y los deshechos industriales inundaban las aguas.

Los ambientalistas aprovecharon al máximo la ocasión para exponer la despiadada explotación de los recursos en el corazón de los sistemas capitalista y comunista.

Hace casi medio siglo, algunos pensadores visionarios sentían ya preocupación por el cambio climático.

En una investigación sobre la perspectiva humana en 1973, el politólogo Robert Heilbroner delineó los diversos desafíos ambientales que enfrentaba el mundo, incluida la “contaminación térmica global”, antes de concluir que solo una combinación de disciplina militar y fe religiosa podría transformar el orden social.

El científico político William Ophuls, que escribió en 1973, planteó el problema aún más claramente como “Leviatán o el olvido”. O la humanidad optaba por un “gobierno con grandes poderes coercitivos” para preservar el medio ambiente o bien podría darse por vencida.

Varios años más tarde, también aplicó su argumento a las relaciones internacionales, escribiendo: “La lógica ya sólida de un gobierno mundial con suficiente poder coercitivo sobre Estados-nación ansiosos por lograr lo que los hombres razonables considerarían como el interés común planetario se ha vuelto abrumadora”.

Por supuesto, no se ha logrado ese gobierno mundial. Las autoridades internacionales que existían en ese momento demostraron no tener ni el poder coercitivo ni la voluntad necesaria para la tarea.

Sin embargo, en 1979, científicos de 50 naciones se reunieron en Ginebra en la primera Conferencia Mundial sobre el Clima para emitir un llamamiento a la acción sobre el calentamiento global.

Más tarde, ese mismo año, los líderes de los siete países más ricos del planeta estuvieron realmente de acuerdo en la necesidad de reducir las emisiones de carbono (algo olvidado hace mucho tiempo en el siglo XXI).

Esas reuniones de 1979 iniciaron lo que Nathaniel Rich describe en su artículo (y ahora libro), Losing Earth, como la década de las oportunidades perdidas en la lucha contra el cambio climático.

En 1989, diplomáticos de 60 países finalmente se reunieron para aprobar un tratado vinculante sobre el tema.

“Entre los científicos y los líderes mundiales, el sentimiento fue unánime”, escribe Rich. “Debían tomarse medidas y Estados Unidos tendría que ponerse al frente. Pero no fue así”.

Hubo ahí una vívida exhibición temprana del primer escenario del bote salvavidas: mucha conversación, ninguna acción.

Esos primeros esfuerzos para lidiar con el cambio climático fueron todos una respuesta, en diferentes formas, a lo que el ecologista Garrett Hardin había llamado la “tragedia de los bienes comunes”.

En un famoso ensayo de 1968, describió un problema antiguo: los pastores dejaron pastar a su escaso ganado en una pradera común sin pensar mucho en el futuro; sin embargo, hay un momento en el que el ganado se multiplica o hay más campesinos que se sienten atraídos por el pasto ante el rumor de forraje gratuito y, tarde o temprano, se comen todo el pasto, la superficie vegetal desaparece y los campos quedan devastados.

Para evitar tal escenario, es obviamente necesario intervenir. Según los entusiastas del capitalismo de laissez-faire, la mano invisible del mercado debería resolver el problema vendiendo el campo al mejor postor.

Los partidarios del comunismo al estilo soviético sostuvieron que nacionalizar la propiedad la protegería en última instancia.

Al final resultó que ni el capitalismo ni el comunismo tuvieron una gran trayectoria en lo que respecta a la protección de esos bienes comunes. La mano invisible demostró no tener buena mano para las plantas, al igual que la mano demasiado visible de la planificación estatal.

Aún así, en la década de 1970, era común suponer que los dos sistemas convergerían tarde o temprano en algún punto socialdemócrata en el horizonte lejano.

En lo que respecta al medio ambiente, en otras palabras, dos errores podrían de alguna manera hacer un bien.

En su libro Ark II de 1974, Dennis Pirages y Paul Ehrlich propusieron agregar una “rama para la planificación” al gobierno estadounidense, que podría abordar problemas sistémicos como la crisis ambiental mediante el desarrollo no solo de planes quinquenales, como en la Unión Soviética, sino de planes para diez años o incluso también para cincuenta años.

En cambio, los estadounidenses, y el resto del mundo, corrieron gritando en la dirección opuesta. El debate en la década de 1970 sobre el posible uso del poder estatal para hacer frente a las urgentes preocupaciones ambientales dio paso, en las décadas de 1980 y 1990, a la obsesión del presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, y la primera ministra británica, Margaret Thatcher, por un capitalismo sin restricciones en el que la planificación estatal iba a ser “que no” (fuera del Pentágono).

