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David Brooks
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Viernes, 04 de Febrero de 2011
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Nueva York.- El gobierno de Barack Obama busca de forma intensa resolver de qué lado de la historia apostará en Egipto. Con una retórica que se tambalea entre la promoción de la democracia y la estabilidad, y tal vez por no saber cómo proceder, hoy el presidente estadunidense solicitó, mediante la oración, la intervención divina.

La evolución del discurso oficial estadunidense desde que estalló la rebelión contra Hosni Mubarak hace 10 días, revela la gran dificultad que el levantamiento democrático ha provocado para Washington. En sólo unos días, el apoyo para el régimen estable de nuestro aliado se convirtió casi en un adiós para siempre.

Al estallar la rebelión contra el presidente egipcio, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, llamó a que ambos lados se abstuvieran de la violencia mientras el mundo observaba cómo las fuerzas policiacas de Mubarak golpeaban y mataban a jóvenes desarmados. El 25 de enero, Clinton afirmó que Estados Unidos apoya el derecho fundamental de expresión y asamblea, pero subrayó que nuestra evaluación es que el gobierno egipcio es estable y está buscando maneras de responder a las necesidades e intereses legítimos del pueblo.

Dos días después, el vicepresidente Joe Biden declaró a PBS que no consideraba llegado el momento de que Mubarak dejara el poder y explicó que “ha sido un aliado nuestro en varias cosas, y ha sido muy responsable en relación al interés geopolítico en la región… Yo no me referiría a él como un dictador”.

Cuando los hechos en Egipto hicieron trizas esas declaraciones, Obama cambió el mensaje con una declaración desde la Casa Blanca el 28 de enero, llamando al gobierno egipcio a respetar los derechos de su pueblo y le advirtió contra la represión. Acababa de hablar con Mubarak, y dijo: “él reconoce que el statu quo no es sostenible y que tiene que haber un cambio. De hecho, todos nosotros, que tenemos el privilegio de servir en posición de poder político, lo hacemos a la voluntad de nuestros pueblos”. Obama, en su mensaje oficial, afirmó que no es el papel de ningún otro país determinar los líderes de Egipto. Sólo el pueblo egipcio puede hacer eso, aunque ya había despachado a un enviado especial para hacerle saber a Mubarak que Washington se oponía a su relección o a un intento de postular a su hijo.

Obama concluyó que le dijo a Mubarak: una transición ordenada tiene que ser significativa, tiene que ser pacífica y tiene que empezar ahora mismo.

Así, desde el domingo pasado el nuevo mensaje a Mubarak del gobierno de Obama es la demanda de una transición ordenada empezando ahora. El hecho de que Clinton ni Biden repitieran su apoyo inicial a Mubarak fue leído en Washington como indicio de que el gobierno de Obama se preparaba para el fin de ese régimen. Hemos dejado muy claro que deseamos ver una transición a la democracia, subrayó Clinton el domingo pasado. Desde entonces, la transición ahora ha sido la posición y así el gran aliado de Estados Unidos e Israel en la región árabe ya no amerita apoyo de sus amigos en Washington.

Estados Unidos ha sido el principal sostén del régimen de Mubarak durante los últimos 30 años, tanto en el ámbito militar como económico (Egipto es el segundo país de la región con mayor asistencia estadunidense; Israel es primero). Las municiones que la policía egipcia emplea contra los opositores del régimen, como los mil tanques Abrams del ejército y los aviones que sobrevuelan la plaza Tahriri, son todos fabricados en Estados Unidos. Y el gobierno de Obama no ha sido la excepción: continúa aportando casi 1.5 mil millones anuales al régimen. Cuando Obama ofreció su gran discurso en El Cairo, un mensaje al mundo musulmán en defensa de los derechos humanos y las libertades civiles básicas, optó por no criticar a uno de los regímenes más condenados por violaciones de derechos humanos en el mundo. Vale recordar que cuando la secretaria de Estado visitó Egipto en 2009, no sólo afirmó la gran alianza con Mubarak, sino que admitió que el presidente egipcio y su esposa Suzanne eran amigos personales de los Clinton.

