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Eduardo Febbro
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Miércoles, 21 de Marzo de 2012
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La sombra del serial killer racista que ultimó a siete personas a sangre fría entre el 11 y el 19 de marzo en el sur de Francia, entre ellos tres niños de 6, 8 y 10 años en una escuela judía de Toulouse, envolvió a la sociedad en una carrera contra el reloj. Pese a los medios policiales sin precedentes que se movilizaron, no se pudo encontrar al asesino ni siquiera saber quién es. El fiscal de la República, François Molins, advirtió que el asesino “está determinado” y podría “volver a atacar”. El reloj está en marcha. Desde el pasado 11 de marzo, cuando el desconocido mató a quemarropa al primer militar en la localidad de Toulouse, cada cuatro días repitió su operativo: el 15 de marzo asesinó a otros dos militares en Montauban y el 19 cometió el acto más salvaje: llegó con la moto hasta la escuela judía Ozar Hatorah, disparó contra las personas que estaban en la puerta y luego ingresó al recinto para completar la caería. Psicólogos, especialistas en perfiles, criminólogos, servicios secretos, brigadas antiterroristas, expertos en comportamiento humano y unidades especiales, lo mejor de los cuerpos de elite, están detrás de un hombre que los especialistas definen como “un asesino en serie determinado”, con “mucha experiencia en el manejo de las armas e investido de una misión”. La tensión creada por la campaña electoral de cara a las elecciones presidenciales de próximo 22 de abril y 6 de mayo se desplazó hacia el responsable de este acto racista en el que confluyen ahora y con medias palabras la denuncia de una campana que, en las últimas semanas, se empezó a teñir con matices xenófobos.

El serial killer desconocido es asimilado a una suerte de seguidor del criminal noruego Anders Behring Breivik, que el año pasado masacró a más de 70 personas en nombre de la lucha contra las sociedades multirraciales. Hasta ahora, las autoridades apuntaron las investigaciones hacia la pista de un grupo de ex militares neonazis que habían sido expulsados de las Fuerzas Armadas por esa razón. Sin embargo, el vespertino Le Monde, que cita fuentes policiales, reveló que los investigadores desecharon esa pista. Se abrieron otras, pero ninguna da en el blanco. “No tenemos nada”, dijo el presidente francés, Nicolas Sarkozy. Se dispone de haz de informaciones que no han desembocado en un retrato explotable: el arma, un calibre 11.45 utilizado en todos los atentados, la moto de 500 cilindradas, de marca Yamaha, el modo operativo, los tatuajes, la exactitud y la frialdad con que actuó en cada caso. Detrás de ese cerebro que, según los investigadores, preparó cada acción con minuciosidad, sigue habiendo un hombre invisible, sin identidad. No dejó mensaje ni reivindicación alguna. Laurent Motet, director del Instituto de Altos estudios en criminología, describe al individuo como un tipo que actúa “sin un móvil clásico” –venganza o dinero–, pero que es “narcisista”, con una evidente “voluntad de erradicar, de eliminar aquellos a los que juzga que no merecen vivir”.

La campaña electoral quedó suspendida por este drama. Algunos políticos como el centrista François Bayrou y el candidato del Frente de Izquierda Jean-Luc Mélenchon, se negaron a interrumpir los actos de campaña. Sin embargo, los dos principales candidatos, el presidente Nicolas Sarkozy y el socialista François Hollande, marcaron un compás de espera. Nadie se anima a decirlo en voz muy alta, pero estos crímenes marcan el retorno de la violencia racial y política a uno de los países más importantes de Europa: antisemitismo de barbarie con el asesinato de niños en una escuela judía, crímenes contra los árabes con la muerte de tres soldados franceses de origen magrebí y agresión contra los negros tras el ataque de que fue blanco un soldado de las Antillas francesas. Queda una sensación muy desagradable al leer ciertas crónicas donde se denuncia el antisemitismo, pero se menciona como de pasada y por casualidad el asesinato de los militares magrebíes. Algunos comentaristas importantes sitúan los acontecimientos ocurridos desde hace 14 días en el tenso rumbo que tomó la campaña electoral donde la extrema derecha xenófoba figura en el tercer lugar de las intenciones de voto con una perspectiva de obtener 17 por ciento. El discurso de su candidata, Marine Le Pen, es un rosario de improperios, condenas y dispositivos de exclusión especialmente diseñado para los extranjeros. Un editorialista del semanario Le Nouvel Observateur, Serge Raffy, escribió el martes: “Incluso psicópata, el asesino de Toulouse no cayó del cielo. No actuó en una atmósfera de aguas calmas sino en un ambiente de rechazo al otro (...). Desde hace largas semanas vivimos una campaña que hiede a xenofobia. No pasa un día sin que un candidato de derecha o de extrema derecha, o alguien de su entorno, no alimente el rechazo al extranjero”. El retrato de Raffy es exacto. Han sido semanas y semanas de ofensas masivas hacia los extranjeros. Demasiado. La tregua que impuso la serie de actos de barbarie tal vez apacigüe los discursos, tal vez valide esa idea central de los socialistas, “vivir juntos”, o lleve al presidente candidato Nicolas Sarkozy a moderar su conquista del electorado de la extrema derecha, indispensable para su victoria. Lo peor es que el asesino anda suelto, que opera con una periodicidad de cuatro días y que el horror real puede volver en cualquier momento.

Perspectiva Ciudadana