Mientras tanto, el aumento de los rendimientos de la agricultura industrial, las modestas reformas ambientales de las principales potencias y los avances tecnológicos que hicieron posible la globalización parecieron disminuir la urgencia de la crisis ambiental (excepto entre los ambientalistas).

Las largas colas en las estaciones de servicio eran cosa del pasado y el aire sobre la mayoría de las ciudades se hizo más claro, mientras que la comunidad mundial esquivaba la bala de la reducción del ozono a través de una rara instancia de cooperación global.

La nave espacial Tierra parecía estar avanzando bastante bien, muchas gracias.

Pero hubo un detalle insignificante que incluso los ecooptimistas ya no pudieron ignorar.

Las temperaturas globales continuaron aumentando de manera espectacular, un problema impermeable a los modestas políticas de ajustes, soluciones de libre mercado, o incluso, al parecer, acuerdos globales. Hablar sobre el cambio climático no hacía que el cambio climático desapareciera.

Y así fue cómo regresó Leviatán.

“Incluso las democracias más avanzadas están de acuerdo en que cuando se acerca una guerra importante, la democracia debe quedar en suspenso por el momento”, dijo el científico James Lovelock en 2010.

“Tengo la sensación de que el cambio climático puede ser un problema tan grave como una guerra”. Una gran cantidad de libros en los últimos años han abordado la cuestión de si la democracia puede manejar el cambio climático.

En Climate Leviathan, los teóricos políticos Geoff Mann y Joel Wainwright sospecharon que William Ophuls era profético, que un poderoso hegemón “tomaría el mando, declararía una emergencia y traería orden a la Tierra, todo en nombre de salvar vidas”.

En The Climate Change Challenge and the Failure of Democracy , David Shearman y Joseph Wayne Smith identificaron la posible solución al estilo   Singapur: el gobierno de una clase ilustrada de mandarines tecnocráticos.

Sin embargo, no todos fueron tan rápidos en renunciar a la democracia. Los libertarios, liberales y radicales rechazaron la opción ecoautoritaria. Los libertarios estaban preocupados por las limitaciones de los derechos individuales.

Los liberales señalaron que solo las democracias pueden responsabilizar a sus líderes por la dirección que toman, mientras que el “autoritarismo real existente” generalmente no puede hacerlo.

Los radicales como la ecologista Naomi Klein instaron igualmente a más democracia a medida que los activistas climáticos, a través de bloqueos de tuberías y protestas contra el fracking, desafiaban el nexo de las corporaciones transnacionales y los gobiernos corruptos.

Sin embargo, como en la década de 1970, la comunidad internacional ha seguido demostrando ser demasiado débil para hacer cumplir cualquier cosa, mientras que los efectos del cambio climático en forma de clima extremoolas de calor impresionantes, crecientes inundaciones y la expansión de las temporadas de incendios forestales se hacen cada vez más evidentes.

Mientras tanto, Estados Unidos, particularmente bajo Donald Trump, no está interesado en liderar el camino para reducir las emisiones de carbono. Por lo tanto, actualmente solo hay un candidato viable para un Leviatán climático

China y el cambio climático  

Dos semanas después de la represión de la Plaza de Tiananmen el 4 de junio de 1989, 30 líderes del Partido Comunista Chino se reunieron para respaldar la respuesta violenta del gobierno a los manifestantes.

Anteriormente, había habido desacuerdos profundos en el Partido sobre cómo lidiar con el movimiento de protesta y con el proceso de reforma en general.

Después de la tragedia del 4 de junio, surgió un nuevo consenso entre los poderosos de ese país: China necesitaba un líder fuerte, un “gran timonel”, en la tradición de Mao Zedong, que pudiera eliminar el faccionalismo.

Prescribir una solución a los problemas de liderazgo de China era una cosa, completar esa receta otra cosa muy diferente.

Los líderes post-Tiananmen del país, Jiang Zemin y Hu Jintao, no tenían exactamente material de timonel. En pocos años, China iba a la deriva sin una gran estrategia o una firme coordinación desde arriba.

Luego, en 2012, llegó Xi Jinping. En los años que siguieron, desde el punto de vista interno, promovería un “sueño chino” de prosperidad económica y restauración de la dignidad nacional, una especie de programa Make China Great Again.

En política exterior, presentaría una Belt and Road Initiative para construir infraestructuras por tierra y mar que hicieran crecer las economías de los vecinos de China, al tiempo que hacía que Beijing fuera cada vez más central en mercados aún más lejanos.

