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Karen J. Greenberg
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Martes, 30 de Julio de 2019
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Últimamente he estado pensando en el cuento de hadas Hansel y Gretel de  los hermanos Grimm. Aterrados por las crueles condiciones en su hogar, el hermano y la hermana huyen, atravesando -hambrientos y asustados- bosques desconocidos. Allí se encuentran con una anciana que les atrae con promesas de seguridad. Pero lo que hace es encerrar al chico en una jaula y convertir a la niña en sirvienta mientras se prepara para devorar a ambos. 

Escrito en la Alemania del siglo XIX, debería resonar  de forma inquietante en la América de hoy. En lugar de Hansel y Gretel, tendríamos que centrarnos claramente en las niñas y niños que por cientos huyen de la crueldad y el hambre en Centroamérica creyendo que encontrarán una vida mejor en Estados Unidos, para acabar arrojados a las jaulas por fuerzas mucho más poderosas y agentes mucho más crueles que aquella perversa anciana. No hay política en la historia; solo cosas buenas y malas, correctas o incorrectas.

Al igual que en ese cuento de hadas, en vez de registrar el sufrimiento involucrado en el cautiverio y el castigo de esos niños en la frontera entre Estados Unidos y México, la administración ha optado por la defensa absoluta de sus políticas y, por ello , ha dado un paso de gigante en una misión: redefinir (o más precisamente tratar de abolir) la idea misma de los derechos humanos como parte de la identidad del país. 

Esta semana, el secretario de Estado Mike Pompeo no dejó ninguna duda: la realidad de esos niños encerrados en jaulas, privados de las necesidades más básicas y sufriendo abiertamente los abusos de la administración para la que trabaja, ha sido parte esencial de la determinación del equipo Trump de abandonar los derechos humanos en un sentido más general.

Esa voluntad de dejar a los niños desprotegidos es parte de un mensaje mucho más amplio, no solo un desafortunado subproducto de acciones mal pensadas y torpes por parte de una desbordada fuerza policial fronteriza.   

 

Niños en campos de detención   

La historia de los niños en la frontera es realmente espantosa. Estados Unidos ha tenido migrantes durante mucho tiempo en su frontera sur, a menudo en mayor número que en la actualidad.

De hecho, desde la década de 1980, los seres que cruzan esa frontera superaron el millón en diecinueve años diferentes.

Mientras que la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por sus siglas en inglés) continúa estimando que las tasas de inmigración actuales van camino de superar el millón en septiembre, muchos otros expertos ni siquiera creen que eso se produzca este año.

Lo que es realmente nuevo en los cruces fronterizos actuales es el número de niños entre los migrantes. Según el aleccionador testimonio reciente del secretario de Seguridad Nacional, Kevin McAleenan, ante el Comité Judicial del Senado, el 72% de todas las acciones de aplicación de la ley en la frontera en mayo estuvieron relacionadas con niños no acompañados y unidades familiares.

Y aunque el mes pasado el gobierno detuvo oficialmente su cruel política de separar a las familias dejando a muchos de esos niños (incluso niños pequeños y bebés ) bajo custodia, Vox informa que “en un determinado momento , durante las últimas semanas, más de 2,000 niños han estado bajo la custodia de la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos sin sus padres”.    

Las condiciones en los campamentos, diseminados a lo largo de las fronteras de Estados Unidos desde Arizona hasta Texas, son vergonzosas y afectan a esos niños en su forma más dura.

Un informe reciente del Inspector General del Departamento de Seguridad Nacional, que se publicó censurado apenas unos días antes de la fiesta del 4 de julio, que celebra el nacimiento de este país como un faro de “vida, libertad y búsqueda de la felicidad”, describía la miseria impactante y los peligros en esas instalaciones de confinamiento.

Allí, a menudo, los niños no podían cambiarse de ropa, ni disponían de cama, comida caliente, cepillos de dientes, jabón, duchas e incluso atención médica adecuada. 

Otros relatos de testigos presenciales han proporcionado detalles gráficos sobre la naturaleza y la escala de esas privaciones, mostrándonos a niños con pañales sucios, teniendo que vivir en medio del hedor a orina , durmiendo sobre un suelo de hormigón y llorando muchos de ellos.

En una sesión del quizá algo más civilizado Senado, se les dijo a sus miembros que había niños durmiendo a la intemperie, expuestos a los elementos y que los alimentos estaban en mal estado en los campamentos. 

Añadan a esto el coste emocional que las separaciones familiares han causado a miles de niños y niñas, como revela un nuevo informe publicado por el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, que otros también han documentado.

Un abogado de inmigrantes de El Paso que visitó una instalación describió , por ejemplo, haber visto cómo un niño se rascaba la cara hasta sangrar.

Hay relatos de primera mano de los visitantes a los campamentos de niños que intentan asfixiarse con los cordones de sus propias tarjetas de identificación y otros que soñaban con escapar saltando al suelo desde ventanas elevadas.

