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Julio Sánchez-Maríñez
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Domingo, 15 de Julio de 2012
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Mi buena amiga y mejor académica Mu-Kien Adriana Sang escribe en el último Areito un articulo en que discurre acerca de como Danilo Medina, como próximo Presidente de la República, podría casarse “con la gloria y con la historia”.

Mu-Kien entiende que si Danilo Medina ejerce la Presidencia como “un hombre de Estado, y no un representante de los intereses partidarios”, y conduce “la “Administración Pública con criterio de eficiencia, señales claras de honestidad, con los consecuentes castigos inmediatos para aquellos que osen  abusar del poder y utilizar el dolo como práctica”, se estaría casando con la gloria y con la historia. Agrega la historiadora que como estadista, se espera de Danilo Medina que haga “las inversiones necesarias en salud y educación”, que aplique “una verdadera política de género” y  “la ley de Administración Pública”, que elimine “los cargos innecesarios y adecente la política exterior”, entre otras expectativas que presenta como condiciones para  que se produzca el posible matrimonio con la posteridad.

Las expectativas que como condiciones para casarse con la gloria y con la historia enuncia Mu-Kien están plasmadas en el Plan de Gobierno 2012-2016 que presentó al país Danilo Medina como candidato presidencial y mejor matizadas y subrayadas en sus discursos y pronunciamientos a lo largo de la pasada campaña y en los que comedidamente ha hecho luego de resultar Presidente electo.  Es de esperarse, por tanto, que el nuevo Presidente de la República emprenderá y conducirá el nuevo gobierno en pos de esos propósitos. Que lo hará, como ha dicho él mismo con su propio estilo de gobernar. Y que, como enfatizó Gustavo Montalvo al introducir la presentación del Plan de Gobierno, “será un gobierno con partitura, y que todos los virtuosos solistas deberán asegurarse de no desentonar” y “tampoco, desafinar”.

Las expectativas despertadas por un nuevo Presidente que promete ser “ético y moral”, son muy altas, como se constata, por ejemplo, en el artículo de Mu-Kien. Después de la transición o apertura liberal de 1978, parece ser que la sociedad espera una profunda transición (la ya acuñada “segunda transición”) a la consolidación de una institucionalidad democrática, definida esta no solo de manera “minimalista” sino comprendiendo también el avance de la democracia  económica y social.  Avances que sienten las bases de un nuevo modelo de desarrollo, que privilegie no solo el crecimiento sino igualmente la equidad, la inclusión y la sostenibilidad.

Si de todo esto estamos hablando, entonces, sin excluir en lo más mínimo el rol de liderazgo a desempeñar por el nuevo Presidente y su gobierno, debemos insistir y subrayar que se trata de una empresa (o de empresas) en las que se requieren muchos socios, más allá del directorio.

Los propósitos que tenemos como expectativas quienes asentimos con lo planteado por Mu-Kien requieren de una gran concertación Estado-Sociedad, un importante y sostenido esfuerzo de concertación en el que el que, como hemos dicho antes, el interés general debe ser preservado por más que entren en juego, inevitablemente, intereses particulares.

De lo que habla Mu-Kien, de lo que hablamos, es de una empresa de Estado, de tareas de Estado. Por eso bien habla ella de la condición de estadista.   Es por eso que hemos insistido en la necesidad de una alianza sostenida gobierno-sociedad, en la que las organizaciones sociales y una ciudadanía activa demanden,  participen y también respalden activamente los esfuerzos que un nuevo gobernante y gobierno desplieguen para avanzar en la institucionalidad democrática y la vigencia de un nuevo modelo de desarrollo.

Insistimos en que, sin minimizar ni remotamente el necesario liderazgo Presidencial desde el Estado y el gobierno, las tareas por delante nos convocan como colectivo social, como ciudadanos, como integrantes de las organizaciones privadas y del tercer sector, de la sociedad civil en su conjunto.

Nos encontramos, si se nos permite repetirnos de lo dicho ya en otras ocasiones, con la oportunidad de emprender un camino altísimamente esperanzador, pero tan demandante y complicado como subir el Everest, lleno de complicaciones y de obstáculos que no deben ser subestimados. Complicaciones y obstáculos que tienen no solo un carácter técnico o administrativo, sino también institucional, cultural y socio-político. Camino que, para ser transitado, requiere de una fuerte y preclara alianza gobierno-sociedad que impulse los avances, mitigue los riesgos y enfrente los obstáculos que se irán presentando.

Presidente y gobierno deben predicar con el ejemplo y ejemplarizar como prédica.  Es una condición imprescindible, condición detonante, necesaria, necesarísima, pero no suficiente.