Se estaba gestando un Leviatán: un Estado fuerte y centralizado que ya no se ve obstaculizado por las disputas entre partidos, que ya no está limitado por intereses públicos o movimientos en las calles que reclaman sus derechos.

Como presidente del país, Xi no mostró dudas sobre tomar el control del timón del Estado. Después de consolidar su poder mediante purgas contra la corrupción, se declaró a sí mismo líder de por vida en 2018.

Mientras tanto, ha seguido redirigiendo grandes sumas hacia energías renovables. Para 2017, el gobierno planeaba dedicarle 360,000 millones de dólares hasta 2020, creando trece millones de nuevos empleos en ese sector.

En estos años, China ha instalado más paneles solares generadores de energía eólica que cualquier otro país en la Tierra, el triple, aproximadamente, que el segundo, EE.UU.

Es líder en la producción y exportación de la mayoría de los componentes clave de un futuro de energía limpia, desde turbinas eólicas hasta vehículos eléctricos.

Aún más revelador es cuántas patentes de energía renovable ha registrado China: 150,000. El número dos nuevamente es Estados Unidos, con alrededor de 100,000.

Así pues, China ha surgido como un Leviatán aparentemente capaz, combinando la planificación estatal con un abrazo ferviente de las fuerzas del mercado para cumplir los sueños de los teóricos de la convergencia de la década de 1970, al tiempo que crea un fuerte conjunto de incentivos nacionales a favor de las energías renovables.

Sin embargo, desafortunadamente, la solución china se parece a cualquier cosa menos a un camino ecoautoritario de éxito, en parte porque Beijing está utilizando su Iniciativa Belt and Road para mantener un statu quo ambiental insostenible en una escala cada vez más planetaria.

Poco importa que Xi Jinping haya calificado el proyecto masivo de verde y sostenible. Los registros sugieren hasta ahora otra historia bastante diferente.

Por ejemplo, China ahora está construyendo o planea construir 300 plantas alimentadas con carbón en el extranjero como parte de su impulso de infraestructura global, aunque reduzca modestamente los contratos estatales para plantas similares en el país.

Y sucede que Beijing también tiene que lidiar con su equivalente en la industria del carbón de Virginia Occidental, y lo está compensando con grandes cantidades de contratos internacionales.

Pero las plantas de carbón son solo la parte más obvia del problema. Todas las carreteras que China está construyendo estarán llenas de automovilistas y camioneros.

Todos sus puertos nuevos y renovados albergarán enormes barcos que consumen mucho gas. Algunos de sus proyectos amenazan los bosques que absorben carbono y otros ecosistemas delicados.

Y luego está el deseo no tan oculto de China de utilizar toda esta infraestructura futura para obtener acceso a las materias primas. Solo en África, China está invirtiendo   más de 100,000 millones de dólares al año para obtener minerales cruciales.

“El esfuerzo para asegurar estos recursos ha generado su propio auge de infraestructuras, algo que por lo general implica la construcción de carreteras a gran escala, ferrocarriles y otras obras de infraestructura para transportar productos destinados a la exportación desde las zonas interiores a los puertos costeros”, escribe el periodista Basten Gokkon.

Por supuesto, no es demasiado tarde para ecologizar ese proyecto Belt and Road. Equipos como la Iniciativa Global de Crecimiento Verde están trabajando para reducir la huella de carbono de China en el extranjero.

Hace un par de años, China emitió incluso su propio Bono Verde para el Clima por valor de 2,150 millones de dólares para financiar energías renovables y eficiencia energética.

Pero aquí está la ironía. Cuando se trata de la Iniciativa Belt and Road, China en realidad no es lo suficientemente Leviatán.

Aunque la autoridad centralizada del Partido está en manos de Xi Jinping, esos proyectos de infraestructura provienen de toda una variedad de fuentes en China, incluidas diferentes agencias gubernamentales, provincias que compiten entre sí y el sector empresarial.

Al Estado chino ya le resulta difícil, incluso con un nuevo y más poderoso Ministerio de Ecología y Medio Ambiente y un equipo de policías medioambientales, imponer normas estrictas dentro del país, mostrando poco interés o capacidad a la hora de imponerlas fuera de sus fronteras.

 

Coerción mutua

En realidad, China no está presentándose a una selección para la tarea de Leviatán Climático Ecoautoritario, al menos no todavía, mientras que el resto de los autoritarios que han salido a la luz, como Donald Trump o el Príncipe Heredero de Arabia Saudí, Mohammed bin Salman, parecen estar ferozmente centrados en impulsar las emisiones de carbono, no en limitarlas.

