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Julio Sánchez-Maríñez
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Lunes, 24 de Octubre de 2011
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De la Puerta del Sol y la Plaza Cataluña, del 15-M (mayo) al 15-O (octubre), un movimiento de protesta de profunda significación se extiende por las capitales y principales ciudades de todo el mundo, manifestando la profunda indignación de los ciudadanos que sufren el deterioro de sus condiciones de vida y ven desvanecerse sus aspiraciones de un mejor futuro para sí y para sus hijos.

"No nos representan" ha sido el mensaje enviado a los políticos y los partidos todos, sin exclusión; para los jóvenes que encabezan la protesta y para los ciudadanos y ciudadanas de distintas edades y estatus social, los políticos en el gobierno y en la oposición responden a sus propios intereses particulares y a los del gran capital, el financiero y el de las grandes corporaciones. "Salvemos a las personas, no a los bancos", es la consigna que repiten los indignados.

Hay quienes prefieren ver el vaso medio vacío y subrayar las limitaciones de este movimiento horizontal, intergeneracional y plural.  Por ejemplo, el filosofo polaco Zigmunt Bauman califica a este movimiento de “emocional” y opina que “si la emoción es apta para destruir resulta especialmente inepta para construir nada. Las gentes de cualquier clase y condición se reúnen en las plazas y gritan los mismos eslóganes. Todos están de acuerdo en lo que rechazan, pero se recibirían 100 respuestas diferentes si se les interrogara por lo que desean”.

Es posible que los indignados no sepan o concuerden en lo que quieren hasta llegar a la forma de propuestas…pero es muy cierto que sienten y saben lo que no quieren. Se vive en el mundo occidental desarrollado un sentimiento de despojo y una crisis de esperanza. Como ha planteado un nutrido grupo de filósofos e intelectuales españoles “el 15-M ha ampliado el radio de acción desde el que muchos hombres y mujeres hoy comienzan a plantear preguntas en torno a sus derechos y deberes”. En su Manifiesto de profesores y estudiantes de Filosofía en apoyo a las movilizaciones sociales del 15 de Mayo ellos concuerdan en que “La recuperación del tejido político representada por el movimiento, su crítica a la ‘dictadura de los mercados’, va unida a una reivindicación de una moral, personal y ciudadana, que trasciende las coyunturas políticas y económicas presentes”.

En otro manifiesto, en este caso de parte de los propios indignados (http://tomalaplaza.net/), estos declaran: “Lo valioso es que al menos estamos tomando conciencia real de que hay un problema, y que este problema no se soluciona por sí  solo, en la inercia, sosteniendo modelos antiguos que perpetuán en el poder a algunos pocos, que, aprovechándose de esto, llevan sus bolsillos a costa de los demás”.  Y añaden: “Estamos aquí porque queremos una sociedad nueva que de prioridad a la vida por encima de los intereses económicos y políticos. Abogamos por un cambio en la sociedad y en la conciencia social”.

Tal vez la fuerza mayor del movimiento de indignados se encuentre en la generación de una postura ética contestataria.  No hay que olvidar, a ese respecto, que es imposible pensar la Ilustración sin Spinoza, y que en su Ética panteísta se fundían elementos  judíos, escolásticos y estoicos.  Y fue con esa Ética que se cementó el camino a la hegemonía de la Razón como la fuente de conocimiento y guía  hacia la sabiduría, sin oponerla a la emoción, porque, como se lee en La Enciclopedia, “a medida que el espíritu adquiere más luces, el corazón adquiere más sensibilidad”. Si el Mayo francés del 68 nos dejo el eurocomunismo –¿fue ese el nudo de su victoria?-, los indignados podrían abonar una euroética alternativa a la de espíritu neoliberal que arropa al viejo continente desde los tiempos de la Tatcher.  Y, de hacerlo, estarían pasando de interpretar el mundo a transformarlo.

El movimiento de los indignados no se restringe a la Europa meridional. Con el 15-O se han manifestado casi simultáneamente los indignados en las principales capitales y ciudades de de medio planeta, por gran parte de Europa, por Australia y Nueva Zelandia, por Taiwán y Japón, en Asia, e incluso en Israel.  En cado caso se inscribe en  lo nacional, pero, como ha señalado Bastenier, le subtiende un factor de unidad: “Con la historia concluida o no, el descrédito del sistema o de cómo se practica -aquel al que Churchill llamó el menos malo de los existentes- parece hoy ir en aumento. El liberal capitalismo, como decía Fukuyama, ha ganado; pero no gusta la manera”.