Para Washington, la rebelión tiene doble filo; por un lado, pone en tela de juicio la retórica de Obama, y de su antecesor, en favor de la democracia en la región, y por otro, pone en peligro esa cosa llamada estabilidad, o sea, los intereses geopolíticos de Washington donde Egipto ha sido pieza clave durante las últimas décadas. Por eso aún no hay una demanda explícita para la renuncia de Mubarak.

Expertos como el ex embajador John Negroponte afirman que aunque Mubarak tiene sus días contados, tenemos muchos ejemplos de desastres que han resultado después del fin de un líder autoritario. Si esto va mal, podría ser muy malo para nuestros intereses. No creo que debamos estar con mucha prisa para que cambie el régimen, advirtió en CNN.

El giro de Washington durante los días recientes mostró que los encargados de la política fueron tomados por sorpresa por el pueblo egipcio. Pero el giro, explicó Noam Chomsky, no es nada nuevo para la política estadunidense. En entrevista con Amy Goodman en su programa independiente Democracy Now, Chomsky consideró que Obama está haciendo lo que los líderes estadunidenses siempre hacen, hay una guía de este juego: cuando un dictador favorecido está en apuros, intenta sostenerlo, y si en algún momento eso se vuelve imposible, cambia de bando.

Chomsky indicó que el mensaje de Obama fue vacío, ya que hasta Mubarak diría que está en favor de una transición ordenada; pero el punto es ¿una transición hacia qué? Al señalar que los analistas en Washington siempre justificaron el apoyo de Mubarak ante el peligro representado por islamistas fundamentalistas, Chomsky afirmó que la preocupación real no es el Islam o el radicalismo, es la independencia. Si islamistas radicales son independientes, entonces son el enemigo; si nacionalistas seculares son independientes, ellos son el enemigo, y resaltó que esto es así para Washington en cualquier parte del mundo, como por ejemplo América Latina. Por eso, en el caso árabe, los expertos estadunidenses argumentan que los dictadores árabes nos apoyan, aun cuando la población está abrumadoramente en contra, pero así todo está bien, todo bajo control, hay silencio, hay pasividad, y si los dictadores nos apoyan, ¿cuál es el problema?

Pero con las sublevaciones no sólo en Egipto, sino en toda la región, lo que Chomsky calificó del levantamiento regional más notable que puedo recordar, se esfumó la estabilidad tan crucial para Estados Unidos en la región.

Chomsky comentó que ahora nadie sabe a dónde va a llevar esta sublevación, ya que los problemas son enormes. Hay pobreza, represión y no solo falta de democracia, sino de desarrollo. Egipto y otros países de la región han atravesado un periodo neoliberal que ha llevado a un crecimiento en papel, pero con las usuales consecuencias: alta concentración de extrema riqueza y privilegio, empobrecimiento tremendo y desánimo para la mayoría de la población. Eso no será fácil cambiar, y debemos recordar que, en lo que se refiere a Estados Unidos, lo que está ocurriendo es una muy vieja historia. Por ello, afirmó, está la furia y oposición a Estados Unidos en el mundo árabe, reflejada en encuestas internacionales, donde abrumadoras mayorías perciben a Estados Unidos (y, claro, a Israel) como las principales amenazas para la región.

Tal vez por no saber qué hacer, Obama optó hoy por rezar. En el anual Desayuno de Oración Nacional (acto tradicional de los políticos en Washington), Obama ofreció una oración para que la violencia en Egipto llegue a su fin y que los derechos y aspiraciones del pueblo egipcio sean tenidos en cuenta, y que Egipto y todo el mundo amanezcan con días mejores. Él y su gobierno, más que Dios, podrían tener más influencia en hacer cumplir esos deseos.

Perspectiva Ciudadana