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Julio Sánchez-Maríñez
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Martes, 06 de Diciembre de 2011
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Stéphane Hessel ha cautivado a tantos jóvenes y no tan jóvenes desde España y por toda Europa y más allá con su “Indignaos”, al decir de los ibéricos, parece que nosotros, en Dominicana, necesitamos de un ensayo parecido pero con el título de “Enfermaos”.

Debemos enfermarnos en lo más profundo de nuestra psiquis colectiva de la “patología de la libertad”, en rechazo visceral de todo tipo de autoritarismo, abierto o velado, burdo o ilustrado, en defensa casi libertaria de las libertades públicas y de los derechos humanos y civiles de todos los que habitamos este país tan maltratado por tantos déspotas de todo tipo a lo largo de toda nuestra historia republicana. Que la “patología de la libertad” nos lleve a movilizarnos contra toda forma de abuso y discriminación, toda manifestación de opresión o exclusión, todo irrespeto por lo ético y lo legal.

Asumamos también una “neurosis colectiva” por el avance de la educación y en pro de todo tipo de esfuerzos para ser una sociedad que demande, promueva y cultive en todos sus ciudadanos la devoción por la educación, la admiración por los esfuerzos por aprender y desarrollarnos como seres humanos conocedores y competentes y la repugnancia por la ignorancia y la dejadez intelectual. Cada resultado insuficiente en una prueba internacional o nacional de nuestro desempeño educativo debe provocarnos una urticaria molesta y enervante, cada paro injustificado que afecte la rutina docente debe motivarnos a un rechazo explicito y vibrante, cada denuncia de un local escolar en mal estado o inseguro debe movernos a un grito de protesta y a una atención vigilante sostenida por la superación efectiva de tal fuente de irritación.

Saludemos el surgimiento de “manías ciudadanas” que nos infundan de una verdadera obsesión por la calidad y por los más altos estándares en todo lo que hacemos, y por un profundo rechazo del “chapucerismo”, del “más o menismo”; necesitamos enfermarnos de una “devoción compulsiva por el esmero y la calidad en cada proyecto que emprendamos, en cada tarea que asumamos, en cada responsabilidad que cumplamos, en el sector público, en el privado, en nuestras vidas profesionales y en nuestras cotidianeidades privadas. 

Enfermémonos de una “fobia medular” que más que temor nos mueva a un odio y rechazo de la corrupción en todas sus formas y manifestaciones, a condenar a todo tipo de corruptos y a alejarnos de ellos, con profunda reprobación, evitando todo contacto con “corruptos” y “corruptores”, como si fueran fuente inmediata y segura de contagio de la peor sarna, del más temible virus.  Que a la sanción penal, o a la falta de ella, le suplamos además el ostracismo social y el repudio generalizado.

Nuestro país será “una mejor nación”, como reza el slogan del famoso grupo empresarial, si nos enfermamos crónicamente de la “patología de la libertad”, de la “neurosis por la educación”, de las “manías por la calidad”, de la “fobia medular anti-corrupción” y de otras muchas enfermedades similares. Paradójicamente, gracias a esas “enfermedades mentales” y otras similares, nos haríamos “un país más sano”.

Perspectiva Ciudadana