No es de extrañar que hayan muerto al menos siete niños en esas circunstancias y muchos más sufran de piojos, sarna, varicela y otras dolencias. Sin embargo, cuando los médicos de la Asociación Americana de Pediatras viajaron a los campos para ofrecer su ayuda, se rechazaron sus servicios.

Michelle Bachelet, la Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, pediatra, ha calificado la situación de los migrantes de “espantosa” y señaló que “varios organismos de derechos humanos de la ONU han descubierto que la detención de niños migrantes puede constituir un trato cruel, inhumano o degradante prohibido por el derecho internacional”. Otros han sido menos circunspectos, comparando explícitamente el trato a los niños con la tortura. 

Es difícil no suponer que, por muy desbordada que esté la guardia fronteriza, al menos parte de este trato es intencionado.

¿Por qué otro motivo rehúsan la ayuda que ofrecen los médicos o rechazan los suministros de la ayuda donada enviados por preocupados ciudadanos? ¿Por qué arrestan a un voluntario de la ayuda humanitaria que dio comida y agua a dos desesperados migrantes centroamericanos indocumentados y trató de conseguirles ayuda médica?

La administración reconoce que la situación general es grave, pero sus funcionarios sobre el terreno se limitan a levantar las manos y a quejarse de que se vieron "desbordados” por la situación que ellos mismos crearon, que “no están entrenados para separar a los niños” y que no tienen poder para abordar el problema de los escasos recursos.

Mientras que  quienes se encuentran sobre el terreno se declaran impotentes ante el desafío, el resto de la administración se niega incluso a admitir las terribles condiciones. (“Funcionan a la perfección”, dijo el presidente Trump de las instalaciones fronterizas, culpando a los demócratas de cualquier problema que allí haya).

Y aún más, altos funcionarios han definido en repetidas ocasiones como  aceptable lo vergonzosamente inaceptable. La exsecretaria del Departamento de Seguridad Nacional, Kirstjen Nielsen, que es la responsable de gran parte del desorden, aseguró en el Congreso que los niños estaban “ bien cuidados”, afirmando que “tenemos los estándares más altos”.

El exfiscal general Jeff Sessions se hizo eco de sus palabras . “Los niños, insistió, “están bien cuidados. De hecho, reciben mejor atención que muchos niños estadounidenses”. 

En el tribunal, la abogada del Departamento de Justicia, Sarah Fabian, se negó a admitir que la carencia de jabón, cepillos de dientes, camas y sueño constituyeran condiciones inseguras e insalubres, los estándares legales que se aplican a la detención de niños migrantes.

El jefe de la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos para la región de El Paso comentó cruelmente: “Hace veinte años, teníamo s suerte si disponíamos de zumos y galletas para los detenidos. Ahora, nuestras comisarías se parecen más a Walmarts, con pañales y leche maternizada para bebés y todo tipo de cosas, como comida y bocadillos”. 

El vicepresidente Mike Pence se destacó recientemente por su negativa a reconocer la realidad al llamar a los dos campamentos que visitó viviendas familiares y no campos  de concentración para niños, un ejemplo de “cuidados compasivos ... unos cuidados de los que todos los estadounidenses estarían orgullosos”. 

¿De verdad? ¿En qué clase de mundo son aceptables la inmundicia, la enfermedad y la persistente crueldad emocional? ¿En qué Estados Unidos el encarcelamiento brutal de niños no representa una violación de los principios fundadores ?

¿En qué Estados Unidos se están rechazando los avances en protecciones que han sido un sello distintivo del país y de la política internacional desde el procedimiento operativo estándar de la II Guerra Mundial? ¿Desde cuándo los funcionarios estadounidenses se limitan simplemente a levantar las manos y declarar  su derrota (como una especie de victoria de la crueldad) en lugar de reunir sus mejores talentos, energías y recursos para enfrentar este problema?

La respuesta, por supuesto, está en los Estados Unidos de Donald Trump. Y no piensen ni por un momento que solo se trata de una acumulación de consecuencias no deseadas. No lo es.

 

Una declaración de derechos inhumanos 

Recientemente, el secretario de Estado Mike Pompeo ofreció  algunos puntos de vista sobre la mentalidad de su administración respecto a la idea misma de los derechos humanos en el país. Poco después del 4 de julio, anunció la creación de una nueva Comisión de Derechos inalienables en el Departamento de Estado.

Afirmó que su propósito era reflexionar sobre la ampliación de las protecciones de los derechos humanos como parte de la política exterior estadounidense.

La idea misma de los derechos, insistió Pompeo, se había salido de madre. “La defensa de los derechos humanos ha perdido su rumbo y se ha convertido más en una industria que en una brújula moral”, dijo, señalando amenazadoramente  setenta años de historia con su dedo índice .

“La charla sobre los derechos se ha convertido en un elemento constante de nuestro discurso político interno, sin ningún esfuerzo serio que distinga qué significan los derechos y de dónde provienen. 

En vez de ampliar derechos, explicó, el país haría bien en volver (según su idea) al contexto de los padres fundadores y explorar qué significaban realmente esos derechos en sus escritos clásicos.