Ha irrumpido también en los Estados Unidos, donde, desde los tiempos de la guerra de Viet-Nam y el movimiento por los derechos civiles no se veía en los Estados Unidos un movimiento de protesta como el que se ha desencadenado en las marchas por Times Square y en la ocupación de Wall  Street en pleno downtown de Manhattan. Todavía de mayor significación son los motivos y el contenido fundamental de la protesta que esbozan un cuestionamiento ético radical, extremadamente insólito en la tradición ideológica y cultural de los Estados Unido, en la que la ética protestante à-la-Weber se despojó de la austeridad y el ascetismo. Cuando en las calles del Financial District se entona el reclamo de que "se escuche la voz del 99 por ciento del país y no la del 1 por ciento que sigue enriqueciéndose", se está cuestionando el Ethos mismo del capitalismo norteamericano. "¿Dónde está mi rescate financiero?", es el reclamo a gobernantes y políticos; la protesta se dirige tanto contra la avaricia de los bancos y las corporaciones, como contra el sistema político que responde más a los intereses de aquellos que a los de los ciudadanos en zozobra que paga los platos rotos cuyos pedazos les fueron lanzados desde lo alto de las torres corporativas, de los pent-houses y las mansiones. Los indignados exigen que los millonarios paguen la crisis, un “impuesto Robin Hood” y no austeridad para los de abajo, con recortes a la inversión en  educación, la salud y demás servicios sociales.

Los adeptos del Tea Party, de los Estados Unidos y de todas las demás latitudes (que los hay, con otros nombres), bien harían entendiendo que así como acumularon riquezas de las que no disfrutaron las mayorías en los tiempos buenos, ahora debe tocarles solventar con parte de ellas las crudas exigencias de los tiempos malos.

En Todos los fuegos, el fuego, del inagotable Julio Cortázar, en su entretejido de historias y realidades, hay un pasaje de brutal advertencia   Cuando Roland y Sonia caen “en en un sueño pesado y sin imágenes”, tras el reconfortante coñac, la fumada post-sexual y los cigarrillos sin apagar, abandonados al descuido en mal lugar. Entonces, más allá de los sueños, cuenta Cortázar como: “[p]arte del público vocifera y se amontona en las gradas inferiores; el procónsul ha saludado una vez más y hace una seña a su guardia para que le abran paso. Licas, el primero en comprender, le muestra el lienzo más distante del viejo velario que empieza a desgarrarse mientras una lluvia de chispas cae sobre el público que busca confusamente la salida. Gritando una orden, el procónsul empuja a Irene siempre de espaldas e inmóvil. “Pronto, antes de que se amontonen en la galería baja”, grita Licas precipitándose delante de su mujer. Irene es la primera que huele el aceite hirviendo, el incendio de los depósitos subterráneos; atrás, el velario cae cobre las espaldas de los que pugnan por abrirse paso en una masa de cuerpos confundidos que obstruyen las galerías demasiado estrechas. Los hay que saltan a la arena por centenares, buscando otras salidas, pero el humo del aceite borra las imágenes, un jirón de tela flota en el extremo de las llamas y cae sobre el procónsul antes de que pueda guarecerse en el pasaje que lleva a la galería imperial. Irene se vuelve al oír su grito, le arranca la tela chamuscada tomándola con dos dedos, delicadamente. “No podremos salir”, dice, “están amontonados ahí abajo como animales”. 

Para los que no gustan de la literatura hay mensajes menos complejos y más directos. El premio Nobel Joseph Stiglitz, en su artículo Del 1%, por el 1%, para el 1%, concluye con una admonición que por su propio bien deberían aceptar y asimilar los privilegiados de todas las latitudes, incluyendo los de nuestro patio: “El 1 por ciento en la cúspide tiene las mejores casas, la mejor educación, los mejores médicos, y los mejores estilos de vía, pero hay una cosa que el dinero no parece que haya comprado: un entendimiento de que su destino está ligado a cómo vive el otro 99 por ciento. A lo largo de la historia esto es algo que el 1 por ciento en la cúspide aprende con el tiempo. Demasiado tarde.” Porque no podrán salir cuando en las vías de escape estén amontonados los de abajo, enfurecidos, como animales.

Perspectiva Ciudadana