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Sandra Russo
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Martes, 04 de Junio de 2013
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“Si hombres de negocios desalmados influían de aquel modo sobre el gobierno, entonces quizás habíamos ido a la guerra debido a los empréstitos de J. P. Morgan”, escribió en 1931 Francis Scott Fitzgerald, al principio de su ensayo sobre la Era del Jazz. En los primeros párrafos enmarca la década de 1920, los Años Locos, su propio esplendor, el mosaico prematuramente arcilloso de su juventud. El 1º de mayo de 1919 había habido, como todos los años desde hacía ya décadas, revueltas obreras y campesinas que pedían jornadas laborales que los equipararan con los trabajadores estatales y de servicios, que ya habían obtenido esas conquistas en Estados Unidos. Pedían un tercio del día para trabajar, otro para dormir y otro para estar en familia. Hubo una fuerte represión en el Madison Square Garden. Hacía apenas meses que había terminado la Primera Guerra. En ella habían combatido más de setenta millones de personas. Habían muerto nueve millones de soldados. Con el armisticio, terminaba un orden mundial y surgía uno nuevo, en el que Estados Unidos aparecía como la nueva potencia emergente.

Mientras ese nuevo diseño mundial permanecía todavía opaco para sus contemporáneos, esas generaciones de jóvenes norteamericanos vivieron una larga borrachera, ambientada con jazz. Porque de cuajo, al empezar los ’20, escribe Fitzgerald en el ’31, “empezamos a hincarle el diente al pastel nacional y nuestro idealismo sólo se encendió cuando los periódicos hicieron melodrama de historias tales como la de Harding y la Banda de Ohio o la de Sacco y Vanzetti. Los acontecimientos de 1919 nos volvieron cínicos más que revolucionarios, aunque ahora todos andemos revolviendo nuestros baúles preguntándonos dónde diablos habremos puesto nuestro gorro frigio –‘sé que lo tenía’– y la blusa de mujik. Fue característico de la Era del Jazz el que no hubiera interés alguno por la política”.

Fui la semana pasada a ver El Gran Gatsby, la película de Baz Luhrmann, que no tengo interés en reseñar aquí. Pero diré que me faltó el jazz y me sobró el hip hop. O podría decirse que, como autor, me sigue interesando más Fitzgerald que Luhrmann, eso es todo. “Eramos la nación más poderosa. ¿Quién podría seguir diciéndonos lo que estaba de moda y cómo divertirse?”, se pregunta Fitzgerald en su ensayo, cuando todo había acabado. Estaba a punto de su desmoronamiento personal, y pasaba en limpio, en los ensayos del Cruck Up, los agitados años anteriores, sin defenderse, sin justificarse. Ellos eran los que habían sido adolescentes durante la guerra. La generación medio chiflada que llegó a la edad adulta antes de hora: los niños bien –y había cantidades de nuevos niños bien: es uno de los ejes de la novela de Fitzgerald el enfrentamiento entre una sociedad aristocrática y elitista, cerrada, y una nueva sociedad que formula, no sin dobleces, el sueño americano basado en el premio al esfuerzo– conducían a toda velocidad sus propios automóviles, las chicas se emancipaban de sus familias, se dejaban tocar sus partes íntimas en los asientos traseros –ese complejo ritual del petting que tan bien describió la antropóloga Margaret Mead–, y el rito de iniciación para hombres y mujeres pasaba por una noche seguida de otra noche en la que nadie se acordaba ni dónde ni con quién había estado.

En 1919 Estados Unidos ya rebosaba de la prosperidad de la posguerra cuando decidió autoinfligirse una prohibición que le abriría la puerta no sólo al mercado negro, sino a la doble moral que siempre lo acompaña: la Ley Seca. Los columnistas de los diarios celebraban que los que entonces eran adolescentes serían la primera generación de norteamericanos que crecerían sin probar el alcohol. Pero esa enunciación cuáquera presagiaba altos grados de descomposición social. Pasó todo lo contrario, según describe el mejor de los cronistas de la parte de afuera de los años ’20, Fitzgerald, quien por cierto murió de cirrosis. Las mujeres, que habían perdido esposos, padres, novios en la guerra, entraron masivamente al mundo del trabajo. Pudieron votar. Aparecieron las flappers, tan norteamericanas en tiempos de inmigración masiva, que se tomaban todo en broma menos su propia capacidad de vivir vidas totalmente diferentes de las de sus madres.

