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Julio Martínez Pozo
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Domingo, 28 de Octubre de 2012
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Adobar  la muerte incidental de un relato enfundado en la teoría de la conspiración es más atractivo que asumir los hechos reales.

Si todos los que tuvieron involucrados en el secuestro del coronel Donald Joseph Crowley, fueron perseguidos y acribillados por la CIA, no tenía que ser distinto con Maximiliano Gómez, hombre acorazado para una muerte tan digna como la de Ernesto Che Guevara o Francisco Alberto Caamaño, que, sin embargo, se transportó a lo desconocido en el tren de  “la muerte dulce”, la de la intoxicación por monóxido de carbono, una de las principales causas de muerte accidental en el mundo desarrollo.

Sin estar perseguido por la CIA ni por nadie, son altas las cifras de personas que perecen por encontrarse en lugares cerrados, donde se emanan gases más pesados que el aire que se combinan más rápido con la sangre que el oxígeno e impiden que la hemoglobina transporte oxígeno a las células, y por lo general, son eventos que se producen sin ser manipulados.

Cuarentaiún años después ningún  documento desclasificado ha desmentido la autopsia, por lo que los tentáculos del imperialismo solo pueden llegar a la escena del crimen por los conductos de la especulación,  pero es mejor no complicarse y repetir lo que se asevera por intuición.

Un merenguero que fue llevado al hospital de las Fuerzas Armadas a curarse unas heridas producidas en una riña en un cuartel policial, le arrebató el fusil a un soldado que custodiaba la emergencia y  empezó a disparar, produciendo una estampida, hasta que otro custodia más experto asomó por una ventana con un arma similar y lo derribó de un disparo.

Lo que contaron entonces los testigos presenciales, es lo mismo que hoy sustentan: que Tony Seval provocó su muerte de esa forma, pero pocos les creen porque es más tentadora la fábula de  que un conflicto con un coronel, al que supuestamente le enamoraba la esposa, orquestó la conspiración para asesinarlo involucrando a toda la Policía Nacional, a las Fuerzas Armadas y a la Presidencia de la República, que asumió las conclusiones arrojadas por la investigación, que por suerte el presidente era Salvador Jorge Blanco y no Joaquín Balaguer,  en  los doce años.

Ahora resulta que la autopsia practicada al cadáver del ex senador  Geraldo Aquino, revela que los tiros que lo mataron se los propinó él, pero es mejor creer que se los produjo un fantasma que lo mató y cerró por dentro, o que el propietario del revólver 38 con que se mató, sentado en chancleta de goma en la galería de su casa suma poder para que Policía Nacional y Ministerio Público, se aúnen en un apañamiento.

No importa que su siquiatra testifique que Geraldo estaba sumido en una profunda depresión y que heredaba de su padre,  la decisión de marcharse de esta existencia antes de que Dios lo dispusiera.

Mucha entereza la del ingeniero Mártires Montero, a cuya hija Soany Montero, le ocurrió lo mismo que a Oscar Lachapelle de los Santos, hijo del general Manuel  Antonio Lachapelle Suero, ex jefe de la DNCD, que un día salieron de sus respectivas labores  y desaparecieron por varios días, hasta ser hallados sin vida en sus propios vehículos en un estacionamiento.

Liberó la muerte de su hija de toda sospecha de homicidio, y explicó, con el aval de una autopsia, las causas de fallecimiento: la hipoglucemia  que padecía  y de la que había tenido crisis.

Perspectiva Ciudadana