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Manolo Pichardo
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Viernes, 04 de Mayo de 2012
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Cuando Miguel Vargas asumió el liderazgo del Partido Revolucionario Dominicano, PRD, diseñó un plan que procuraba organizar las estructuras de la entidad política para convertirla en una organización moderna y con mayores niveles de disciplina, la que iría de la mano de una renovada dirección que estuviese a tono con la realidad que imponen los nuevos tiempos y que, de no asumirse, arrastraría hacia la muerte lenta a ésta o cualquier otra estructura partidaria.
Sus esfuerzos renovadores eran evidentes, pero como en todo proceso dialéctico, lo viejo se negaba a morir. Así pues, en una fatal coincidencia, renovación partidaria y elección para la escogencia de candidaturas para puestos públicos electivos, salieron a relucir contradicciones que comenzaron a envolver, en una complicada maraña, el tema de la redefinición partidaria con lo de las primarias, lo que devino en una cascada de implosiones que terminó con el proceso iniciado por el presidente de la organización y puso de protagonista para las elecciones que se avecinan al equipo trasnochado, que no solo se constituyó en dique para frenar las reformas sino que encarna la marcha involutiva de la entidad.
Los errores que cometió Miguel al conducir el complejo proceso de modernización, renovación partidaria y primarias para la elección de candidaturas a senadores, diputados, alcaldes y regidores desencadenaron los episodios responsables de que hoy Hipólito Mejía sea el candidato a la presidencia de la organización para suerte del Partido de la Liberación Dominicana, PLD, que ha sabido aprovechar debilidades propias de un liderazgo construido sobre la base del marketing y no de la formación integral que debe tener un aspirante a la presidencia de un país. 
El asunto es que lo viejo se impuso en el partido y se pretende imponer a nivel del país; solo que en el nuevo escenario los errores están del lado de quien impuso en el PRD la estrategia del retroceso, porque del otro está Danilo avanzando sin tropiezos por el camino que representa el orden y la estabilidad.
No ha valido el esfuerzo del equipo de Mejía de montar una campaña electoral sin candidato, porque en una tan larga como es ésta se requiere de la exposición pública que no resiste un díscolo y huero aspirante presidencial que al abrir la boca enseña el cerebro y con ello deja al descubierto, no solo las debilidades estructurales de su “pensamiento”, sino la impronta gubernamental aterradora que su silencio fue colocando en el olvido.
El hombre que se autodefinió como Papá en el afán populista de ocultar su falta de propuesta, ha movido fichas bajo los impulsos que combinan su falta de información, formación y rasgos de una personalidad desconcertante que conducen a los electores a sentenciar desde ya: “Jaque mate, perdió Papá”.

Perspectiva Ciudadana