Esencial para este objetivo, sugerían los expertos, era reducir los derechos relativos al aborto. De hecho, gran número de miembros de la comisión eran conocidos por sus posturas antiaborto, y esto no debería haber sorprendido a nadie, porque el Departamento de Estado había retirado ya toda la asistencia sanitaria de las organizaciones internacionales que ofrecen asesoramiento y atención sobre el aborto.

Al hacerlo así , se ampliaba lo que, en anteriores administraciones de la República, eran restricciones más modestas en la atención relacionada con el aborto.

Sin embargo, por muy sorprendente que pudiera ser esta posición global contra el derecho al aborto, las ansias de Pompeo parecen ir mucho más lejos. Resulta evidente que su objetivo es rechazar unilateralmente la evolución de los derechos humanos que ha definido de forma destacada al país desde la era posterior a la II Guerra Mundial, que ha sido una pieza esencial de la retórica democrática estadounidense desde su fundación. 

Para iniciar el proceso, Pompeo tergiversó de inmediato el lenguaje de la Declaración de Independencia para promover una agenda que exija explícitamente la eliminación de derechos.

“Mi esperanza", anunció , “es que la Comisión sobre Derechos Inalienables fundamente nuestro entendimiento de los derechos humanos de forma que informe y proteja mejor las libertades esenciales, y subraye que estas ideas no solo son importantes para los estadounidenses, sino para toda la humanidad”.

Como demostró el resto de sus comentarios, invocaba la libertad de privar a otros, de excluir a otros y de causar dificultades a otros.

Todo esto, colocado junto a las realidades fronterizas, fue un testimonio de la determinación de la administración de eliminar los derechos de la identidad de la nación.

Dando el toque final a sus objetivos, Pompeo agregó que, en su opinión, los derechos humanos y la democracia estaban claramente en oposición entre sí. Como expresó de forma sarcástica: “La charlatanería sobre los ‘derechos’ nos aleja de los principios de la democracia liberal”. 

El intento de Pompeo de remodelar la intención de los fundadores en el contexto de la crueldad actual puede ser la articulación más completa hasta la fecha de lo que esta administración ha estado haciendo.

El maltrato continuo de los niños en la frontera, una historia que dura más de un año, sugiere que el espíritu de la Declaración de los Derechos Inhumanos de Pompeo lleva mucho tiempo en la agenda.

Sin embargo, tenía razón en una cosa: esos campos fronterizos parecen pertenecer a otro tiempo y lugar, a un tiempo y lugar que precedieron a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 de la ONU, otro documento que invocó con la intención de reformular la adhesión estadounidense. 

 

El nuevo statu quo 

Esta no es la primera vez que la administración de Trump revela su cinismo respecto a la democracia. La redefinición del propósito mismo de “democracia liberal”, como escribí hace más de un año, ha sido parte de su misión desde el principio.

En sus primeros 18 meses, la administración eliminó el lenguaje de la democracia de las declaraciones de objetivos de muchos de sus departamentos, incluida la frase “nación de inmigrantes” de las de los Servicios de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos.

No obstante, después de dos años y medio de reorientar la rama ejecutiva del gobierno para alejarla del principio de igual protección ante la ley, igual derecho de voto y respeto ante la idea misma de recibir a los inmigrantes, la “comisión” de Pompeo puede constituir el acto conceptual más descarado en cuanto a eliminar el lenguaje de los derechos humanos de la identidad del país. 

Es en este contexto aún en desarrollo en el que debería entenderse la crisis de los niños migrantes. Debería verse como una versión gráfica de la insistencia de esta administración en cambiar el significado mismo de “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” en la era moderna.

Para Pompeo (así como para su presidente), la evolución del país hacia más derechos para más personas no es más que un estigma vergonzoso. ¿Hasta dónde nos llevaría? ¿Hasta antes de la Guerra Civil? 

No es de extrañar que, al enterarnos de las noticias que llegan cada día desde la frontera, sintamos que hemos entrado en un lúgubre cuento de hadas de una época de ogros y brujas, donde las fuerzas del mal y la maldad   están al mando de todo y la perspectiva de salvar a niños indefensos parece tan irremediablemente lejana como esas migajas comidas por los pájaros que siguen a Hansel y Gretel en su horrible viaje hasta la guarida de la bruja.

Atacar a los más vulnerables de entre nosotros, a bebés, niños pequeños, adolescentes, deja poco espacio para la duda. Esta administración está decidida a deshacer el compromiso del país con los derechos humanos y, por lo tanto, a cambiar su identidad de una manera que debería preocuparnos a todos. 

Karen J. Greenberg, colaboradora habitual de TomDispatch , dirige el Center on National Security de Fordham Law, y es editora-jefe del CNS Soufan Group Morning Brief. Es autora y editora de muchos libros, entre los que figuran Rogue Justice: The Making of the Security State  y The Least Worst Place: Guantánamo’s First 100 Days. Julia Tedesco, Jonathan Ellison y Andrew Steffan colaboraron con sus investigaciones en la redacción de este artículo.

Perspectiva Ciudadana