Mientras tanto, no parece que las pacientes negociaciones en las conferencias de la ONU puedan proponer las soluciones necesarias, mucho menos implementarlas, antes de que se cierre la ventana de las oportunidades.

No es de extrañar que Nathaniel Rich y otros lamenten que la humanidad deba contemplar ahora no solo la disminución y adaptación frente a la crisis del calentamiento global sino el fracaso absoluto.

Sin embargo, por el horizonte está apareciendo en potencia un tipo de Leviatán climático bastante diferente: el Green New Deal, o GND.

Por ahora sigue siendo más un eslogan que un plan elaborado, pero va ganando espacio dentro de un Partido Demócrata que compite por el poder en 2020 y el interés por él está creciendo también internacionalmente. Puede que se trate solo de un par de elecciones, en unos pocos países clave, lejos de la viabilidad política.

Para lograr el objetivo global del GND de emisiones netas cero de carbono para 2050, Estados Unidos tendría que liderar el camino con su propia versión ecológica de una iniciativa Belt and Road, un proyecto de desarrollo masivo de infraestructura que involucraría el ferrocarril de alta velocidad, la modernización energética de los edificios y enormes inversiones en energía renovable (así como la creación de un número asombroso de empleos).

Y tendría que hacer todo esto sin compensar a las industrias contaminantes con contratos de exportación, como ha hecho China.

Piensen en ello como un potencial futuro lanzamiento verde estilo Apolo 11: una movilización enfocada hacia la inversión, la construcción y la resolución administrativa para lograr lo que hasta ahora se consideraba imposible.

Ese último elemento, la resolución administrativa, podría ser el más complicado. La tripulación actual mundial de populistas de derechas no solo son escépticos respecto del cambio climático.

La mayoría también está comprometida con lo que Steve Bannon, el antiguo gurú de Trump, ha llamado la “deconstrucción del Estado administrativo”.

En otras palabras, quieren reducir el poder del gobierno a favor del poder de las corporaciones (y de los ricos).

Quieren eliminar la capacidad del gobierno para administrar proyectos a gran escala a nivel nacional y negociar acuerdos internacionales que afecten a la soberanía del Estado-nación.

En última instancia, quieren eliminar lo que Garrett Hardin identificó como la única forma de evitar la tragedia de los bienes comunes: “coerción mutua mutuamente acordada”.

Para impulsar un New Deal Verde en Estados Unidos, por ejemplo, un Congreso claramente no republicano tendría que obligar a una amplia gama de intereses poderosos (compañías de carbón, corporaciones de petróleo y gas, fabricantes de automóviles, el Pentágono, etc.) a pasar por el aro.

Y para cualquier pacto global que ponga en marcha algo similar, una autoridad internacional como la ONU tendría que obligar a los países recalcitrantes o no conformes a hacer lo mismo.

Algo tan transformador como el New Deal Verde, un Leviatán Climático logrado democráticamente, no se va a producir porque el Partido Demócrata o Xi Jinping o el secretario general de la ONU se den cuenta de repente que es necesario un cambio radical, ni tampoco a través del procedimiento parlamentario y del Congreso ordinario.

Un cambio importante de este tipo solo podría provenir de una forma de democracia mucho más básica: la gente en las calles involucrada en acciones como huelgas de estudiantes y bloqueos de las minas de carbón.

Este es el tipo de presión que los legisladores progresistas podrían utilizar para impulsar un Nuevo Acuerdo Verde, mutuamente acordado, capaz de construir una poderosa fuerza administrativa que pudiera convencer o obligar a todos a preservar los bienes comunes globales.

Coerción: no es exactamente un eslogan de campaña muy sexy. Pero si las democracias no adoptan lanzamientos como el New Deal Verde, junto con el aparato administrativo, y obligan a los intereses poderosos a que lo cumplan, entonces el creciente caos político y económico del cambio climático marcará el comienzo de regímenes aún más autoritarios que ofrecen un régimen completamente diferente de agenda coercitiva.

El New Deal Verde no es solo una importante iniciativa política. Puede ser el último método democrático de guiar el bote salvavidas de la Tierra a puerto seguro. 

 

John Feffer, colaborador habitual de TomDispatch, es autor de la novela distópica Splinterlands (publicada por Dispatch Books) y director de Foreign Policy in Focus en el Institute for Policy Studies. Su última novela es Frostlands (Haymarket Books), segundo volumen de su serie Splinterlands.

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