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Aníbal Malvar
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Jueves, 20 de Agosto de 2020
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Otro año más, y van 84, Federico García Lorca ha vuelto a ser asesinado por la indiferencia de los españoles. Es una cuestión de estilo, de historia, de genética política. También de sensibilidad cultural.

El actual ejemplo de moderación y concordia entre la derecha española, José Luis Martínez Almeida, ha destacado como alcalde de Madrid por haberse dedicado a arrancar de las paredes de la ciudad poemas labrados en piedra de Miguel Hernández, otro represaliado del franquismo. Los versos de Miguel Hernández, nos dicen, no son equidistantes. Representan a un solo bando. Y uno piensa que sí. Que llevan razón los fascistas. Los versos representan, siempre, a un solo bando. Los de Lorca, incluso más acusadamente.

Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de  verdugos
no osó mirarle la cara.

Escribió Antonio Machado cuando, tras semanas de incertidumbre, dio por válidos los rumores sobre el asesinato en Viznar de su amigo. Porque el fascismo no se atrevió nunca a alardear oficialmente del crimen.

Demasiada mala prensa internacional para la cruzada. Lorca ya era un autor muy conocido en medio mundo. Matarlo había sido, cuando menos, antiestético. Por eso, aún hoy, el mismo pelotón de verdugos que retrató Machado sigue sin osar mirar a Lorca a la cara. Ese pelotón es esta, aquella España. Ese pelotón somos nosotros. Es Almeida arrancando versos de las paredes. Son las tabernas y los parlamentos donde el fascismo es opinable.

Muerto cayó Federico
--sangre en la frente y plomo en las entrañas.

El bendito Ian Gibson nos hizo ver, con sus libros, que la biografía de Federico no era otra cosa que la historia de España contada alegremente por sus víctimas. Por eso Lorca molesta tanto.

Por eso es tan importante no celebrarlo mucho, silenciarlo en estas fechas. Demasiada alegría y demasiada sangre en el mismo escenario. Con Lorca generamos vergüenza incluso por encima de nuestras posibilidades. Por eso tuvo que venir un irlandés a decirnos quiénes éramos. Nadie de aquí se atrevía.

Contra Lorca no solo hemos arrojado nuestro odio por la cultura, sino también nuestro falso pudor histórico. Ese que hace que existan españoles que consideren peligroso estudiar su propia historia. Cavar fosas y desclasificar secretos de estado, por ejemplo. Encontrar a tantos lorcas que andan tirados por ahí.

También es cierto lo de la cultura. O sea, nuestro odio ancestral a la cultura, producto quizá de nuestra pía formación supersticiosa y sotanera. Aquí no se quiere a los poetas.

Aquí se prefiere asesinar a un poeta con tal de no leerlo. Y si, como manifestación cultural, esa misma tarde matamos también un toro, ya tenemos pagados los coñases. En eso consiste la cultura de España. Y por eso Arturo Pérez Reverte es académico.

Hace cuatro años, cuando coincidieron los centenarios de Shakespeare y Cervantes, unos amigos escritores borrachos y yo nos escandalizábamos porque los ingleses habían programado más, mejores y más inteligentes homenajes a Cervantes que los españoles. Y mira que con Shakespeare tenían ya que estar bastante distraídos.

Si los franceses tuvieran a Lorca, Lorca hoy sería en Francia una industria cultural y de conocimiento histórico por sí mismo. Como lo es, en la misma Francia, Picasso. Y no aquí.

Os juro que hay franceses que se asombran cuando les dices que Picasso es español. Quieren creerse que nació, a los 25 años, en un lugar indeterminado entre Montparnasse y Montmartre. Eso es amor a la cultura.

Aquí somos al revés. Aquí hubiéramos deseado que Federico García Lorca hubiera nacido y muerto un poco más allá de nuestras fronteras para poder celebrarlo.

Para que, en los premios princesa de Asturias, por ejemplo, se hiciera alguna vez alusión a su sacrificio por la libertad y la democracia en España. Pero no. Referirse al asesinato de Federico es hablar a favor de un bando, y mal de otro. Y divide, o sea, marquesa. ¿Un poquito más de anissete?

El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara

Perspectiva Ciudadana