Sin una ciudadanía activa, participativa, que se asuma como vigilante pero que comprenda que más allá ese rol, la participación es condición de una ciudadanía republicana, como la que necesitamos, aun con la prédica con el ejemplo gobernante y gobierno podrían en gran medida “clamar en el desierto”.

Mas allá de la relación amor-odio que caracteriza las interacciones entre sociedad política y sociedad civil, enderezar los entuertos (¿corregir lo que está mal?), profundizar y hacer valer las instituciones y normativas que en el largo proceso de transición con traspiés que vivimos desde 1994 (¿continuar lo que está bien?) y, sobre todo, conducirnos de manera “ética y moral” en la institucionalización democrática y la construcción de un nuevo modelo de desarrollo (¿hacer lo que nunca se hizo?) requiere, como aquellos XII Juegos Centroamericanos y del Caribe, un compromiso de todos.

En nuestro país la vigencia de la institucionalidad requiere de gobernantes probos, que no extorsionen ni prevariquen, que no traten la mitad de sus asuntos oficiales en despacho y la otra mitad en restaurantes, pero también de empresarios y profesionales que se comprometan a manejar sus asuntos “por la derecha” y no “por la izquierda”, por las vías institucionales, sin apelar al arreglo “personal” en audiencia privada.

En nuestro país la vigencia de la institucionalidad requiere de un gobierno que invierta en la educación y en la salud y de ministros y oficiales públicos que cuiden de la eficiencia, transparencia y calidad de esa inversión como a “la niña de sus ojos”. Pero los resultados de una inversión con transparencia y calidad medidos en términos de eficiencia y efectividad, o impacto, dependen  también de que nadie interfiera para que le designen un director regional o local, ni de escuela u hospital, por compromisos clientelares o puramente familiares.

Y requiere que los directores regionales y locales, de escuelas y hospitales, cuenten con profesionales que asuman un compromiso con el mejor servicio, empezando por honrar los horarios establecidos para dichos servicios.  Y de sindicatos y gremios que defiendan los derechos y reivindicaciones de sus miembros sin entorpecer el servicio debido a la sociedad y sin validar aquello de que “hacen como que me pagan y hacemos como que trabajamos”.

En nuestro país la vigencia de la institucionalidad requiere de un gobierno y gobernantes que asuman el ordenamiento territorial, el del transporte colectivo, la seguridad ciudadana y tantos otros ámbitos que requieren de re-ordenamiento, modernización y, sobre todo, institucionalización, con sentido de Estado, como estadistas.  Pero también de una ciudadanía –y sus organizaciones- que asuman activamente la demanda y el seguimiento o vigilancia respecto del gobierno, pero que no calle y se excluya –aun sea pronunciándose desde las gradas- cuando el primer grupo de interés viola el ordenamiento territorial, cuando el primer “sindicato” de transporte reclama privilegios o amenaza el orden público, cuando surjan las primeras protestas de quienes incumplan normas de identificación de sus vehículos o de sus conductores si son motociclistas.  Y los ejemplos podrían seguir ad infinitum.

Cuentan que Antanas Mockus, alcalde de Bogotá en dos ocasiones antes que fuera candidato presidencial no ganador en 2006 y 2010, se hizo popular como alcalde con medidas tales como   la "hora zanahoria", con la que restringió la hora de cierre de los establecimientos con expendio y consumo de bebidas alcohólicas, su inventivo recurso a mimos y “árbitros” que repudiaban la violación de normas de tránsito como parte de su proyecto “Bogotá Coqueta” y su intento de "desarme total de la ciudad" –que fue mediatizado por la oposición de las fuerzas militares de seguridad anti-guerrilla de Colombia encabezadas por el General Bedoya.  Los éxitos de Mockus lo fueron por un alcalde que, como él, se empeñó en sanear las finanzas de la ciudad y se enfocó ingeniosamente en medidas de ordenamiento e institucionalización, pero también por la receptividad, la celebración y el apoyo de la ciudadanía de Bogotá (por lo menos de la mayoría de esa ciudadanía).

Guardando la diferencia, esperamos de Danilo Medina y su Presidencia, pero esperamos también –y creo que en esto concurriría Mu-Kien igualmente- de una ciudadanía y de una sociedad civil que no solo reclame y dé seguimiento a las iniciativas y acciones del nuevo gobierno, sino que cuando sea pertinente, exprese no solo receptividad, sino también celebración y, ¿por qué no?, apoyo expreso. Para casarnos todos con la gloria y con la historia.

Perspectiva Ciudadana