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Eric Nepomuceno
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Martes, 30 de Julio de 2019
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Un buen amigo mío suele decir que hay límites para todo, inclusive para sacar dinero en cajeros automáticos.

El presidente Jair Bolsonaro lo desmiente. Cada día da hartas y vastas pruebas de que su capacidad de disparar estupideces y aberraciones carece de cualquier límite.

A lo largo de sus casi treinta años como diputado nacional, ese primate ultraderechista que desde enero ocupa la presidencia brasileña mereció atención gracias a esa capacidad. Esa es la razón exclusiva: en todos esos años presentó solamente dos proyectos de ley, ambos rechazados por sus pares.

Las perlas disparadas son del tipo "el periodo militar (él nunca se refirió a la dictadura que duró de 1964 a 1985 como dictadura) cometió algunos errores.

Torturar fue un equívoco: deberían haber fusilado a por lo menos unos treinta mil, empezando por Fernando Henrique Cardoso’.

O cuando se dirigió a una diputada, diciendo "‘no te estupro porque no lo mereces", o al confesar que utilizaba el auxilio vivienda a que todo diputado tiene derecho ‘para comer gente’, en referencia a pagar prostitutas. O cuando dijo que prefería un hijo muerto a un hijo gay. La lista de ejemplos sigue y es casi infinita.

Pese a esa conducta olímpicamente absurda y a su incontestable desequilibrio emocional (bueno: emocional, en el mejor de los casos…), fue electo para presidir el país más extenso, más poblado y de economía más fuerte de nuestro continente.

Lo mínimo que se podría esperar entonces de semejante esperpento es que tratase de contener sus ímpetus de producir una aberración tras otra. O que alguien lo contuviese.

Qué va: ni se contuvo ni nadie lo contiene.

En todos esos días no hizo más que dejar en evidencia lo que los mínimamente informados sabían: Jair Bolsonaro es un descerebrado que no tiene absoluta idea no solo de lo que es presidir a una nación, como tampoco las reglas que determinan la liturgia del cargo que ocupa.

Tampoco tiene la menor idea de lo que es la convivencia social, e ignora cualquiera de las bases más elementales de educación. Por si fuera poco, sus relaciones con la realidad son prácticamente inexistentes.

A lo largo de los últimos diez días propició otra formidable secuencia de falsedades, perjuicios y, claro, sarcasmo.

Pero nada comparable a la secuencia disparada ayer, cuando su metralleta de barbaridades actuó con precisión absoluta.

Por la mañana, dijo que el periodista norteamericano Glenn Greenwald cometió delito al publicar en su revista digital ‘The Intercept’ audios y textos filtrados de los celulares tanto del entonces juez (y actual ministro de Justicia) Sergio Moro y de los fiscales.

Ese material deja absolutamente claro que Moro era el verdadero coordinador de la ‘Operación Lava Jato’ que condenó a Lula sin pruebas y lo mandó a la cárcel, abriendo espacio para la elección de un sociópata.

Greenwald fue el responsable de divulgar los papeles del ‘caso Snowden’, lo que le valió el premio Pulitzer, auge del reconocimiento periodístico. Vive en Brasil desde hace quince años, y está casado con David Miranda, diputado nacional por el izquierdista Partido Socialista y Libertad (PSOL).

El pasado viernes Bolsonaro ya había afirmado que ‘a lo mejor’ Greenwald podría ser detenido. Ayer reforzó la presión.

Alrededor del mediodía avanzó contra Felipe Santa Cruz, presidente nacional de la OAB (Orden de los Abogados de Brasil).

En un surto de agresividad, recordó que se trata del hijo de Fernando Santa Cruz, militante de la resistencia de izquierda a la dictadura desaparecido luego de haber sido detenido en 1974, auge de la dictadura. ‘Si él quiere, le cuento lo que ocurrió con el padre. Cuento la verdad sobre su padre. Él no querrá oír, pero cuento’.

Cuando Fernando fue detenido y luego desaparecido, su hijo tenía dos años. Bolsonaro, 19, y estaba en la academia del Ejército.

Las reacciones a lo dicho por el presidente fueron inmediatas, y todas absolutamente negativas. Fue clasificado por el abogado Miguel Reale Junior, que puede ser señalado de cualquier cosa menos de izquierdista o siquiera progresista, como un caso clarísimo de un insano mental.

Por la tarde Bolsonaro suspendió un encuentro con el ministro francés de Relaciones Exteriores. Prefirió aparecer vía redes sociales con su peluquero cortándole el pelo en el despacho presidencial.

Y contó, entonces, lo que pasó con el padre de Felipe Santa Cruz: ‘vino a Río sin avisar a su organización. Cuando lo vieron en Río, sus compañeros desconfiaron que hubiese pasado para el lado nuestro (en referencia a la dictadura). Y lo mataron. Lo supe de militares que sabían’.

Felipe Santa Cruz avisó que presentará acciones a la Corte Suprema para que inste el presidente a revelar dónde están los restos mortales de su padre.

¿Quién contactará al servicio de emergencia psiquiátrica?

Bolsonaro es un tipo sin límites en su barbaridad.

Perspectiva Ciudadana