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calos martinez
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Domingo, 16 de Febrero de 2003
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Tokio.-Izumi Shumari y Haruo Uchida eran amigos, tenían prácticamente la misma edad (57 y 58 años), el mismo trabajo (taxistas) y compartían casa. También decidieron morir el mismo día. Uno de ellos le cortó el cuello al otro y después se quitó la vida. La policía encontró los cuerpos cubiertos de sangre el pasado 15 de enero. No había signos de violencia y la casa estaba en perfecto estado.Aunque está por esclarecer lo ocurrido, todo parece indicar que Izumi y Haruo acordaron suicidarse, nada extraño en el Japón de hoy en día.

Como un lento goteo de desgracias personales, cada semana los periódicos nipones incluyen decenas de historias rodeadas de circunstancias excepcionales que comienzan a ser habituales.Como el caso de la mujer que hace sólo unos días prendió fuego a su casa y acabó con su vida y la de su hija de un año. O la pareja hallada muerta en un piso de Tokio el pasado octubre.

Él tenía 32 años y era un antiguo oficinista de Osaka que estaba en paro. De ella apenas se sabe que salió de su casa el 11 de octubre y que su familia denunció su desaparición. Quedaron a través de Internet con el único propósito de hacerse compañía mientras perdían poco a poco la vida mediante una intoxicación con monóxido de carbono.

«Voy a suicidarme con un hombre con el que he contactado a través de una página de Internet dirigida a las personas que quieren acabar con su vida», escribió en una nota. «He perdido la ilusión por vivir. No quiero hablar con nadie, pero me sentiría sola si muriera sin compañía. Quiero morir con alguien. Cualquier persona está bien».

Japón sufre una auténtica crisis nacional de suicidios. Sólo en 2001 las estadísticas de la Oficina Nacional de Policía japonesa recogen 31.042 casos (en España, el INE registró 2.216 suicidios), por cuarto año consecutivo una cifra superior a 30.000 y tres veces mayor que el número de víctimas por accidentes de tráfico.Los datos de 2002 todavía no están disponibles, pero distintos medios nipones han publicado que la cifra volverá a superar los 30.000. Lo que supone un suicida por cada 4.250 habitantes, frente a uno por cada 16.000 en España.

Cada día, el Teléfono de la Vida (servicio que funciona las 24 horas desde 1971) recibe unas 2.000 llamadas. La mayoría, de hombres de mediana edad y solteros (los que más se suicidan, 22.144 en 2001). Según datos de la policía, el mayor número de intentos fallidos corresponde a mujeres.

¿Por qué quieren morir los ciudadanos de la segunda potencia económica del mundo, con una expectativa de vida superior a la que se puede aspirar en cualquier otro país? Según Hitoshi Oshima, catedrático en la Universidad de Fukuoka y especialista en Antropología Cultural, el suicidio por asuntos de honra, el harakiri, siempre tuvo un lugar destacado entre las distintas clases sociales, no sólo entre los samuráis. Hasta existía la tradición de acudir a morir a un lugar en concreto: el Monte Nara, pegado a la falda del sagrado Monte Fuji.

Esa costumbre se ha reavivado. Este año, la policía encontró allí los restos de 78 personas, 20 cuerpos más que el año pasado.Los suicidas habían llegado de distintas partes del país para morir en plena naturaleza, a la sombra de uno de los principales símbolos de Japón.

«El suicidio tradicional era por alguna causa moral, pero el moderno se debe a la pérdida de valores, acelerada por la industrialización», señala Oshima. «Un japonés moderno no vive una vida colectiva plena como sus antepasados.
Tampoco posee un sistema de valores nuevos que le permita vivir como un individuo. Si en el Japón de hoy un hombre de mediana edad elige morir es porque trabaja y gana dinero sin encontrar valor en ello. Se siente solo en casa y en la oficina».

«Creen que pedir ayuda es vergonzoso», explica Yukio Saito, de la Federación de Teléfonos de la Vida, en una entrevista concedida al periódico Asahi Shimbun (que recientemente ha dedicado un editorial a la crisis nacional de suicidios). Según Saito, la pérdida de apoyo por parte de la familia y de la comunidad es la principal explicación de la alta tasa de suicidios. También cita la recesión económica y el aumento del desempleo.

La semana pasada, un político de la oposición se refirió a las más de 30.000 personas que se quitan la vida cada año como «víctimas» de las medidas económicas del Gobierno de Junichiro Koizumi.El investigador especializado en suicidio William Wetherall, con residencia en Japón y ajeno a la batalla política, ahonda en la explicación: «Los agudos cambios que se han producido en la economía son la causa de estas elevadas cifras».

Detrás de las estadísticas y la crisis económica que afronta el país desde hace 12 años, se esconden las otras víctimas: los familiares del suicida, a menudo olvidados y hasta repudiados por la sociedad japonesa. De acuerdo con un estudio realizado en la universidad Kinjo Gakuin, al año 100.000 menores de 20 años pierden a uno de sus progenitores por suicidio. Comparado con 1998, la cifra de huérfanos por esta causa se ha multiplicado por 8,5.

Además del estigma social, afrontan una severa deuda económica que les impide seguir con sus estudios. En Japón, suicidarse sale muy caro. Si una persona decide tirarse a las vías del tren, su familia tendrá que indemnizar a la compañía ferroviaria durante décadas. Igual ocurre si se suicida en un piso alquilado, en un edificio privado...

Una tarde de 1994 Yuki Saito comenzó a conocer de primera mano todas estas circunstancias. Tenía 14 años, acababa de volver del colegio, se había comido un plato de arroz con curry y veía la televisión con su hermana cuando su madre llamó por teléfono y le dijo que su padre había saltado desde un edificio. «Nunca supe de los problemas de mi padre porque se los guardaba para sí», escribe Saito en un libro publicado a finales de 2002. No podía admitir que fuera un suicidio. «No dejó ninguna nota...».

El libro recoge su testimonio y el de otros huérfanos y viudas.Elaborado después de dos años y medio de recorrer el país, es el primer gran triunfo de un movimiento liderado por la asociación Ashinaga, que desde 1989 presta apoyo económico y emocional a los huérfanos y lucha por sacar a la luz el drama a menudo silenciado del suicidio.

Entre los 31 textos y entrevistas hay muchos casos similares.El padre de Yamaguchi, que tras divorciarse de su mujer se hizo cargo de sus tres hijos, arrastraba una gran deuda que acabó por asfixiarlo. Se suicidó con 47 años. El de Chiaki Matsumura, de 21 años, había sido engañado por un amigo y debía bastante dinero. Un día le dijo a su mujer que no lograba dormir y poco después se quitó la vida. La familia de Yuko Fujita siempre fue muy pobre. Su padre se cansó de luchar cuando ella sólo tenía tres años (ahora tiene 19). No para de llorar mientras lo recuerda.

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Perspectiva Ciudadana