“La vida es algo que se rinde a tus pies si tienes algo de talento”, es una frase del Cruck Up que el narrador de El Gran Gatsby pronuncia en la introducción de la película. Esa era la autoconfianza. Esa era la llave de entrada a las ligas mayores del mundo. La vida se rendía a los pies de esos jóvenes norteamericanos como los de la película. Gatsby es grande porque vive para algo, para una mujer que ni siquiera existe tal como él la ama. Gatsby no ha perdido su esperanza. Espera a Daisy haciéndose muy rico para merecerla. Si uno no tenía dinero, evoca el Fitzgerald ya fracasado y cercano a los cuarenta años, en los ’20 lo conseguía. Dinero había, y por todas partes.

Ya nadie sabía muy bien de dónde venía ese dinero, si de la guerra, del mercado negro del alcohol o de las finanzas. Esa es una de las bisagras que desnuda El Gran Gatsby: él, que era un hombre muy rico y misterioso, no se daba a conocer más que a través de las “fiestas azules” que organizaba en su mansión. Deja creer que ha estudiado en Oxford, pero no es cierto: no pertenece a una clase con acceso a esa universidad ni a ninguna otra. Se ha hecho rico gracias al mercado negro. Era la época de Al Capone y Lucky Luciano. Y la de Los Intocables, que eran necesarios precisamente porque la policía y la política estaban mezcladas con el mundo del delito. El gran choque de Gatsby es con su rival, el marido de Daisy, un rico heredero portavoz de una clara línea recta republicana, la de los Estados Unidos de la supremacía blanca y la reformulación contemporánea de la ley del revólver, que persiste y se arraiga hasta hoy. En 1922 comenzaron a aparecer los programas de radio a gran escala. Y con ellos, el jazz, que ya vibraba en los clubes clandestinos, atravesado por ese lado B de lo norteamericano, se volvió blanco. Blanco no necesariamente porque los cantantes blancos de jazz fueran los más difundidos por las radios, sino también porque su amplificación lo pasteurizó. La Era del Jazz de la que habla Fitzgerald incluye tres etapas: el jazz para ellos primero fue sexo, después baile y después música. Fue la música de fondo de una generación que hizo gala de un tipo de autoconfianza colectiva que de alguna manera los hechizó. Porque mientras ellos bailaban y se embriagaban, estaban pasando otras cosas.

A fines de octubre de 1929, cayó Wall Street. No fue por las travesuras de los jóvenes norteamericanos, ni por los reclamos obreros de mejores salarios y menor carga laboral, ni por las orquestas de jazz que empezaron a irse a París. No fue un problema social el que provocó la caída de la Bolsa y redujo la economía mundial a su mínima capacidad de expresión. Lo que más bien pasó es que en los ’20 había hecho su entrada en el nuevo orden mundial la especulación, y en 1929 estalló la primera y letal burbuja financiera. Fitzgerald no cita por casualidad a J. P. Morgan. La connivencia entre la política y las finanzas llegaría para quedarse.

El lo refiere así, cuando ya estaba entrando en su propia depresión: “Alguien había cometido un disparate y la orgía más cara de la historia se terminó. Terminó hace dos años, porque la total confianza que era su apoyo esencial recibió una terrible sacudida, y a la endeble estructura no le llevó mucho tiempo venirse abajo. Y al cabo de dos años, la Era del Jazz parece tan lejana como los días anteriores a la guerra. Era un tiempo prestado, en cualquier caso, con toda la minoría selecta de una nación viviendo con la indiferencia de los grandes duques y la despreocupación de una corista”.

Perspectiva Ciudadana